Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Mónica, madre de muchas madres


En la bien conocida historia de Santa Mónica –cuya memoria litúrgica recordamos en este final del mes de agosto– encontramos, entre muchos aspectos que se pueden destacar de esta gran mujer, sobre todo la historia de una madre que sufrió profundamente al ver cómo su hijo escogía un camino que lo alejaba de aquello que ella deseaba para él. Sus lágrimas, sus preocupaciones y su perseverancia reflejan, de alguna manera, el sufrimiento de tantas madres que en el mundo entero viven con dolor las decisiones de sus hijos cuando estos toman caminos que parecen alejarlos de la felicidad, de sus valores o de aquello que consideran bueno para ellos. En Mónica encontramos así, además de una madre que rezó por la conversión de su hijo, a una mujer que nunca se cansó de esperar.



En ‘Las Confesiones’

La figura de Mónica nos es conocida únicamente gracias a un testimonio pero que es directo, excepcional y ha atravesado los siglos: el de su propio hijo. A diferencia de muchos santos de los primeros siglos del cristianismo, cuya vida apenas se conserva en forma de breves menciones o tradiciones hagiográficas, Mónica ocupa un lugar destacado en una de las obras más importantes de la literatura cristiana antigua: “Las Confesiones”. Escritas hacia el año 397 d.C., estas memorias espirituales no solo son una introspección profunda de Agustín sobre su conversión y relación con Dios, sino también un homenaje conmovedor y detallado a la mujer que fue el alma de ese largo camino de retorno a la fe.

A lo largo de los nueve primeros libros de ‘Las Confesiones’, Agustín entrelaza su historia personal con la de su madre, pintando con sus palabras una imagen viva y entrañable de ella: una mujer de carácter firme, de fe constante y de amor incondicional. Allí nos cuenta cómo, desde su infancia, Mónica supo guiarlo con dulzura y con una sabiduría que no provenía de estudios académicos, sino de una espiritualidad profunda y sincera. Él mismo reconoce que mientras su cuerpo fue engendrado en el dolor físico del parto, su alma fue dada a luz con aún mayor esfuerzo, a través de las lágrimas, las oraciones y los sacrificios silenciosos de su madre.

Es en estas páginas donde Mónica aparece como la gran intercesora: no una mujer resignada, sino una madre activa en la lucha espiritual por la salvación de su hijo. La intensidad de su amor y su confianza en Dios atraviesan la narración. Especialmente emotiva es la escena en que Agustín describe los últimos días de su madre en Ostia, poco antes de morir, cuando, tras ver realizada la conversión de su hijo, se declara lista para partir en paz, como Simeón en el Evangelio.

Además de este relato de primera mano, contamos con una segunda fuente escrita pero ya algo posterior: la ‘Vita Augustini’, escrita por Posidio de Calama (+437), obispo del norte de África y amigo cercano de Agustín. Posidio ofrece un retrato más sobrio y biográfico del obispo de Hipona, y aunque menciona a Mónica brevemente, sus palabras confirman lo que ya sabemos por el testimonio de Agustín: que ella fue un pilar en la formación espiritual y humana de su hijo, y que su fe fue ejemplar incluso entre los cristianos más piadosos de su tiempo.

La pequeña ciudad de Tagaste

Mónica nació hacia el año 331 d.C. en Tagaste, una ciudad de Numidia, ubicada en lo que hoy es la parte oriental de Argelia. En aquella época, después de las persecuciones que marcaron los primeros siglos del cristianismo, el norte de África experimentaba la propagación de diversas herejías. Entre ellas, destacaba la donatista, que ponía en duda la validez de los sacramentos administrados por sacerdotes que llevaban una vida inmoral. Sin embargo, la pequeña ciudad de Tagaste no había sido influenciada por esas doctrinas, y Mónica creció en el seno de una familia firmemente cristiana. Su educación fue confiada a una anciana criada, mujer de gran fe, que había permanecido leal a la familia, antaño noble, aunque ya no tan acaudalada.

Desde muy joven, Mónica demostró haber heredado de la cultura de su tierra y de su época una firme tenacidad de raíz púnica, el equilibrio y la laboriosidad de los romanos, así como la dulzura y la caridad propias del espíritu cristiano. En los escritos de su hijo Agustín, se habla de las oraciones nocturnas de Mónica, de cómo escapaba de casa para ir a la iglesia, o de cómo sacrificaba su propia comida para dársela a los pobres. Desde temprana edad, mostraba una disposición natural al bien y sobre todo una gran apertura a la acción de la Gracia divina en su vida.

