El pasado 7 de septiembre, la juez de la Audiencia Nacional María Tardón abrió una causa para investigar las responsabilidades de la avalancha que tuvo lugar en Ceuta los días 30 y 31 de julio. Y citaba las palabras del presidente de Gobierno cuando se acercó a la ciudad autónoma: lo que había ocurrido no era otra cosa que un “atentado contra el Estado, vulnerando su integridad territorial”.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
La juez añadía que “se ha evidenciado una clara e indudable gestión favorecedora del proceso desde el territorio del reino de Marruecos”. Y esto último es lo que sorprendió más, habida cuenta de que el Gobierno, por boca de sus diferentes ministros, se pasó todo el mes de agosto y septiembre exculpando a Marruecos de la responsabilidad de la avalancha.
Y esto es lo que me llevó a pensar en algún episodio bíblico. Por ejemplo, ¿de quién es la responsabilidad de que Adán y Eva coman del fruto árbol del conocimiento en el paraíso? En el texto, los protagonistas de la escena son solo tres: Dios, el ser humano y la serpiente. Es evidente que Dios no puede ser el responsable, luego solo quedan el ser humano y la serpiente. La serpiente es descrita como el más “astuto” de los animales del campo, pero nada más.
Fuerza sobrehumana
Con lo cual, algunos especialistas consideran que esa serpiente cumple la función de visibilizar un drama que se desarrolla en el interior del ser humano: o bien cumplir el mandato divino de no comer del fruto de ese árbol, o bien ponerse él en el centro y acceder a lo que significa ese fruto, que no es otra cosa que un atributo de la divinidad: el conocimiento total (junto con el fruto del otro árbol: la vida en plenitud). Así, solo el ser humano sería el responsable de la “caída”: querer ser como Dios por un camino inadecuado.
Con el tiempo, la lectura del texto bíblico llevó a otra conclusión: no era posible que el ser humano, por sí solo, pudiera caer en algo tan monstruoso como era la rebelión contra Dios. Así se fue abriendo paso la idea de que la responsable del asunto fue una fuerza sobrehumana. De modo que esa serpiente no podía ser sino la encarnación de esa poderosísima fuerza antidivina que consiguió convencer al pobre ser humano seduciéndolo.
Las acciones tienen sus consecuencias, pero también sus responsabilidades. Y, con frecuencia, tratamos de negarnos a asumir tanto unas como, sobre todo, otras.

