Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

¿Quién fue Marco Gallo?


Poco a poco, su nombre comienza a escucharse en ambientes más jóvenes de la Iglesia, como sucedió hace unos años con Carlo Acutis, cuya historia llegó a despertar interés y admiración en todo el mundo. El 7 de marzo de 2026, la archidiócesis de Milán abrió oficialmente la fase diocesana de su causa de canonización, desde entonces, Marco es reconocido por la Iglesia con el título de Siervo de Dios, mientras se estudian su vida, sus virtudes y la fama de santidad que ha crecido en torno a su figura.



Pero ¿quién fue Marco Gallo? ¿Qué había en su corazón para que años después de su muerte y lejos de su tierra siga suscitando preguntas, encuentros y un creciente deseo de conocerlo? Tenía diecisiete años cuando murió, pero en el breve tiempo que vivió fue tomando forma en él una pregunta que terminaría dando sentido a toda su existencia: ¿qué es lo que hace verdaderamente feliz al hombre?

No se conformaba con vivir, estudiar, practicar deporte o disfrutar de sus amigos. Quería descubrir para qué estaba en el mundo, qué había detrás de la belleza de las cosas y cómo podía responder al deseo de felicidad que llevaba dentro.

Marco nació el 7 de marzo de 1994 en Chiavari, provincia de Génova, hijo de Antonio Gallo y Paola Cevasco. Fue bautizado el 19 de junio en la parroquia de San Michele Arcangelo, en Casarza Ligure, donde transcurrieron sus primeros años junto a sus hermanas, Francesca y Veronica. Creció en una familia unida, en la que la fe cristiana no era simplemente una tradición heredada, sino una manera de mirar la realidad y de afrontar la vida.

Sus padres participaban en el movimiento eclesial Comunión y Liberación, y ese ambiente familiar le permitió conocer desde pequeño una experiencia de fe vivida en compañía de otros. Sin embargo, Marco no era un niño que se limitara a repetir lo que escuchaba.

La primera semilla

Tenía un temperamento vivaz, exuberante, a veces impetuoso, y una curiosidad que lo llevaba a plantear preguntas sorprendentes para su edad. En mayo de 1998, durante la oración de la noche, quiso saber de dónde procedía la semilla de la que nace un árbol: si el árbol viene de una semilla, ¿de dónde había salido la primera?

Cuando su madre le respondió que Dios había sembrado aquella semilla, el pequeño concluyó que Dios la había puesto en manos de los hombres para que ellos la sembraran y creciera. En aquella conversación infantil se adivinaba ya una disposición que lo acompañaría durante toda su vida: no detenerse en las apariencias, sino buscar el origen y el significado de las cosas.

En septiembre de 1999, cuando Marco tenía cinco años, la familia se trasladó a Arese, cerca de Milán, por motivos laborales de su padre. Un año después se estableció en Lecco, donde el muchacho estudió en la escuela primaria paritaria Pietro Scola y, más adelante, en la escuela secundaria Massimiliano Kolbe. Fueron años de crecimiento, de amistades y de descubrimiento del mundo, pero también de preguntas que comenzaban a adquirir una profundidad poco común.

Marco Gallo

Marco Gallo. Foto: Archivo: Vida Nueva

En sus trabajos escolares aparecen reflexiones que revelan su deseo de encontrar algo capaz de dar unidad a toda la existencia. El 22 de mayo de 2004, cuando todavía era un niño, escribió sobre san Francisco Javier y el encuentro que había cambiado la vida de aquel misionero: le impresionaba cómo una pregunta podía quedarse dentro de una persona y transformar su destino.

En su oración pidió al Señor que le permitiera encontrar también a él ese momento decisivo, escuchar la pregunta que le hiciera comprender qué era lo más importante de la vida. No se trataba de una inquietud pasajera. Con el tiempo, aquella búsqueda se convertiría en una necesidad cada vez más consciente.

Un muchacho activo

Marco amaba la actividad física, las carreras, las escaladas y la montaña. Tenía energía, iniciativa y gusto por los desafíos; practicaba atletismo a nivel competitivo y vivía el deporte como una ocasión para poner a prueba sus fuerzas y compartir experiencias con los demás. No era un adolescente apartado del mundo ni un muchacho que hubiese perdido el interés por las cosas ordinarias.

