Durante el mes de agosto saltó a casi todos los informativos una pieza que daba cuenta de lo que significaba una expresión empleada por los más jóvenes, la llamada Generación Z: ‘farmear aura’. Dice Wikipedia que se trata de “las acciones llevadas a cabo por jóvenes para ganar reputación o ‘ganar puntos’ a través de muestras de carisma, seguridad y presencia, pero de una manera despreocupada”. Es decir, en mi opinión, estamos ante una muestra del lenguaje propio que aparece en todas las generaciones y que, sin duda, las distingue frente a otras.
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Esta anécdota me ha recordado dos ejemplos de la Escritura en que también se emplean algunas expresiones “figuradas” que tenían sentido para quien las usaba y, muy probablemente, también para los que las escuchaban, que también pertenecían a la generación de quien las pronunciaba.
La primera expresión tiene que ver con los profetas, especialmente algunos de ellos, que emplean el lenguaje referido a la sexualidad o al matrimonio para aludir a otra realidad: la idolatría, el apartarse de Dios. En efecto, son muchos los ejemplos de profetas que hablan de la relación entre Dios e Israel como un marido que es o ha sido engañado por una esposa adúltera.
(El primero al que le corresponde el ‘copyright’ de la imagen es Oseas, aunque a este le siguieron luego tanto Ezequiel como Jeremías.) También hay que incluir en este apartado las referencias a la prostitución, como esta: “¡Cómo se ha prostituido la villa fiel [Jerusalén]: estaba llena de rectitud; la justicia moraba en ella, y ahora moran los asesinos!” (Is 1,21).
El lenguaje de la “carne”
El otro ejemplo bíblico de lenguaje propio y figurado es el de la “carne” que vemos en los textos paulinos. Por ejemplo, en la carta a los Romanos leemos: “Los que viven según la carne desean las cosas de la carne; en cambio, los que viven según el Espíritu desean las cosas del Espíritu. El deseo de la carne es muerte; en cambio, el deseo del Espíritu, vida y paz. Por ello, el deseo de la carne es hostil a Dios, pues no se somete a la Ley de Dios, ni puede someterse. Los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (8,5-8). Evidentemente, aquí la “carne” no se reduce solo a la sexualidad ‒como ha sido entendido tradicionalmente‒, sino que abarca todo aquello que se pliega a lo meramente humano y está cerrado al espíritu.
Si la Real Academia Española me permite un humilde consejo ‒aunque no soy nadie para darlo‒, haría bien en esperar un poco antes de apresurarse a incluir en el diccionario expresiones como la de ‘farmear aura’, no sea que acaben siendo, como otras de otros tiempos, flor de un día.