Siendo aún muy joven, Mónica fue dada en matrimonio, según la costumbre de la época, a un hombre acomodado que le llevaba unos diez años de edad. Sus padres, aunque creyentes, eligieron para ella un esposo que no estaba bautizado. Su nombre era Patricio, un pagano tolerante que le permitía vivir su fe cristiana, aunque él no la compartiera. Mónica ofreció su vida y sus oraciones constantemente por la conversión de su esposo y, más adelante, por la de sus hijos.

Pero Patricio tenía un carácter difícil y era impulsivo, lo que lo llevaba a frecuentes estallidos de ira e incluso a serle infiel a su esposa. A pesar de ello, ella se mantuvo fiel a su esposo y, con el tiempo, su testimonio humilde y constante logró ablandar el corazón de Patricio, quien finalmente recibió el bautismo antes de morir. Sin embargo, no había permitido que sus hijos fueran bautizados y Mónica no había querido enfrentarse a su marido insistiendo sobre este punto, de lo que se arrepentiría grandemente en los años sucesivos. Quién sabe, quizás parte de sus lágrimas viniesen por ver el resultado tan negativo de no insistir en la educación cristiana de sus hijos desde la infancia.

Cuando se quedó viuda y con tres hijos aún jóvenes –Agustín tenía 17 años y aún no había terminado sus estudios, mientras que Navigio y Perpetua eran todavía niños–, Mónica abrazó todos los sacrificios necesarios para criarlos y educarlos dentro de su nuevo estado. Su único deseo era transmitirles la fe cristiana, por lo que los inscribió como catecúmenos y los acompañó con su ejemplo y enseñanza. Agustín mismo afirmará que “mamó el nombre de Jesús junto con la leche materna”. Pero no habían sido bautizados y ahora no aceptaron fácilmente las aguas bautismales. De sus tres hijos, fue precisamente Agustín quien le causó mayor sufrimiento: en sus Confesiones, él mismo escribe que no encuentra palabras adecuadas para describir la intensidad del amor de su madre y cuánto más sufrió al traerlo espiritualmente al mundo que en su nacimiento físico, fue aquel un alumbamiento más largo y duro que éste.

El joven Agustín

Con gran congoja Mónica recibía las noticias del joven Agustín que no solamente no se había bautizado sino que vivía una vida muy alejada de los valores cristianos. Pero el sufrimiento no la paralizó, sino que Mónica siguió a Agustín en cada etapa de su juventud. A veces se trasladaba para estar físicamente cerca de él durante sus estudios en los principales centros culturales del momento; otras veces se quedaba en casa, ofreciendo oraciones, lágrimas y sacrificios por la conversión de su hijo, a quien veía alejarse cada vez más de la Iglesia, atrapado por las herejías y por sus propias debilidades carnales. La lujuria lo dominaba, lo que lo llevó a mantener relaciones con varias mujeres, hasta establecer una larga convivencia con una de ellas, con quien tendría un hijo, Adeodato.

A pesar de las muchas penas que Agustín le causó, Mónica nunca perdió la esperanza. Confiaba en que Dios escucharía su oración y mantenía su fe, incluso cuando todo parecía perdido. Cuando Agustín le comunicó que se trasladaría a Italia y que no deseaba que ella lo acompañara, Mónica sintió que se le partía el corazón. Pero en lugar de resignarse, decidió no abandonarlo: dejó sus bienes y su tierra y partió en secreto rumbo a Italia. Durante la travesía, en medio de una tempestad que llenó de temor a todos a bordo, fue ella quien encontró las palabras para consolar a los marineros, asegurándoles que llegarían sanos y salvos porque así se lo había revelado el Señor en una de las muchas visiones con las que Él solía consolarla.

Para Mónica, lo único que deseaba para sus hijos era la fe, porque sabía que esa era la verdadera necesidad de sus almas, como ella misma lo había experimentado. Al llegar a Roma descubrió que Agustín ya no estaba en la ciudad; no se detuvo, sino que partió de inmediato hacia Milán, donde Agustín se había establecido para ejercer como profesor. Tras dos años de dolorosa separación, Mónica finalmente pudo abrazarlo de nuevo y escucharle decir que ya no era maniqueo, herejía con la que había coqueteado en los últimos tiempos. Pero esto no era suficiente para ella: lo quería cristiano.

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San Agustín y santa Mónica. Foto: Archivo

La experiencia de Milán

En Milán, ni corta ni perezosa acudió al obispo de lugar, el gran Ambrosio elegido pastor de la diócesis por aclamación del pueblo y cuya fama se extendía por toda la Iglesia. Ambrosio no solo sería crucial para la conversión de Agustín, sino también para el crecimiento espiritual de Mónica. Ella comenzó a asistir a sus sermones y a seguirlo con devoción, reconociendo en él la ayuda que tanto su hijo como ella necesitaban.

