Estamos envenenados de hipercapitalismo. Intoxicados a base de pequeñas pastillas que vamos tragando, hasta que llega el momento ya de que te hacen comulgar con ruedas de molino. Comenzó poco a poco diciendo que no es posible otro mundo que el de la mercantilización de todas las cosas y, paulatinamente, ya solo se podía ser neoliberal.
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También paulatinamente, hemos ido poniendo el planeta en manos de las élites globales más poderosas de la historia y ahora gobierna la mayor parte de este mundo nuestro una banda de tiranos enloquecidos, tanto al frente de las superpotencias como de las tecnocorporaciones.
Lo que parecía imposible porque atentaba contra la dignidad humana, hoy se hace sin medida. Nos hemos quedado sin medida porque el derecho, la decencia o la mera vergüenza ante la historia han perdido su medida. Ni el hombre, ni los pobres, ni la naturaleza ni el amor de Dios son ya la medida de todas las cosas. El mundo está sin medida. Sufrimos un mundo de poder desmedido.
Gentrificación
Hoy en día, se dice que una ciudad es más rica cuantas más tiendas de lujo, turismo de consumo y locales de élite haya. De esa forma, se está produciendo una gentrificación que ya no consiste solo en echar a los vecinos de sus barrios céntricos, sino en expulsar a quien no pueda pagar precios desorbitados por los restaurantes, espectáculos, franquicias, etc. Hasta yacer en la calle sin hogar está prohibido y multado en el centro lujoso de la ciudad.
Sin embargo, ninguna ciudad de la historia ha sido considerada rica porque haya una casta de sultanes que vive sin medida, sino que una ciudad es más rica cuantos más bienes comunes pueden disfrutar más vecinos. Copenhague no es rica porque haya mucha gente con porcelanas caras en sus casas, sino porque todo el mundo disfruta –juntos– bañándose en sus maravillosos y limpios canales. Desintoxiquémonos.
