Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Esta vez “no mirarán hacia otro lado”. ¿Y nosotros?


Tras el sorprendente avance de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt, las Iglesias católica y protestante han reaccionado recordando la dignidad humana, la Constitución y el Estado de derecho, asegurando que, si esos principios resultan amenazados, “no mirarán hacia otro lado”.



En Alemania, la frase tiene peso histórico. Hubo un pasado en que demasiados miraron hacia otro lado, aunque también hubo cristianos que resistieron hasta el martirio. Pero no hay que olvidar las ambigüedades, las falsa prudencia, los silencios y las connivencias de sectores eclesiales con un nacionalismo inhumano.

Iglesia, memoria histórica y el retorno de los nacionalismos

La barbarie no comenzó con los campos de exterminio: mucho antes, algunas vidas empezaron a valer menos, el extranjero fue convertido en amenaza colectiva, el culto a la nación y el líder se absolutizaron y el miedo encontró chivos expiatorios.

La paradoja es que “la mayoría de los dirigentes nazis habían recibido durante años clases de religión cristiana, asistían al culto divino y escuchaban sermones e instrucciones morales…Existió un cristianismo que hizo posible Auschwitz, o al menos no lo impidió”. Thomas Ruster (‘El Dios falsificado’).

La barbarie nazi quizá habría sido menos devastadora si, desde el primer momento, las Iglesias con siglos de presencia social hubieran alzado la voz y resistido, en vez de amoldarse a un régimen atroz con apariencia de “orden debido”, “patriotismo” o ciertos “valores”.

Por eso, aquel “no mirarán hacia otro lado” significa mucho: hemos aprendido de nuestra historia. Porque la Iglesia aprende de la historia, aunque a veces lo haga tarde o a medias, y así va purificando la Tradición.

Cuando la Iglesia aprende

Los cristianos no deberíamos justificar todo pasado con el “siempre tuvimos razón”. La historia es también lugar de pecado, gracia, discernimiento y aprendizaje. La Iglesia enseña y aprende; y algunas de sus lecciones más profundas las ha aprendido después de equivocarse.

El Vaticano II tuvo la audacia de reconocer esta evolución histórica cuando invitó a escrutar los “signos de los tiempos” e interpretarlos a la luz del Evangelio (‘Gaudium et spes’, 4). La fe no es disponer de formulaciones inmutables para preguntas que cambiaron, sino conservar el Evangelio vivo como para que interrogue cada época.

También por eso la Iglesia ha debido revisar sus connivencias con poderes políticos, la intolerancia religiosa, el antisemitismo cristiano o legitimaciones del colonialismo. Reconocerlo no destruye la Tradición; demuestra que una Tradición viva puede asimilarse mejor por el Evangelio que custodia.

La iglesia alemana comprendió el precio de la amnesia. En 2024 los obispos católicos declararon por unanimidad la incompatibilidad del cristianismo el nacionalismo étnico (‘Völkisch’), denunciando el racismo, el antisemitismo y cualquier relativización de la igual dignidad humana.

No se limitaron a condenar genéricamente “los extremismos”: trazaron una frontera antropológica y cristiana ante determinadas concepciones políticas. Hablaron claro, fijaron cátedra, hicieron catequesis.

Un precedente que convendría recordar

La Iglesia ha tenido que discernir también en otros países cuando una fuerza política aparentemente defensora de grandes valores, termina instrumentalizando el cristianismo. Recordemos la condena de Action Française por Pío XI en 1926.

El movimiento de Charles Maurras había seducido a muchos católicos franceses con relatos de nacionalismo, restauración del orden, exaltación identitaria y utilización política de la religión. Era un proyecto camuflado como protector del catolicismo mientras subordinaba, en la práctica, el Evangelio a una concepción de nación y poder.

La historia conserva una intuición actual: la Iglesia no puede aceptar que la fe sea utilizada como combustible religioso de un nacionalismo contrario a la dignidad de todo humano. Pío XI advertía que el legítimo amor a la patria se corrompe cuando degenera en nacionalismo extremo y xenófobo.

Hoy han vuelto los populismos para “salvar la patria y la civilización”. También ahora aparecen patria, familia, tradición, raíces cristianas y orden como palabras movilizadoras. El problema es su manipulación como caballos de Troya para envenenar de xenofobia, aporofobia, autoritarismo o desprecio de la fraternidad universal.

