Hace unos días escuché nuevamente una historia que ya he oído demasiadas veces en ambientes religiosos. Una mujer católica practicante, profesora de yoga, fue indirectamente responsabilizada de los problemas familiares de una de sus alumnas.
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Según algunos miembros de un grupo religioso, practicar yoga estaba “abriendo portales al demonio”, y eso explicaría la cesantía del marido y las enfermedades de sus hijos.
Revela algo mucho más profundo
El episodio podría parecer anecdótico si no revelara algo mucho más profundo: el regreso silencioso de formas de religiosidad basadas en el miedo, el control de conciencia y la necesidad de certezas absolutas en un mundo cada vez más complejo y diverso.
Muchas de estas afirmaciones se repiten sin reflexión teológica seria y sin verdadero discernimiento. Basta que alguien “con autoridad” diga que algo es peligroso para que muchos lo acepten sin hacerse preguntas.
Detrás de esto aparecen estilos de personalidad heterónomos que necesitan que otros definan permanentemente lo que está bien o mal, desligándose de la responsabilidad personal y del ejercicio de la conciencia.
Una espiritualidad más centrada en el temor
Lo más paradójico es que personas sinceramente creyentes terminan viviendo una espiritualidad más centrada en el temor a contaminarse que en la confianza en el Evangelio.
Porque Jesús fue extraordinariamente claro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarlo; lo que sale de él es lo que contamina” (Mc 7,15).
Cristo desplazó radicalmente el eje de la pureza religiosa. El problema no estaba en objetos externos, rituales o prácticas corporales, sino en el corazón humano: la soberbia, la violencia, la hipocresía y la falta de amor.
Quién está “en peligro espiritual”
Y, sin embargo, pareciera que ciertos sectores religiosos están retrocediendo hacia una lógica farisaica donde lo importante vuelve a ser vigilar conductas ajenas y clasificar rápidamente quién está “en peligro espiritual” y quién pertenece al grupo de los “correctos”.
Esto no ocurre solo en torno al yoga. También vemos grupos juveniles extremadamente rígidos que vuelven a poner el foco casi exclusivamente en la moral sexual y el cumplimiento sacramental, mientras temas profundamente evangélicos (como la justicia social, el servicio, la salud mental o la ecología integral) quedan relegados.
En tiempos de incertidumbre y cambios acelerados, muchas personas buscan refugio en sistemas cerrados que entreguen respuestas simples, enemigos claros y sensación de seguridad. Ahí proliferan discursos alarmistas sobre el demonio, las amenazas espirituales y el “mundo contaminado”.
Discernimiento, libertad interior y humanidad
Pero la fe cristiana debería ayudarnos justamente a lo contrario: a crecer en discernimiento, libertad interior y humanidad. La Iglesia misma, bajo el entonces cardenal Joseph Ratzinger, jamás sostuvo que practicar yoga abriera automáticamente “portales demoníacos”.
La carta ‘Orationis formas’ llamó al discernimiento frente a posibles sincretismos, pero nunca promovió el miedo ni la demonización simplista de prácticas corporales.
San Alberto Hurtado, chileno, también insistía en la necesidad de una espiritualidad sana, madura y libre de escrúpulos enfermizos. Porque, cuando la religión se construye desde el miedo y el control, deja de parecerse al Evangelio.
Jesús los abrazó antes de corregirlos
Jesús no caminó aterrorizando conciencias frágiles. Se acercó a quienes estaban cansados, confundidos y heridos. Los abrazó antes de corregirlos. Y denunció con dureza precisamente a quienes utilizaban la religión para cargar pesos insoportables sobre los demás.
Quizás por eso a Jesús lo terminaron condenando. No fueron los pecadores comunes quienes lo llevaron a la cruz, sino el fanatismo, el miedo y la manipulación espiritual de unos pocos sobre muchos.
Hoy resulta urgente hablar de estas cosas dentro de la Iglesia. No para destruir la fe, sino para protegerla de todo aquello que la vuelve rígida, opresiva e inhumana.
Porque la mayoría de las personas no andan buscando guardianes de la pureza espiritual. Andan buscando sentido, abrazo, orientación y esperanza.

