Se te pueden venir cuestiones diferentes al leer el título de este blog. Algunas de rabiosa actualidad, como la compañía aérea que ocupa el centro de la polémica relacionada con el expresidente Zapatero. Sin embargo, la extraigo hoy de un párrafo de la nueva encíclica de León XIV. Lo que son las coincidencias…
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Marcando el rumbo
Hay mucho que rumiar de la ‘Magnifica Humanitas’. Como hiciera Francisco con su ‘Evangelii Gaudium’, en esta Prevost deja entrever las líneas maestras de su pontificado.
Tras un primer año en el que ha mantenido un inteligente perfil discreto, que le ha ayudado a situarse y conocer las “costuras” por las que se resquebraja la barca de Pedro, poco a poco va mostrándose como león rugiente. Declaraciones en las últimas semanas, sin rehuir ciertas polémicas, podrían estar demostrándolo.
Por eso no deja de ser paradigmático que dedique la primera parte de su encíclica a presentar, reafirmar e impulsar los principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia, y que el primero que subraya sea la búsqueda del bien común.
León quiere una Iglesia profética, en diálogo dinámico con el mundo y que haga camino en comunión, consciente de la irrenunciable interdependencia de todas partes implicadas, con especial atención a las más vulnerables.
El Plus
Pero, ¿es posible trabajar por el bien común?
No parece nada fácil. Conlleva desafíos como “configurar el modo en el que vivimos juntos, nuestras decisiones económicas y políticas, el rostro concreto de nuestras ciudades…” (MH 59). Algo que, en palabras de León y de sus predecesores “no es negociable”, pero que, sin embargo, es desdeñado una y otra vez. En la esfera política de modo particular.
Y es que el bien común, lejos de ser un agregado de los bienes individuales, donde cada cual obtenga una parte de lo que desea, pide un PLUS: trabajar desde un proyecto compartido, que asume las muchas diferencias ideológicas y pragmáticas, y las trasciende para caminar juntos y construir condiciones que permitan a todas las personas desarrollarse con dignidad. Es, de alguna manera, tratar de llevar el auténtico espíritu de la “sinodalidad” que estos años ha presidido la vida eclesial, al resto de los ámbitos donde se construye humanidad.
Pero, si la “sinodalidad” ya es complicada de vivir en su radicalidad (cada cual que examine su contexto eclesial más cercano), cómo no lo va a ser cuando la protagonista es la sociedad al completo.
Signos concretos
Descubrimos así la necesidad de tener indicadores concretos y signos reales para evaluar el desarrollo del bien común.
El mismo Papa ofrece algunas intuiciones generales. Como ejemplo, al Estado le asigna el papel de “armonizar con justicia” los diferentes intereses en juego, sin caer en el cortoplacismo y sin dejar atrás a los más débiles (MH 63).
Sin embargo, creo que el bien común se juega en decisiones concretas. Muy concretas. Y que exigen una altura ética, una honestidad y una madurez personal y colectiva que sabemos que no está a la orden del día en los escenarios políticos actuales.
Para mí, ese “plus” podría significar:
- Generar reuniones de trabajo constructivas entre facciones opuestas, en cualquier conflicto o desafío local, nacional o internacional, con el deseo de buscar sincera y valientemente su solución pacífica y equitativa;
- Reconocer los prejuicios con los que se abordan dichos conflictos, así como los intereses particulares y que deben ser puestos sobre la mesa con transparencia;
- Aceptar las posiciones de poder propias y rebajarlas con generosidad en esa búsqueda compartida de soluciones;
- Confesar la necesidad de mediación, de ayuda de terceras instancias, cuando se producen bloqueos o se es incapaz de avanzar;
- Recordar que todos los bienes son para el beneficio de todas las personas porque incluso la propiedad privada de los mismos está subordinada a su destino universal (MH 66);
- Saber “echarse a un lado”, “quitarse de en medio” o ceder a otros el testigo del protagonismo cuando se percibe que el aporte propio es impedimento, o no ayuda.
En resumen: para construir el bien común necesitamos acciones concretas de renuncias por un bien mayor, de doblegar los propios intereses, de buscar lo mejor para el conjunto de todas las partes priorizando a las más frágiles, de cooperar con transparencia y buscando la verdad… de poner amor político para sacar amor social.
¿”Suena a delirio”?, como dice León (MH 64).
A mí, optimista casi empedernido, me resulta difícil imaginar que esa sea la norma a seguir en las instituciones.
Pero también vivo con la satisfacción de haber conocido expresiones concretas de ello.
Y con el convencimiento de que, muchas veces, basta con que alguien dé el primer paso para que otras personas se animen a hacer lo mismo.
A ver si me aplico el cuento y me sumo al “PLUS…”.
Al del bien común, claro.
