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David Jasso
Provicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

Se cerró la Puerta Santa… ¿y ahora qué?


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La Puerta Santa se ha cerrado, con ella se declaró el fin del Jubileo 2025, y sin embargo, nadie que haya atravesado un umbral así puede volver exactamente al mismo lugar interior. Los signos jubilares no se clausuran como un evento: se entregan como una tarea.



Este Jubileo de la Encarnación tiene una particularidad histórica que no es menor: lo comenzamos con el papa Francisco y lo hemos terminado con el papa León XIV. Dos estilos distintos, una misma Iglesia en camino, dos voces, una sola esperanza.

Francisco lo inauguró recordándonos que el Jubileo no es una evasión espiritual, sino una llamada a tocar las heridas del mundo con la misericordia de Dios. Desde el inicio quedó claro que no se trataba de un tiempo triunfal, sino profundamente humano. Cruzamos la Puerta Santa sabiendo que el mundo no estaba en calma, que la historia seguía herida, que la paz no era un dato adquirido.

Y en ese mismo tono, al cerrar el Jubileo, el papa León XIV ha dicho algo que resume bien el espíritu de este año santo: la esperanza cristiana no se basa en previsiones optimistas ni en cálculos humanos sino en la decisión de Dios de compartir nuestro camino, para que nunca estemos solos en la travesía de la vida. Eso es lo que este Jubileo nos dejó.

Nos dejó, ante todo, una conciencia más lúcida de la fragilidad del mundo, de la convivencia humana, de nuestras seguridades. Pero también nos dejó la certeza de que la fragilidad no es el final del camino, sino muchas veces el lugar donde Dios vuelve a empezar.

Cierre De La Puerta Santa San Pedro

El papa León XIV en el cierre de la Puerta Santa en San Pedro

Atravesamos la Puerta Santa cargando duelos, migraciones forzadas, guerras que no cesan, violencias normalizadas, cansancios acumulados. Y aun así caminamos. Porque, como dijo León XIV, recordando a san Agustín: “la fe no elimina el peso del camino, pero impide que caminemos solos”.

Quizá esa sea una de las grandes herencias de este Jubileo: reconciliarnos con una esperanza sobria, sin ingenuidad, sin discursos grandilocuentes. Una esperanza que no promete resultados inmediatos, pero sí una fidelidad que sostiene.

Ahora la puerta se ha cerrado y con ella se cierra un tiempo de gracia explícita, pero se abre algo más exigente: el tiempo de la coherencia porque el verdadero Jubileo comienza cuando regresamos a casa, cuando la indulgencia celebrada se convierte en misericordia concreta, cuando la reconciliación proclamada se traduce en paciencia cotidiana y cuando la esperanza anunciada se vuelve compromiso silencioso.

Y ya se perfila en el horizonte el próximo gran Jubileo extraordinario en 2033, los dos mil años de la Redención. No como una fecha para planear actos, sino como un llamado a madurar y aprender a vivir más hondamente lo esencial.

Si Francisco nos invitó a salir, este Jubileo nos enseñó a permanecer. Si lo empezamos con gestos de misericordia, lo terminamos con una llamada clara a la responsabilidad.

La Puerta Santa se ha cerrado, pero la Iglesia queda abierta y el camino, gracias a Dios, continúa.

Lo que vi esta semana

Al pueblo de Dios que peregrina en Monterrey, caminando para concluir el Jubileo en la diócesis.

La palabra que me sostiene

“Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará”. (Jn 10,9).

En voz baja

Gracias Señor.