Hay frases que, cuando se pronuncian, deberían obligarnos a guardar un minuto de silencio. Esta es una de ellas, recién leída en un periódico de hoy y pronunciada por una experta en el tema: “En ocho semanas la solidaridad con las víctimas del tren habrá desaparecido”.
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Hay dolores que hacen detenerse al país. Durante unos días, las pantallas se llenan de rostros, las voces se quiebran en la radio y las banderas descienden a media asta. Un accidente de tren rompe la mañana, detiene los relojes y convierte una estación, una vía o un pequeño pueblo en el centro de nuestro mapa sentimental.
Entonces aparece lo mejor de nosotros. Vecinos que salen a la ayuda inmediata, sanitarios que prolongan su jornada, desconocidos que preguntan dónde hace falta una mano. La solidaridad corre más deprisa que los trenes. Y, por un instante, parece que hemos recordado algo esencial: que la desgracia de otro ser humano también nos pertenece.
Pero alguien ha puesto fecha de caducidad a esa emoción: ocho semanas.
Ocho semanas y llegará otra noticia. Otro escándalo. Un partido de fútbol. Una disputa política. El mundo seguirá corriendo y las vías volverán a ser solamente dos líneas de acero que cruzan el paisaje. Mientras tanto, para algunas familias, el tren seguirá descarrilado cada mañana.
Porque el dolor no entiende de calendarios.
Altar improvisado en la estación de Santa Justa, en Sevilla, en homenaje a las víctimas del accidente ferroviario en Urda. Foto: EFE
Dentro de ocho semanas quizá ya no haya cámaras en las puertas de las casas. Los periodistas habrán partido hacia otra urgencia. Las tertulias discutirán otros nombres. Pero habrá una silla que continuará vacía en una cocina. Un teléfono que ya no sonará. Una madre que todavía espere, sin querer reconocerlo, el ruido de una llave en la cerradura.
Y estarán los heridos. Los que sobrevivieron y llevan por dentro un accidente que nadie ve. Hay heridas que no sangran, pero tardan mucho más en cicatrizar. Hay trenes que, después de chocar, continúan circulando en la memoria.
España ha vuelto a conmoverse ante la tragedia ferroviaria de Urda, apenas unos meses después de Adamuz. Hoy continúan las tareas de identificación, la atención a las familias y la recuperación de los heridos. La solidaridad ha sido inmensa y necesaria.
Pero quizá la verdadera solidaridad empiece precisamente cuando se apaguen los focos.
No necesitamos convertir el dolor en un espectáculo interminable. Necesitamos algo más difícil: memoria. Acompañar sin cámaras. Preguntar cuando ya nadie pregunta. Exigir que se conozca la verdad y que las responsabilidades no se pierdan, como tantas lágrimas, en la cuneta de la actualidad.
No para quien…
Ocho semanas pasan deprisa. Para quien mira un calendario.
Pero no para quien ha perdido a un hijo.
No para quien despierta de noche oyendo todavía el estruendo.
No para quien se quedó esperando en un andén y comprendió, de golpe, que hay viajes de los que nadie vuelve.
Tal vez la solidaridad no consista en llorar juntos durante ocho semanas. Tal vez consista en no olvidar en la novena.
Porque una sociedad se mide también por eso: por el tiempo que es capaz de permanecer junto a quienes el dolor ha dejado atrás.
Y porque las víctimas no necesitan que su tragedia sea eterna en las noticias.
Necesitan, sencillamente, que no las abandonemos cuando el mundo decida pasar página.

