Oración y meditación


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Otra de las acciones propias de la cuaresma es la oración. Una oración en la que a través del silencio, de la contemplación y de otras técnicas, intentamos descubrir cuál es la voluntad de Dios para nosotros. Una oración nos abre (como hace también el ayuno y ya vimos la semana pasada) al amor al hermano, a escuchar nuestro entorno para descubrir a qué estamos llamados y amar más a quienes tenemos a nuestro alrededor.



Aunque pueda parecer que el economicismo no tiene su equivalente espiritual, en estos últimos tiempos hemos visto como ha aparecido el fenómeno del mindfulness que, tomando técnicas ancestrales originarias de religiones orientales, pero que también se han utilizado con frecuencia en la oración cristiana (en especial, aunque no exclusivamente, el silencio y la meditación), ofrece una senda despojada de la búsqueda de la trascendencia que pretende hacer bien a quien la transita.

La meditación como camino hacia atención plena (mindfullness) se presenta como una opción de un estilo de vida bueno para la salud (las referencias las extraigo de la página web de la cátedra de Mindfulness y Ciencias Cognigivas de la Universidad Complutense de Madrid www.nikara.com). El silencio, las técnicas de meditación, ayudan a “reducir el malestar psicológico, aumentan en bienestar y la calidad del sueño, incrementan las habilidades interpersonales y conllevan un efecto virtuoso en otras áreas vitales”.

mindfulness

Estas mejoras en la salud y en el bienestar individual conllevan una mejora evidente en el rendimiento en el trabajo. Si las personas que están en una empresa están mejor, las bajas y los problemas que se van a generar en el día a día van a ser inferiores. Por ello el mindfulness ofrece programas para empresas que buscan “formar a la plantilla en técnicas que mejoren su bienestar general y su gestión del estrés”

Búsqueda del bienestar

Todo esto nos lleva a constatar el mismo fenómeno que veíamos la semana pasada cuando hablábamos del ayuno y la dieta. La oración no está de moda, se nos muestra como desfasado rezar, hacer silencio para intentar conectarse a un Dios que es amor, para abrirnos a los demás, a la providencia, a lo trascendente. Sin embargo, se ven con agrado estas mismas prácticas si prescinden de la dimensión divina y se destinan especialmente a uno mismo, al crecimiento personal, a la reducción del estrés, a la mejora propia.

En una sociedad economicista, lo que tiene valor es lo que se hace para uno mismo, lo que me centra en mi propio ser, lo que busca eso que propugna la mal llamada “racionalidad económica” maximizar mi propia utilidad, o dicho de una manera más comprensible por todos: alcanzar el máximo bienestar posible.