Mónica se convirtió en una verdadera discípula y amiga de Ambrosio. Un hermoso ejemplo de su obediencia lo encontramos cuando el obispo le pidió que abandonara una costumbre africana: llevar pan, vino y tortas a las tumbas de los mártires durante sus aniversarios. Aunque Mónica vivía este gesto como una ofrenda a los santos y como un modo de alimentar a los pobres, Ambrosio le explicó que en Milán ese rito podía malinterpretarse como una práctica pagana. Ella aceptó de inmediato la indicación, con alegría y sin cuestionamientos.

Tras el bautismo

Finalmente, la perseverancia de Mónica y la sabiduría de Ambrosio llevaron a Agustín a acercarse sinceramente a Cristo y a la Iglesia. Pidió el Bautismo y, con dolor, se separó de la mujer con la que había convivido por años, ya que según las normas del tiempo no podía casarse con ella por ser de condición social inferior. Mónica compartió los últimos años de su vida con sus hijos Agustín y Navigio, y con su nieto Adeodato, en la comunidad de Cassiciaco, donde llevaban una vida sencilla dedicada a la oración, la lectura y el diálogo filosófico, marcada por la caridad. Mónica servía a su hijo y a la comunidad con sabiduría y fe, y participaba activamente en sus conversaciones, sorprendiendo incluso a los filósofos por la profundidad de sus intervenciones.

Habiendo decidido que había llegado el tiempo de volver a  su tierra, Mónica no llegó a embarcar rumbo a África sino que murió en Ostia Tiberina alrededor del año 387, a los 51 años, tras haber presenciado la conversión y el bautismo de su hijo Agustín, lo que ella consideró el cumplimiento de toda su misión en la tierra. Así describe su muerte el capítulo 9 del libro de Las Confesiones:

“Cerraba yo sus ojos y una tristeza inmensa se agolpaba mi corazón, que ya iba a resolverse en lágrimas, cuando al punto mis ojos, ante la orden imperiosa de mi alma, reabsorbían su fuente hasta secarla, padeciendo con tal lucha de modo imponderable. Entonces fue cuando, al dar el último suspiro, el niño Adeodato rompió a llorar a gritos; pero calmado por todos nosotros, calló. De ese modo aquello que había en mí de pueril, y me provocaba al llanto, también era acallado por la voz adulta, la voz de la mente. Porque juzgábamos que no era conveniente celebrar aquel entierro con quejas lastimeras y gemidos, con los cuales se suele frecuentemente deplorar la miseria de los que mueren o su total extinción; y ella ni había muerto miserablemente ni había muerto del todo; de lo cual estábamos nosotros seguros por el testimonio de sus costumbres, por su fe no fingida, que son argumentos de seguridad”.

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Bautismo de san Agustín, ante santa Mónica. Foto: Archivo

La memoria

Mónica fue enterrada en esa misma ciudad portuaria, en una tumba sencilla, sin grandes ceremonias ni una notoriedad especial. En vida, Mónica no había sido una figura pública, sino más bien una madre piadosa y discreta. Por eso, en los primeros años tras su muerte, no existió un culto oficial ni una veneración litúrgica inmediata. No obstante, su memoria comenzó a ser honrada dentro del círculo íntimo de Agustín y sus discípulos. Fue precisamente la fama de san Agustín y la influencia de sus escritos lo que impulsó el crecimiento del culto a Mónica.

Con el paso de los siglos, la figura de Santa Mónica fue asumiendo una dimensión simbólica cada vez mayor. Diversos martirologios antiguos, como el Martirologio Romano, la incluyeron en sus registros, y su memoria comenzó a celebrarse en la liturgia de la Iglesia, primero localmente y luego en todo el Occidente cristiano. La tradición la consagró como patrona de las madres cristianas, especialmente aquellas que sufren por sus hijos, de ahí que la hayamos llamado “madre de muchas madres”. Su ejemplo de perseverancia, humildad y fe fue recogido, reinterpretado y difundido en muchas obras espirituales y vidas de santos a lo largo de la Edad Media y posteriormente.

Un hito clave en la historia del culto a Santa Mónica fue el traslado de sus reliquias. Durante la Alta Edad Media, en el siglo VI o VII, sus restos fueron llevados a Roma para protegerlos de las incursiones bárbaras y musulmanas que amenazaban la región de Ostia. Finalmente, en el siglo XV, el papa Martín V aprobó el traslado definitivo de sus reliquias a la iglesia de San Agustín, una de las principales iglesias agustinianas de la Urbe, donde hoy  se encuentran en una capilla lateral, bellamente adornada y muy visitada.

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Muerte de santa Mónica. Foto: Archivo