Hace unos años, mi amigo me escribió desde una universidad extranjera invitándome a leer un artículo que utiliza un texto bíblico para manifestar que los ateos son más generosos que las personas religiosas. Curioso, me dije al comenzar su lectura. Comentaba el periodista un estudio de un neurocientífico y psicólogo de la Universidad de Chicago.
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El artículo no tiene desperdicio y comencé a sentirme mal, pues en una entradilla se aseguraba que las personas cuanto menos creyentes, más inteligentes. Y rápidamente hice la cuenta de la vieja, o de una manera más culta y de lógica aristotélica, un silogismo: “Pues yo que me siento creyente, ergo… tonto del capirote”.
Siendo respetuoso con los estudios científicos, a veces siento que cuando se hacen contra alguien, como algunas encuestas, pueden estar manipulados intencionadamente (claro, toda manipulación es intencionada).
Creyentes, egoístas e insolidarios
Pero, volviendo al artículo, el periodista se manifestaba sorprendido al descubrir que existe una correlación inversa entre el altruismo y la educación en valores identificados con la fe (esto también tiene miga). Es decir, que cuanto más creyentes, más egoístas e insolidarios somos.
De verdad que me he quedado preocupado y dolido. Primero, porque estoy convencido de que una de las aportaciones más valiosas de la fe cristiana al hombre de hoy es, posiblemente, la de ayudarle a vivir con un sentido más humano y más trascendente en medio de una sociedad enferma de neurosis y posesión.
Y pienso que, en las catequesis y grupos parroquiales, al contrario de la influencia de la sociedad capitalista y consumista, se enseña a niños, jóvenes y mayores más en el ser que en el poseer. Pues es una equivocación atender con objetos, o con la posesión de personas, la demanda de afecto, ternura y amistad. Por eso nos proponemos el servicio desinteresado, la amistad generosa y el sentido gratuito de la vida.
La grandeza de la vida
Segundo, porque la grandeza de una vida se mide, en último término, no por la capacidad intelectual (hay siete clases de inteligencia, según Thomas Armstrong) ni por los conocimientos eruditos que uno tenga, ni por todos los bienes que hemos conseguido acumular durante toda la vida (y cuidado que nos gusta almacenar), ni, mucho menos, por el poder que ostentes, sino por la capacidad que tenemos de amar, servir, perdonar…
El artículo me ha hecho pensar en cómo los creyentes leemos y vivimos el Evangelio. Aun así, desde siempre, sé que para el mundo pertenezco al reino de los tontos, gracias a Dios.
¡Ánimo y adelante! ¡Feliz verano!

