Teresa Gutiérrez JEC
Secretaria general de la JEC

¿Preparamos el camino?


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Hace pocos días que hemos comenzado el Año Nuevo Litúrgico, con la llegada del Adviento. Nuestras comunidades, nuestras familias y nuestros corazones se preparan mientras esperan la llegada del Niño Jesús. Las personas que trabajan la tierra saben bien lo que es la espera. Conocen los tiempos de siembra y recogida, y entienden que todo tiene su temporada, o su momento. A quienes vivimos el frenetismo caótico de las ciudades nos suena lo que puede significar este concepto, pero en muchas ocasiones no podemos ni soñar con comprenderlo profundamente, o al menos no como lo tienen las pocas valientes que, luchando contra corriente, aún siguen apostando por la opción de habitar la España vaciada. En nuestro deseo constante de inmediatez, rara vez cabe la espera paciente y amorosa que esta época nos propone. Hemos pasado peligrosa e irremediablemente de la ya frívola sociedad del “tanto tienes, tanto vales” a la de “tanto produces, tanto vales” y llenamos los huecos del día de manera enfermiza, no vaya a ser que por no hacer durante un rato se nos ocurra ser. Pero nunca es tarde para practicar el ejercicio de encaminar nuestra mirada a otras realidades y aprender cuanto podamos de ellas. El Adviento es un momento maravilloso para la contemplación y el recogimiento, y para educar nuestra mirada. Una mirada encarnada en lo frágil, lo pequeño, lo olvidado. Dios “se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Para ser un hombre, primero fue un niño pequeño, necesitado de los cuidados de su familia. Exactamente como miles y miles de personas que a diario tienen hambre y sed, son forasteras, tienen frío, están desnudas, enfermas o prisioneras. Ojalá este tiempo nos ayude a identificar las pobrezas de la gente que nos rodea y las nuestras propias. Porque no todas se aprecian a simple vista, sino que a veces tenemos que profundizar un poquito más, y mirarlas con el corazón.



De Galilea a la Cañada Real

En Madrid ya se puede observar el tradicional alumbrado Navideño de las calles, y muchas familias y comunidades encendemos las velas de la corona de Adviento, a pesar de que a pocos kilómetros del centro de la ciudad, el suministro de electricidad ni siquiera está disponible para las necesidades básicas, y las velas adquieren un significado desesperado de supervivencia, y de única fuente de luz. La simbología es irremediablemente diferente en realidades tan cercanas en el espacio y el tiempo, pues no es igual la espera esperanzada de una nueva vida que llega a nuestros hogares que la espera desesperada mientras se asegura la supervivencia y se trata de recuperar la dignidad arrebatada. La primera tiene un horizonte claro, un plazo concreto y un objetivo común: preparar el camino al Señor. La otra es difusa, y se construye sobre la angustia que provoca la incertidumbre. Una sensación parecida a Marzo de 2020, cuando nos asaltaba el miedo y la duda, pero con más frío y menos recursos. Como presunta solución a esta situación, muchas personas en la Cañada Real son prácticamente forzadas a realojarse, que no es ni más ni menos que alejarse de su hogar, como hace más de dos mil años tuvo que hacer una pequeña familia de Galilea, que poco le importaba a los dirigentes del momento. No necesitamos pensar mucho para ver que quienes gobiernan ahora por lo general tampoco lo consideran prioritario, pues después de más de un año la situación continúa siendo desgarradora.

El Adviento, y después la Navidad, son ocasiones para compartir con los seres queridos y descubrir a Dios en el día a día, en lo cotidiano, pero también para mirar hacia el prójimo. Una de las grandes tentaciones de la época que nos ha tocado vivir es que fácilmente confundimos compartir con consumir, esta confusión se torna en ocasiones hasta perversa y opaca el verdadero sentido que tiene el nacimiento de Cristo. Y este consumo desmesurado, por muy bienintencionado que sea, tiene consecuencias graves para quien menos las merece. Este año te propongo a ti, que estás leyendo esto, que hagas tu consumo consciente y teniendo en cuenta a quien no ha tenido tanta suerte como tú. Te invito a preparar de forma concienzuda el camino para que Dios nazca en ti. Para, toma tu vida entre tus manos y descubre el sentido que la Suya tiene ahí. Este es un buen momento para cultivar la compasión en tu interior de una forma sincera y profunda, sin paternalismo ni condescendencia. Deja que Dios se vaya haciendo grande en tu vida. No son necesarias grandes acciones o reflexiones sesudas. Puedes descubrir mucho en lo cotidiano. Seguro que encuentras nuevas formas de ser y estar, y también de prestar atención para que los rostros de Dios te interpelen. No te preocupes, están en todas partes. Prueba a permanecer, como nos pidió recientemente el  papa Francisco, “con un corazón vigilante”. El Reino se construye en lo más pequeño primero, para que funcione en lo grande. Dios nos necesita en nuestros ambientes y espacios. La conversión es un camino que dura toda la vida, y tienes la oportunidad de disfrutarlo cuando quieras. Pues, ¿por qué no ahora?