Siempre he creído que los libros nos salen al encuentro cuando estamos listos para escuchar lo que traen. Como ha dicho el papa Francisco, en la literatura se revela lo humano en toda su diversidad y complejidad. Y, como en este hemisferio hemos estado de vacaciones el último mes, he tenido la oportunidad de leer con calma y dejar que distintas voces dialogaran entre sí hasta formar un solo mensaje.
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El primer libro que cayó en mis manos fue ‘Lecciones de química’, de Bonnie Garmus. Narra la historia de Elizabeth Zott, una científica brillante en los años sesenta que desafía el machismo de su época. A través de un programa de cocina, convierte ese espacio aparentemente doméstico en una lección de ciencia, autonomía y dignidad femenina. Al leerlo, me sentí profundamente agradecida de ser mujer en este tiempo y en mi realidad concreta.
El genio femenino
Percibí en esa historia un anhelo de Dios: que muchas más mujeres podamos desplegar nuestra singularidad como aporte a la humanidad. El llamado es claro. El genio femenino se ha ido abriendo paso a costa del dolor de demasiadas generaciones; por eso no podemos renunciar, por comodidad o miedo, a la responsabilidad que a cada una le corresponde.
El libro ‘Sobre Dios. Pensar con Simone Weil’, de Byung-Chul Han, me interpeló desde otro ángulo. El filósofo plantea que la sociedad actual nos sumerge en la hiperactividad, en una avalancha constante de información y en un consumismo frenético que nos desconecta de lo esencial. Leyéndolo, entendí mejor por qué tantas personas se sienten lejos de Dios: viven saturadas de estímulos, sin silencio, sin espacio interior. Y, sin interioridad, lo humano se vacía, lo divino se vuelve imperceptible y, lo mundano enfermante.
Aunque lo tenía hace años en mi repisa, nunca había logrado que me tocara el alma ‘Mujeres que corren con lobos’, de Clarissa Pinkola Estés. Su recorrido por mitos y relatos universales revela la naturaleza salvaje y profunda de la mujer, esa fuerza vital que muchas veces hemos silenciado para encajar. Tal vez la edad y los procesos vividos me permitieron ahora reconocerme en sus páginas. Sincrónicamente, su mensaje dialogaba con el de Han: sin silencio no hay alma; sin alma no hay Dios. La atención, la escucha y la fidelidad a la voz interior se vuelven camino de realización y también de fe.
La primera infancia
El último texto llegó casi como un regalo inesperado: ‘La traición al cuerpo’, de Alexander Lowen. Desde el análisis bioenergético, muestra cómo las experiencias emocionales de la primera infancia pueden desconectarnos de nuestras necesidades corporales y marcar nuestra vida adulta. El cuerpo no es solo vehículo del alma; es su reflejo y su voz. Escucharlo, respirarlo, habitarlo conscientemente abre posibilidades reales de sanación.
Al terminar estas lecturas sentí que todas, desde lugares muy distintos, decían algo convergente: el modo en que estamos viviendo nos está haciendo daño porque va contra nuestra esencia más profunda. Contra ese diseño amoroso que nos quiere vivos, conscientes, encarnados. El camino de retorno pasa por la conciencia, el silencio, la atención y una mirada amorosa hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia la creación, liberada del afán ególatra, utilitario y posesivo que tanto nos fragmenta.
Es, en el fondo, una verdadera re-evolución interior. Me quiero sumar a ella con todo el corazón, aun con mis inconsistencias, mis retrocesos y mis miedos. Saber que muchos están despertando, escribiendo y buscando lo esencial me devuelve la esperanza
