Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Pasión futbolística


No hay mucha duda de que el Mundial de fútbol no me genera la misma curiosidad que los Juegos Olímpicos. Cuando son estos últimos, me descubro a mí misma poniendo la televisión para ver los deportes más peregrinos y, al menos desde mi desconocimiento, menos populares, como esgrima, halterofilia o saltos. En cambio, en esta ocasión el Mundial “ha pasado sobre mí”, por más que el papel de España haya sido espectacular.



Supongo que a mi poca afición se le une el distinto huso horario, que ha hecho que todos los partidos empiecen, como pronto, cuando una ya está dando por concluida la jornada. El caso es que, aunque este Mundial ha dado para hacer muchos comentarios y análisis, la ignorante futbolística que soy se queda con dos anécdotas que me han hecho pensar un poco.

La primera de ellas tiene que ver con mis vecinos. No me refiero a “Drako”, por supuesto, sino a aquellos que me han ido retransmitiendo los partidos sin necesidad de estar viéndolo yo.

El calor veraniego y las ventanas abiertas han provocado que, en algunos momentos, pudiera sentirme en el salón de una casa ajena escuchando los gritos de emoción cuando España metía gol o los chillidos de nervios cuando el contrincante se acercaba peligrosamente a la portería. De hecho, en algún momento llegué a pensar que iba a tener que llamar al 112 porque podría estar siendo testigo auditivo de un infarto potencial.

Más o menos intensidad

El caso es que esta intensidad vecinal que se ha volcado con el fútbol me ha hecho pensar en algún momento cómo la pasión es algo que hay que saber bien en qué se vuelca, porque ni se puede vivir todo con tanta intensidad ni vale la pena una existencia que no esté impulsada por la pasión.

Al final, el justo medio que pregona Eclesiastés (cf. Ecl 7,16-17) también puede aplicarse a la afición por un deporte. El tener claro en qué vale la pena invertir entusiasmo está relacionado, además, con la segunda de las anécdotas que me han hecho reflexionar.

Mundial de fútbol 2026

Partido de España contra Austria en Los Ángeles. Foto: FIFA

Uno de los protagonistas de la selección española ha sido Mikel Oyarzabal, un jugador de la Real Sociedad. Como suele suceder cuando alguien destaca en un campeonato de este tipo, los periodistas no dudaron en preguntarle si estaría dispuesto a abandonar su ciudad y fichar por otro equipo.

Oyarzabal puso en su lugar una posible oferta, que podría conllevar una mayor reputación, ganancia económica o ser más visible en el escaparate internacional, simplemente constatando la calidad de vida que conlleva tener cerca a quienes quieres.

Al fin y al cabo, no hace falta ser creyente para entender “por dentro” que hay maneras de pretender “salvar la vida” que solo llevan a perder lo que vale la pena de ella (cf. Mc 8,35). Así que, más allá de ganar o no el Mundial, siempre hay una invitación a aprender ¿no te parece?