Al contrario, su personalidad parecía volcarse con intensidad en todo lo que hacía. Precisamente por eso, la pregunta por el sentido de la vida no lo alejaba de la realidad: lo empujaba a vivirla con mayor entusiasmo.

En septiembre de 2007 comenzó el bachillerato científico en el instituto Don Gnocchi de Carate Brianza. Dos años después, la familia se trasladó a Monza. En el nuevo ambiente escolar, Marco fue encontrando amigos con quienes compartir no solamente las actividades cotidianas, sino también las preguntas que le importaban de verdad.

La fe en primera persona

Desde 2008 participó en Gioventù Studentesca, la experiencia educativa cristiana vinculada a Comunión y Liberación que desempeñaría un papel importante en su maduración espiritual. Allí la fe fue dejando de ser para él una realidad recibida en la infancia para convertirse en un encuentro personal, una amistad que podía sostener su libertad y orientar sus decisiones.

La transformación de Marco se manifestó especialmente en su manera de relacionarse con los demás. Su fe se traducía en iniciativas concretas, en la capacidad de convocar a sus compañeros y en el deseo de compartir con ellos una alegría que consideraba demasiado grande para guardársela. En el instituto se convirtió pronto en un punto de referencia. Invitaba a otros estudiantes a participar en actividades de apoyo escolar para chicos de Biassono e Inverigo, localidades de la provincia de Monza y Brianza. Aquellos encuentros concluían con una breve catequesis.

Los domingos por la tarde proponía también visitar el Instituto Don Orione de Seregno, donde jóvenes con discapacidad y ancianos necesitaban compañía. Marco quería que sus amigos descubrieran que la amistad podía convertirse en una forma de entrega y que el cristianismo no era una teoría, sino una experiencia capaz de cambiar la vida. Su manera de ejercer el liderazgo iba más allá de simplemente en organizar actividades, procuraba implicarse personalmente y arrastrar a los demás con el entusiasmo de quien ha encontrado algo que merece la pena.

La lectura de la Biblia

En aquellos años, la vida espiritual de Marco fue adquiriendo una profundidad creciente. Desde 2008 participaba regularmente en los encuentros de la Escuela de Comunidad de Gioventù Studentesca, donde aprendía a confrontar sus preguntas con el Evangelio y con la experiencia cristiana de sus educadores y amigos.

La lectura de la Biblia fue ocupando un lugar estable en su jornada: cada noche meditaba pasajes del Evangelio, y su vida sacramental se intensificó mediante la participación en la Eucaristía y la celebración del sacramento de la Reconciliación. Quería comprender qué significaba que Cristo estuviera vivo y qué consecuencias debía tener esa presencia en sus relaciones, en sus decisiones y en su modo de mirar el futuro.

Su mundo interior aparece también en los escritos que dejó, recogidos posteriormente y difundidos por su familia y por quienes han estudiado su historia. En ellos se descubre a un joven que no daba por descontada la existencia, que se interrogaba sobre el destino personal y que deseaba reconocer una llamada de Dios dentro de las circunstancias concretas de cada día.

Cada uno tiene su gran destino

Una de las frases que expresó con mayor claridad esta convicción dice: “Cada uno, también tú, tiene su gran destino, algo verdaderamente más grande de lo que esperas. Cada día tendrás que aceptarlo y ofrecerle algo; solo así lo descubrirás cada vez más”. Es la afirmación de alguien que ha comprendido que la vida se descubre mientras se entrega.

En la medida en que descubría el amor de Cristo, crecía en él el deseo de hacer que los demás pudieran encontrarlo también. Su pasión por el deporte y la montaña, su vivacidad y su capacidad para entusiasmar a sus compañeros convivían con una sensibilidad espiritual que encontraba en las preguntas fundamentales una fuente de energía, no un motivo de evasión.

La primavera de 2011 fue un momento importante en ese recorrido. En mayo participó en Roma en las celebraciones por la beatificación de san Juan Pablo II. La figura del papa polaco, que había exhortado a los jóvenes a no tener miedo de abrir las puertas a Cristo, le ofreció una referencia especialmente cercana. Marco reconoció en aquel llamamiento una invitación dirigida también a él a atreverse a responder a la llamada de Dios.