Se pretende defender la “civilización cristiana” frente al extranjero mientras se olvida al buen samaritano; se proclaman las raíces cristianas de Europa mientras se olvida Mateo 25; se exalta la familia mientras se acepta una economía que expulsa a muchos jóvenes de la posibilidad de construirla; se reivindica la identidad católica mientras solidaridad, bien común, destino universal de los bienes y opción por los pobres son sospechadas de concesiones progresistas. Estamos ante la pregunta sobre qué antropología puede todavía llamarse cristiana.

¿Y la Iglesia española?

¿Y la Iglesia española? Aquí aparece la pregunta incómoda. ¿Hemos aprendido nosotros? Sería injusto afirmar que toda la Iglesia española guarda silencio. Cáritas, congregaciones, parroquias y miles de creyentes trabajan diariamente junto a migrantes, pobres y descartados.

La propia Conferencia Episcopal ha hablado de las migraciones como signo de los tiempos y ha defendido iniciativas de integración y regularización. Existe mucho compromiso (por más que algún cura quiera bombardear Rabat o un obispo predique cruzadas contra los “moros”).

Triunfo de la AfD en Sajonia, Alemania

Triunfo de la AfD en Sajonia, Alemania. Foto: EFE

Pero la pregunta es más exigente: ¿estamos preparados para señalar con la misma claridad las incompatibilidades entre determinadas ideologías y el Evangelio?

Cuando el inmigrante es presentado como sospechoso colectivo o chivo expiatorio; cuando el miedo se convierte en rentable mercancía electoral; cuando “cristiano” deja de nombrar el seguimiento de Jesús para transformarse en contraseña de pertenencia nacionalista; cuando algunos católicos consideran vinculantes determinados aspectos de la moral cristiana pero no interesan la fraternidad, el salario justo, la acogida del extranjero o los límites morales del mercado, ya no basta con seguir haciendo silenciosamente el bien. Hay que denunciar lo que está ocurriendo.

Esto no significa convertir a la Iglesia en capellanía de la izquierda. La Doctrina Social de la Iglesia incomoda tanto al individualismo neoliberal como a determinadas antropologías progresistas, a los populismos de cualquier signo y a todo proyecto que sacrifique personas en el altar de una ideología.

También nos incomoda a quienes tenemos tantas incoherencias y necesidad de conversión. Precisamente porque el Evangelio no pertenece a ningún partido puede ser novedad que libera y humaniza.

Una memoria convertida en profecía

Es misión de la Iglesia recordar antes de que sea demasiado tarde. No para despreciar a quienes, por inseguridad, abandono o miedo, terminan seducidos por respuestas extremas. La profecía cristiana no insulta al que tiene miedo, pero denuncia a quienes conviertan ese miedo en odio.

También hay que escuchar el malestar real, afrontar los problemas de integración, reconstruir vínculos comunitarios y ofrecer nuevas respuestas, porque la mejor historia de convivencia está aún por escribirse.

Alemania sabe que algunas lecciones aprendidas demasiado tarde tienen un precio terrible. España posee otra historia, otras heridas y otras responsabilidades, pero tampoco carece de memoria sobre lo que ocurre cuando religión, nación y poder político se abrazan hasta hacerse indistinguibles.

Me preocupa que esta ultraderecha xenófoba gane elecciones, pero más me preocupa que la voten una gran cantidad de “católicos” que piensan que “no hay más remedio” y que lo hagan porque la Iglesia no ha predicado lo suficiente y que algunos de sus jerarcas no hayan tocado una página de la Doctrina Social de la Iglesia ni del magisterio de las últimas décadas sobre la dignidad humana y la moral social.

Los signos de los tiempos son más que noticias periodísticas; son preguntas que Dios nos dirige. Y uno de los signos actuales es el regreso de viejas tentaciones autoritarias con lenguajes nuevos.

La esperanza cristiana no es creer que la historia progresará automáticamente. Consiste en confiar en que podemos aprender de ella y convertir la memoria en responsabilidad.

Las Iglesias alemanas han dicho: esta vez no miraremos hacia otro lado. La pregunta queda ahora de nuestro lado:
¿y nosotros?