El 8 de septiembre pasado se hizo público el famoso Informe PISA, que mide el estado de la educación. Y España salió en él francamente malparada, con una caída en matemáticas, ciencias y comprensión lectora. Y esto último me llevó a preguntarme cómo estaría nuestra comprensión lectora de la Biblia.
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Es muy significativo que, desde hace ya algunos años, haya aumentado la venta de Biblias en letra grande. Alguien me dijo que ese fenómeno se explicaba de distintas maneras: en unos casos, porque el público lector estaba envejecido y su vista ya no era lo que fue, y en otros, la cuestión estribaba en el nivel de alfabetización, que, si no era demasiado elevado, prefería una letra grande.
Más allá de esto, lo que está claro es que la Biblia tiene niveles de lectura diferentes, y esto también tiene que ver con eso que llamamos comprensión lectora. Por ejemplo, podemos leer el relato de la creación de Gn 1 y entender literalmente lo que estamos leyendo, pero, quizá no se comprenda cómo es posible que la luz sea creada el día primero, pero que haya que esperar al día cuarto para contemplar la creación del sol y la luna. Dicho de otra manera, una cosa es lo que el texto dice literalmente, y otra distinta lo que quiere decir o hacia dónde apunta.
Esos diferentes niveles de comprensión del texto bíblico es lo que, en el fondo, está detrás de la distinción entre las lecturas literal y tipológica o alegórica que ya se ve en autores como Filón de Alejandría, en el mundo judío, o en antiguos autores cristianos, como el propio san Pablo (por ejemplo, en 1 Cor 10,1-11).
En la Edad Media cristiana, esto quedó reflejado en el dístico acuñado por Agustín de Dinamarca (siglo XIII), que decía: ‘Littera gesta docet, quid credas allegoria, moralis quid agas, quo tendas anagogia’, es decir, “la letra enseña los hechos; la alegoría, lo que has de creer; la moral, lo que has de hacer; la anagogía [sentido espiritual o místico], hacia dónde has de tender”.
“Paraíso”
En la tradición judía también se llegó a algo semejante cuando los sabios resumieron en una palabra cuatro sentidos de la Escritura. Lo llamaron ‘pardés’, término que en hebreo significa “paraíso”, pero que, si lo leemos considerando cada consonante como inicial de otras tantas palabras, nos da lo siguiente: ‘péshat’ o sentido literal, ‘rémez’ o sentido alegórico, ‘derásh’ o interpretación homilética y ‘sof’ o significado místico.
En el siglo XVI, el cardenal César Baronio (1538-1607) ya dijo que la Biblia no enseña cómo va [o funciona] el cielo, sino cómo se va al cielo. Solo en esta segunda opción se comprende verdaderamente el sentido de la Biblia.


