Hay una forma cómoda de vivir la Semana Santa y es como una tradición mercantilizada turísticamente que ya no incomoda. Pero lo que se juega estos días es una confrontación decisiva que sigue atravesando la historia.
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La pasión de Jesús revela un choque radical entre dos lógicas: la del poder religioso, político y económico que matan “legalmente” en “nombre de Dios”… y la de Jesús, que se coloca sin ambigüedades del lado de los descartados y los samaritanos, la “dupla” preferida del Reino de Dios.
La novedad disruptiva es que Dios no habita en los sistemas que “lo controlan”, sino en la vida herida que esos sistemas producen.
Por eso, la Semana Santa no es memoria inofensiva para feriados. Es una provocación. Porque Jesús no solo denunció un mundo injusto: propuso una forma nueva de habitarlo, la misericordia que vence “el pecado del mundo”.
La misericordia como combate: la humildad de Dios frente al poder
Jesús no entra en Jerusalén como un líder triunfante. No organiza una revuelta ni busca imponerse. Entra en un burro, signo de una realeza desconcertante. Sabe lo que le espera. Su anuncio del Reino (un Dios que hace salir el sol sobre todos, que se inclina ante los pobres, que perdona sin condiciones) cuestiona muchos intereses. Su misericordia es conflictiva.
El poder romano no encuentra delito en Él, pero cede al poder religioso, que lo condena por desenmascarar la perversión de una religión “convertida en cueva de ladrones” (Mt 21,13). El sumo sacerdote se da cuenta del impacto social de Jesús: “Es mejor que muera para que el sistema no perezca” (Jn 11,50). Es la ley de Caifás aún vigente: primero la institución antes que el hombre. Mejor sacrificar al inocente para sostener el “orden de toda la vida”.
Pero Dios no combate el mal con más poder, sino con misericordia. No entra en el bucle eterno de todas las revoluciones humanas que destronan al tirano y al poco tiempo se convierten en uno de ellos.
Mientras el mundo organiza su historia desde la fuerza, la dominación y la exclusión, Jesús propone otra estrategia: no eliminar al enemigo, sino transformarlo; no vencer imponiendo, sino “con-venciendo” desde el amor. “Vencerán, pero no convencerán”, decía Unamuno a la barbarie armada de su tiempo. Como ha insistido el papa Francisco, la misericordia no es debilidad, sino la forma más profunda de justicia, porque restaura la dignidad herida. Es una lógica subversiva que cuestiona:
- Los mesianismos guerreros y violentos de todo orden.
- Las economías que generan descartados y migraciones masivas.
- Las religiones que sacralizan privilegios y excluyen víctimas.
El conflicto no es entre creyentes y no creyentes. Es entre dos lógicas: la del poder que se impone y la del amor que se entrega.
Las víctimas: lugar teológico donde se revela Dios
El Evangelio es el criterio decisivo: Dios se manifiesta en los heridos de la historia. “Tuve hambre… fui extranjero…” (Mt 25) no es una metáfora, sino el inapelable Juicio de Dios.
Por eso, la pasión de Cristo no terminó. Continúa en rostros concretos:
- En los migrantes, obligados a desplazarse por un sistema económico cruel.
- En las víctimas de abusos, que siguen esperando justicia y reformas de las estructuras que los facilitan.
- En las mujeres excluidas de participación plena y asediadas por caníbales luchas identitarias.
- Los niños sin educación ni futuro. Tanto los explotados en el mundo pobre como los infantilizados y malcriados en el otro.
- En los divorciados y personas en situaciones complejas, más juzgados que acompañados.
- En los sacerdotes casados, invisibilizados pese a su experiencia que los hace únicos para entender un sistema clerical más humano.
No son un “tema social” externo a la religión. Son lugar teológico. Allí Dios sigue hablando. El papa Francisco dio un giro evangélico: la realidad se comprende desde las periferias; la Iglesia no puede pensarse desde el centro del poder, sino desde el clamor de quienes sufren.
Aquí la Semana Santa se vuelve incisiva e incómoda porque nos pregunta: ¿a quién estamos dejando fuera en nombre de Dios? La misericordia no puede quedarse en palabras: exige decisiones concretas, reformas reales, apertura de caminos. Así, por ejemplo, proclamar la sinodalidad pero no transformar las estructuras eclesiales, es un discurso vacío.
Clericalismo y conversión: cuando la religión traiciona el Evangelio
Uno de los dramas más profundos de la pasión es que Jesús no es condenado por quienes rechazan a Dios, sino por quienes creen defenderlo. Esa es la tragedia del clericalismo: una religión que sacraliza su poder y convierte a Dios en instrumento de su control.
Cuando esto ocurre, la verdad se administra según conveniencia, las víctimas son silenciadas y la institución se protege a sí misma antes que a las personas. Sucede cada vez que la fe se vuelve autorreferencial, que no cuestiona la realidad ni se deja interpelar por el sufrimiento.
La cruz denuncia todo clericalismo. Jesús muere porque desenmascara una religión que prefiere el sacrificio a la misericordia (Mt 9, 13). La conversión pascual no puede ser superficial: debe ser estructural y espiritual. Implica descentrarse, escuchar, abrir espacios reales y volver a poner a las víctimas en el lugar donde Dios sigue hablando.
Conclusión: la esperanza que nace desde abajo
La cruz no es el final, pero tampoco es evitada. Jesús no huye del dolor ni lo disfraza: lo atraviesa hasta el fondo, descendiendo a la injusticia, la violencia y el abandono. Y es precisamente allí, donde todo parece perdido, cuando resucita venciendo la lógica del poder. Nace así una esperanza distinta: no fundada en la fuerza, sino en la vida que resiste; no en el dominio, sino en la comunión; no en la imposición, sino en la misericordia que contagia. El Resucitado no aparece en los centros de poder, sino en los márgenes, inaugurando un camino nuevo para la historia.
Pero esta esperanza no es automática. La Semana Santa nos hiere con una encrucijada: seguir sosteniendo una fe que tranquiliza y es cómplice de la injusticia o asumir una fe que transforma y nos “complica” la vida. Porque la batalla continúa: en las guerras, en la buena vida y ostentación de pocos que ignora obscenamente la miseria de muchos, en las religiones que se vuelven cómodas tranquilizadora de conciencias… y en cada uno de nosotros.
Sin embargo, en cada gesto de compasión que elige a los últimos, la resurrección se extiende. Y allí, el Jesús del madero y de la mar, sigue misericordeando para cambiar el mundo.