Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Nacer de nuevo


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Probablemente, muchos hemos leído el texto evangélico sobre Nicodemo, cuando Jesús lo invita a renacer y él, inquieto, pregunta cómo se hace eso; si se trata acaso de volver al vientre de su madre… El Señor le aclara (en términos actuales) que se trata de silenciar la voz del ego (es imposible que muera), con todas sus ilusiones y engaños, y amplificar la voz del verdadero ser poniendo atención al amor que nos habita, rodea y abraza.



No podría afirmar que estoy respirando a todo pulmón, pero, después de toda una vida y especialmente después de un largo trabajo de parto de unos 15 años, siento por primera vez que sí estoy viviendo de una forma absolutamente nueva, más libre y preñada de esperanzas.

Embarazados de sí mismos

Es por eso por lo que quiero animar a quienes aún están embarazados de sí mismos a perseverar, porque sí se puede. Sí se puede vivir con salud del cuerpo y del alma, y soltar los miedos y alertas que nos han mantenido amarrados a una mentira. Todos y cada uno somos luz y sal de la tierra llamados a dar sabor e iluminar la existencia propia y la de los demás, solo que, desde que nos encarnamos, nuestras historias y las de quienes nos preceden van ensuciando esta vocación natural. Lo lindo es que sí se puede recuperar, pero tras un largo periplo que “le lleva” muchas lágrimas, dudas, soledad y la creencia de que nunca podremos estar en paz y ser nosotros mismos.

Las ataduras, como todo mal espíritu, se enredan unas con otras y son una maraña muy compleja de tomar y más aún de cortar. Son cordones umbilicales perversos que se adosan a nuestro cuello espiritual y nos impiden nacer, pero, en la medida en que los hacemos conscientes, van aflojando y vamos avanzando por el canal de parto. Lo maravilloso del proceso es “parirse” y contemplar con la sorpresa, gratitud y asombro de un bebé que sí existe otra forma de relacionarnos con nosotros mismos, los demás, la creación y con Dios.

Con una fuerza inédita

Al nacer, el flujo amoroso se destapa y fluye con una fuerza desconocida e inédita. Comienzas a creer y sobre todo a sentir que sí eres bello, valioso, digno, único y tiernamente amado por el Señor y por el resto. Puedes, por primera vez, verte como Dios te ha mirado siempre y como te han visto los demás, más allá de las imágenes o espejismos que nos esforzamos tanto en mostrar.

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Así, el desgaste de “tratar de ser alguien que no eres” ya no es necesario y puedes destinar toda tu energía a amar, partiendo por comenzar a amarte, integrarte, perdonarte, entenderte, sanarte y, de paso, iniciar recuperar la “salobridad” y “luminosidad” perdida. Con eso ya iniciado, podemos empezar a servir en plenitud sin esfuerzo. Solo siendo tú mismo, ya te yergues como una ciudad en lo alto y te vuelves un fiel discípulo evangelizando con cada respiración.

Las tentaciones del ego

Nacer de nuevo sí es una realidad. El embarazo/parto y desierto sí tienen un término, y todas las tentaciones del ego sí se pueden vencer, tal como nos enseñó Jesús con su propia vivencia. Nacer de nuevo es lo más maravilloso que nos puede pasar. Es vibrar con la vida, con todo y con todos, reconociendo la nota personal que yo aporto al concierto general y admirar agradecido las notas de cada cual.

Si estás recién concibiéndote a ti mismo o si crees que eres un embarazo truncado, sé fiel a tu alma y a Dios y da un paso tras otro, pues todos esperamos verte nacer y donar tu luz a la humanidad.