Esta semana el Mundial dejó de ser una expectativa para convertirse en realidad. El balón comenzó a rodar, los estadios se llenaron de colores y millones de personas volvimos a encontrarnos alrededor de una pasión compartida.
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Desde donde escribo este blog en Monterrey, lo hemos vivido de una manera especial. Nuestra ciudad es por segunda vez sede mundialista y, más allá de los resultados, se percibe un ambiente difícil de describir. En las calles del centro, cerca del templo donde me encuentro, se escuchan distintos idiomas y acentos, aparecen banderas de países lejanos y uno tiene la sensación de que el mundo entero ha decidido visitarnos por unos días.
Como sucede siempre, los primeros partidos ya han dejado sorpresas. Equipos favoritos que tropiezan, selecciones que superan las expectativas y jugadores que comienzan a escribir sus propias historias. Pero quizá lo más interesante del Mundial no sucede dentro de la cancha.
Me llamó la atención una noticia que pasó casi desapercibida, ya que antes de su debut, integrantes de la selección de Túnez visitaron una mezquita en Monterrey para orar. En medio del ruido mediático, de las apuestas y de la presión deportiva, aquellos futbolistas buscaron un momento de silencio y de encuentro con Dios.
La escena tiene algo profundamente humano porque detrás de cada uniforme hay una persona y de cada selección hay familias, historias, heridas, sueños y esperanzas. A veces el Mundial corre el riesgo de reducirse a estadísticas, resultados o aspectos comerciales; sin embargo, cuando observamos con más atención descubrimos que es también una gran reunión de pueblos.
Quizá por eso me gustó otro detalle de esta edición: durante los himnos nacionales aparecen en la pantalla todos los integrantes de la selección y no solamente quienes serán titulares. Es un gesto sencillo, pero recuerda que los logros colectivos nunca pertenecen únicamente a quienes están en el centro de la escena. Siempre hay otros que preparan, acompañan, sostienen y hacen posible el camino.
En un mundo marcado por guerras, divisiones y desconfianzas, el Mundial sigue siendo una de las pocas experiencias capaces de reunir a personas muy distintas alrededor de una misma emoción. Claro que no resuelve los problemas de la humanidad, pero nos recuerda algo que con frecuencia olvidamos: es posible encontrarnos sin dejar de ser diferentes.
Quizá esa sea una de las lecciones más valiosas de estos primeros días. Cuando el balón comienza a rodar, seguimos teniendo banderas distintas, idiomas distintos y culturas distintas. Sin embargo, durante noventa minutos descubrimos que compartimos las mismas alegrías, las mismas decepciones y la misma capacidad de emocionarnos. Y eso, en estos tiempos, ya es una buena noticia.
Lo que vi esta semana
Una ciudad que se convirtió en casa para muchos visitantes.
La palabra que me sostiene
“Todos ustedes son hermanos“. (Mt 23,8).
En voz baja
Tal vez el Mundial no sea solamente una competencia entre naciones. Tal vez sea un recordatorio de que la humanidad juega mejor cuando aprende a hacerlo en equipo.