En los meses siguientes continuó viviendo con sus amigos, estudiando, practicando deporte y participando en las actividades de su comunidad. Nada permitía imaginar que su historia terrena estuviera a punto de concluir. Tenía diecisiete años, estaba lleno de proyectos y conservaba la espontaneidad propia de su edad, pero su manera de afrontar la existencia mostraba una convicción cada vez más firme: la felicidad no se conquista acumulando experiencias para uno mismo, sino reconociendo un bien que se recibe y se comparte.

Una brusca maniobra

El sábado 5 de noviembre de 2011, Marco salió en su moto para dirigirse a su instituto, en la zona de Sovico, cerca de Monza, en Italia. Según las reconstrucciones publicadas, mientras circulaba por la carretera que une Monza con Carate Brianza, un automóvil realizó una maniobra brusca de giro en U y se cruzó en su trayectoria.

Marco intentó frenar, pero la calzada estaba mojada por la lluvia y no pudo evitar el accidente. A consecuencia del impacto, sufrió graves lesiones cervicales que le causaron la muerte ese mismo día. Tenía diecisiete años. La noticia de su muerte cayó sobre su familia, sus compañeros y sus amigos con la violencia de una pérdida imposible de comprender.

Quedaba atrás un muchacho que había sabido reunir a otros en torno a la ayuda escolar, la compañía a los ancianos, el deporte y la fe; un joven que hablaba de la felicidad con la seriedad de quien se sabe responsable de su propio destino. Su muerte fue consecuencia de una interrupción súbita, en plena adolescencia, cuando todavía tenía por delante innumerables posibilidades humanas.

Frase premonitoria

Pero hubo un detalle que, desde el primer momento, quedó grabado en la memoria de quienes lo conocían. La noche anterior al accidente, Marco había escrito en la pared de su habitación, junto al crucifijo de San Damián, una pregunta tomada del Evangelio: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”(Lucas 24, 5).

La frase procede del relato de Lucas sobre las mujeres que acuden al sepulcro de Jesús y reciben el anuncio de la Resurrección. No se trataba de una frase escrita para convertirse en un mensaje póstumo, y no sería riguroso atribuirle un significado que Marco no hubiera explicado. Sin embargo, después de su muerte, aquellas palabras adquirieron para sus familiares y amigos una resonancia extraordinaria.

El lunes 7 de noviembre de 2011 se celebró el funeral en el Duomo de Monza. Al día siguiente, el cuerpo de Marco fue trasladado a Casarza Ligure, donde se celebró la Eucaristía antes de su sepultura en la capilla familiar del cementerio local. Para sus padres, Antonio y Paola, y para sus hermanas, Francesca y Veronica era un momento de profundo dolor pero también de serenidad al recordar a Marco, un recuerdo que comenzó a extenderse más allá del círculo familiar y escolar. Quienes lo habían tratado hablaban de su entusiasmo, de la seriedad con que se tomaba las preguntas de la vida y de la alegría que encontraba en su relación con Jesús.

Ejemplo de vida cristiana

La primera respuesta pública de la Iglesia llegó pocos días después de su muerte. El cardenal Angelo Scola, entonces arzobispo de Milán, lo propuso como ejemplo de vida cristiana durante una meditación dirigida a los jóvenes de la diócesis el 16 de noviembre de 2011, en el contexto de los ejercicios espirituales de Adviento.

Aquel reconocimiento contribuyó a que la memoria de Marco comenzara a interpelar a otros jóvenes que encontraban en su historia una pregunta sobre su propia existencia: cómo vivir el presente sin desperdiciarlo, cómo descubrir la vocación personal y cómo reconocer en la amistad y en el servicio caminos concretos para amar.

Desde el año siguiente a su muerte, cada 1 de noviembre comenzó a celebrarse un peregrinaje en su memoria al santuario de Nuestra Señora de Montallegro, situado sobre Rapallo, en la provincia de Génova. La cita se ha mantenido a lo largo de los años y ha reunido a cientos de personas, especialmente jóvenes procedentes de distintas realidades y sensibilidades eclesiales.

Lo que comenzó como una respuesta al dolor y como una forma de conservar vivo el recuerdo de un amigo se ha convertido en una experiencia compartida de oración y reflexión, que ha llevado a dar en 2024 los primeros pasos hacia el proceso de canonización de este joven que ha comenzado oficialmente en este año.