El pisapapeles


Un año más, la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios convocó a los sacerdotes, vicarios y delegados encargados de sus hermanos en nuestras diócesis, para reflexionar y dialogar sobre el cuidado de la vocación presbiteral…



Fuimos descubriendo cómo el servicio misionero, tantas veces intenso, y la comunión –o la falta de ella– entre nosotros nos va quebrando, haciendo brotar fragilidades, frustraciones, desequilibrios y adicciones, abriendo heridas imposibles de sanar, si no somos capaces de pedir ayuda espiritual y psicológica. La cuestión es quién nos puede ayudar a recolocar nuestro puzle ministerial para que se vea el rostro de la vocación recibida como un gran regalo.

Figura de cristal

Una vocación que debemos cuidar y proteger como una preciosa y frágil figura de cristal, en palabras de un psicoterapeuta. Pero muchas veces nos creemos superhéroes sin descanso, sin capacidad de flexión ni momentos de reflexión, sin compañeros que compartan el pan, nadando entre difamaciones –tantas veces de nuestros hermanos–, agotados por las exigencias de las comunidades, de los consumidores de tradiciones religiosas que rayan el paganismo o la idolatría… pero nunca aprenderemos a decir NO.

Sacerdotes

Sacerdotes en la celebración del Corpus en la Plaza de Cibeles. Foto: Jesús G. Feria/ Vida Nueva

Un joven sacerdote contó su experiencia y cómo salió de un pozo sin fondo. Cómo, con valentía desesperada, fue a hablar con su obispo para contarle su situación. Él sabía que, encima de la mesa, el obispo tenía siempre un pisapapeles. Cuando se acercaba, pensó: “Como me diga que debo aprender a llevar mi cruz, le lanzo el pisapapeles”. Pero no fue así. Le envió seis meses a una casa de reposo, acompañado por un director espiritual y varios psicoterapeutas, que le pudieran ayudar. Es suficiente.

Vidas imposibles

Al final, tantos sacerdotes encerrados en nuestras soledades comenzamos a entrar en una noche oscura y no precisamente mística. Nos encerramos en nuestros pánicos a perder nuestra posición de perfectos y caemos en la trampa de las diversas adicciones, tan conocidas y escondidas, perdiendo, paso a paso, el sentido de nuestros compromisos.

En el fondo, nos queda el residuo de nuestros primeros padres de querer ser como dioses y acabamos enredados en las ofertas alucinógenas de la sibilina serpiente. Esta es la conclusión de vidas imposibles y de los suicidios de algunos sacerdotes jóvenes.

A veces, necesitamos un pisapapeles a mano para lanzarlo y romper la tela de araña. Algunos nunca dejaron de rezar, cada vez con más angustia, contemplando los derroteros de sus vidas, pero sus compañeros nunca se dieron cuenta de sus abismos o callaron.

¡Ánimo y adelante!

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