“Cuando Dios te quita algo, siempre te va a dar algo mejor”. Fue una frase que me ha hecho pensar y es que tiene mucho de verdad, hay cosas que no logramos entender, nos cuesta comprender el maravilloso plan de amor de Dios y todo aquello que tiene dispuesto si decidimos aceptar su voluntad.
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Nuestro egoísmo nos impide confiar o también el pensamiento de: “yo soy responsable de lo que me sucede”; en ciertas formas sí, pero debemos practicar algo muy valioso para entender la voluntad Divina y es la ‘dependencia a Dios’, no es malo, ni tampoco es dejar de lado nuestra responsabilidad; al contrario, es confiar que todo aquello que va a suceder en mi vida será de bendición si permito que el amor de Dios dirija mis pasos.
Está conversación no se puede llevar a cabo con personas que sienten, piensan y están convencidos que son ‘artífices’ de su destino porque hay momentos en los que Dios parece hacer silencio y no responder, un sueño, un proyecto o aquello por lo que hemos luchado tanto y tal vez, lo primero que pensamos es: ¿dónde estás? o ¿por qué Señor?
El mayor regalo de Dios: llevarnos hacia Él
La fe nos invita a reflexionar más allá de lo que nos sucede y nos lleva a preguntas más profundas como la siguiente: ‘Señor, a partir de esto que estoy viviendo, ¿qué quieres hacer conmigo?’. San Pablo nos recuerda: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman”. Romanos 8,28. No expresa que todas las cosas sean buenas, dice que Dios puede sacar un bien incluso de aquello que nosotros vivimos como pérdida.
Abraham tuvo que caminar antes de conocer el destino y quizá eso mismo nos sucede: queremos que Dios nos muestre el final antes de atrevernos a dar el siguiente paso. San Agustín expresó una de las grandes intuiciones de la espiritualidad cristiana: nuestro corazón permanece inquieto hasta descansar en Dios.
Muchas veces sufrimos porque intentamos encontrar seguridad definitiva en cosas que, por naturaleza, son pasajeras. Santo Tomás de Aquino enseñaba que Dios es el ‘Bien supremo’. Desde esta perspectiva, el mayor regalo de Dios no necesariamente es devolvernos aquello que perdimos, sino llevarnos hacia Él, porque ninguna cosa creada puede ocupar el lugar de Dios.
Seguir confiando aun cuando no entendemos
La fe verdadera no consiste en entenderlo todo, sino en seguir confiando aun cuando no entendemos. Isaías pone en boca de Dios estas palabras: “Porque mis pensamientos no son sus pensamientos, ni sus caminos son mis caminos”. Isaías 55,8.
Esta cita bíblica debería ayudarnos a combatir una de nuestras mayores tentaciones: creer que sabemos qué es lo mejor para nosotros. La Virgen María es quizá uno de los ejemplos más hermosos de esta confianza, ante el anuncio del ángel no recibió todas las respuestas. Recibió una llamada. Y respondió: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Lucas 1,38.
“Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia; reconócelo en todos tus caminos y él allanará tus senderos”. Proverbios 3,5-6.
Quizá Dios no te está quitando el futuro, quizá te está enseñando a dejar en sus manos la necesidad de controlarlo. Por eso, quizá aquello que llamamos ‘pérdida’ puede convertirse en una oportunidad para descubrir que habíamos puesto nuestra esperanza en el lugar equivocado. Y si confiamos, entonces podremos darnos cuenta que lo mejor siempre está por venir.

