Isabel Corpas, teóloga
Doctora en teología

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Imposible sustraerme al tema que ha acaparado la atención mundial durante las dos últimas semanas. Me refiero a la cumbre ‘La protección de menores en la Iglesia’ que se reunió en Roma y a la que fueron convocados por al Papa los presidentes de las 113 conferencias episcopales del mundo, junto con superiores y superioras de comunidades religiosas y un buen número de miembros de la curia vaticana.

Acerca del desarrollo de la reunión, estas páginas y las de los medios que cubren el acontecer de la Iglesia católica han hecho el seguimiento y han abundado en análisis y comentarios a los que me atrevo a agregar los míos personales. Que son los de una teóloga que ama a su Iglesia y que siente rabia y profunda tristeza ante los escándalos protagonizados por hombres de Iglesia, es decir, por curas y obispos abusadores y, peor aún, por sus encubridores, también hombres de Iglesia y cómplices de sus delitos.

Pero antes de un primer comentario no sobra recordar que la Iglesia es la comunidad de bautizados y bautizadas, no solo su jerarquía. Porque como se cree que la Iglesia son los curas y se confunde a los curas con la Iglesia, hay malestar y, sobre todo, desconfianza hacia la Iglesia e incluso crisis de credibilidad como institución. ¡Cuánto daño le han hecho quienes han protagonizado los escándalos pues por culpa de ellos, de su comportamiento, tanta gente no quiere saber nada de la Iglesia! Bueno, de obispos y curas. O mejor, de obispos y curas sin escrúpulos.

“No a cualquier forma de clericalismo”

Ahora sí el primer comentario. Estos curas pederastas y sus cómplices no huelen “a oveja”, como Francisco les ha propuesto a las ministros de la Iglesia, que sean pastores de verdad, que no se encierren en las sacristías, que no busquen el poder. No huelen a oveja porque huelen a clericalismo, que el cardenal Rubén Salazar, arzobispo de Bogotá y uno de los relatores de la cumbre celebrada en Roma, definió como “una mentalidad que ha calado en nuestra Iglesia a lo largo de los tiempos y que, casi siempre, no somos conscientes de que subyace a nuestra manera de concebir el ministerio”, es decir, tergiversación del sentido del ministerio convertido en medio para imponer la fuerza, para violar la conciencia y los cuerpos de los más débiles”. Lo que el Papa había hecho notar en su “Carta al Pueblo de Dios” en agosto del año pasado, refiriéndose al peligro de “una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia –tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia– como es el clericalismo”, por lo cual concluía categóricamente: “Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo”.

El clericalismo, entonces, sustenta los abusos sexuales, de poder y de conciencia y enmarca las prácticas de encubrimiento por parte de la autoridad eclesiástica provenientes de una mal entendida solidaridad de gremio que no es más que complicidad francamente culpable. Por una parte, interpretando los abusos como ‘peccata minuta’, es decir, pecadillos, o como conductas inadecuadas, que no son, como también señaló el cardenal colombiano, “desviaciones o patologías sexuales en los abusadores, sino que hay una raíz más honda”. Que es, a su juicio, el clericalismo.

Y debido al clericalismo que ha “minimizado la absoluta gravedad de sus hechos delictivos atribuyéndolos a simple debilidad o falta moral”, como escribió Francisco en su “Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile”, para no armar escándalo se tapaban los delitos. Pero afortunadamente el escándalo se armó gracias a que las víctimas se atrevieron a poner el grito en el cielo y sus denuncias fueron atendidas y sus victimarios entregados a la justicia civil y eclesiástica, además de expuestos a la sanción social.

“Incompatible con la lógica del evangelio”

El segundo comentario toma como punto de partida la “Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile” en la que el papa Francisco calificó esta “cultura del abuso y del encubrimiento” como “incompatible con la lógica del evangelio”. Y como lo que no evangeliza, escandaliza, viene a cuento la llamada de atención que hizo Jesús a quienes escandalizan: “Más le vale que le pongan una piedra de molino y sea arrojado al mar que escandalizar a uno de estos pequeños. ¡Tengan cuidado!” (Lc 17,2-3). Y no habría piedras de molino suficientes para los hombres de Iglesia que han escandalizado con sus historias bochornosas.

Lo que más rabia da es que estos depredadores son los mismos que se muestran tan estrictos a la hora de juzgar la vida de pareja. Por eso viene también a cuentola crítica de Jesús a los escribas y fariseos porque “atan cargas tan pesadas que es imposible soportarlas, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo” (Mt 23,4). Asimismo las palabras de Jesús quenosha hecho recordar el evangelio de este domingo: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? […] ¿Por qué ves la paja en el ojo ajeno pero no ves la viga en el propio” (Lc 6,39-41).

Lo novedoso: en sinodalidad

Y el último comentario. Quedó la sensación de que nada nuevo se dijo en la cumbre antipederastia porque se esperaban medidas concretas. Pero lo novedoso, a mi juicio, fue el cambio significativo en la manera de conducir la Iglesia por parte de Francisco: en sinodalidad, que es como el Papa entiende el caminar de la Iglesia y como lo planteó al comenzar el encuentro: “para que juntos nos pongamos a la escucha del Espíritu Santo y dóciles a su guía escuchemos el grito de los pequeños que piden justicia”. Por eso hubo espacio para el encuentro con las víctimas, con “su rabia, su frustración, su dolor, su impotencia, su amargura”, como dijo el cardenal Oswaldo Gracias, arzobispo de Bombay, en su intervención.

Se pretendía que los presidentes de las conferencias episcopales y los superiores y superioras de comunidades religiosas tomaran conciencia de la gravedad de los abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por miembros del clero y encubiertos por sus obispos, pero que lo hicieran en compañía: en sinodalidad, para que también en compañía pudieran experimentar un cambio de mentalidad al respecto, con el fin de enfrentar el problema cada quien en su propio espacio: porque las medidas no iban a salir de Roma sino de cada conferencia episcopal y de cada comunidad religiosa.

Lo que implicaría, al decir del cardenal colombiano en su intervención, “desenmascarar el clericalismo subyacente y lograr un cambio de mentalidad; lo cual, expresado en términos más precisos, en términos bíblicos, se llama conversión”. Y esto que es igualmente novedoso me permite suponer –o, mejor dicho, esperar y confiar– que quienes participaron en la cumbre antipederastia, que son quienes representan la autoridad en la Iglesia, hayan podido experimentar sinodalmente un proceso de conversión con el fin de enfrentar sinodalmente también la gravedad de los hechosy decir no al clericalismoal tomar las medidas del caso para que no se repitan los escándalos vergonzosos que en los últimos añoshan protagonizadoabusadores y encubridores de los delitos de sus congéneres, todos elloshombres de Iglesia, en lugar de dar testimonio del evangelio como se esperaría de quienes asumieron en la Iglesia la misión de guiar, como pastores, a la comunidad de fieles.