Marzo, el mes de monseñor Romero (IV)


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La mejor definición de quién fue monseñor Romero decía “fue un hombre que creyó en Dios y en su Cristo”. Sacerdote, obispo, creyente, profeta, pastor, todos esos nombres pueden aplicarse a Óscar Romero; todos ellos fue en vida.



Un sacerdote entregado, vocacional, que fue adaptando su praxis a lo que pensó que Dios le pedía en cada momento de su vida; que interpretó los signos de los tiempos desde el fondo de su conciencia, que contrastó la realidad con las enseñanzas de la Iglesia y las necesidades de su pueblo, a las cuales siempre estuvo abierto. Desde el principio de su recorrido sacerdotal se preocupó de las condiciones de vida de las personas que le rodeaban, sobre todo de sus feligreses pobres. Quizás no hablaba de justicia ni hacía sobre ello reflexiones teológicas, pero vivía con sencillez y ejercía una caridad real, no impostada.

Con los sufrientes

Un obispo abierto a la realidad eclesial y nacional de su tiempo, que escuchaba a casi todos, y después del asesinato de su amigo Rutilio Grande, párroco de Aguilares, cada vez más próximo a las mayorías sufrientes salvadoreñas. El arzobispado siempre abierto a quienes querían hablar con él, a quienes le pedían favores, que eran legión.

Un creyente que peleó con su carácter y sus miedos para ser fiel a su fe en las diversas etapas que le tocó vivir, que rezaba mucho, con otros y en soledad, que tuvo que creer en circunstancias de extrema adversidad. Si la vida es ya bastante difícil de por sí, con problemas económicos y enfermedades, cómo vivir y seguir creyendo en medio de una guerra civil, en condiciones de violencia atroz, de atentados terroristas, secuestros, persecuciones y torturas, de riesgo vital diario. En ese contexto, creer y mantenerse fiel a la fe en Jesús es no ya difícil, resulta heroico. Se trataba de un escenario que él mismo definió como “el reino del demonio”.

Médico general

Un profeta, de cuya voz el Espíritu Santo se adueñó, y mediante ella interpeló a la sociedad salvadoreña y al mundo en general, y nos sigue interpelando a cada uno, porque es palabra viva. Su palabra fue el vehículo mediante el que expresaba lo que llamó “la eterna verdad del Evangelio”. Verdad entonces y ahora, en todas las épocas de la historia.

Acompañó a su rebaño

He dejado el pastor para el final, porque quizás es la figura que creo mejor representa a Romero. Es muy posible que se percibiese en ese papel. De hecho, lo formuló en alguna ocasión: “Con este pueblo no cuesta ser pastor”. Acompañó a su rebaño en su peregrinar, y protegió con su propia vida a las ovejas de los lobos que pretendían devorarlas. Las defendió contra aquellos que querían “anexionarse casa a casa y campo a campo hasta quedarse solos en el país”.

Su muerte fue señal definitiva de que era un profeta y enviado por Dios para consolar y dar esperanza a su pueblo. Como Jesús, se encontró en numerosas ocasiones solo y atemorizado, en su propio Getsemaní. Como su maestro, pidió claridad para juzgar las circunstancias concretas de la sociedad en la que vivía, los diferentes proyectos políticos que se proponían para El Salvador, las respuestas de los diversos actores sociales y políticos.

Como Él, recorrió su vía crucis particular, que concluyó el 24 de marzo de 1980, hace ya 46 años, en la pequeña capilla del hospital de cancerosos, donde vivía en una modesta habitación. Fue asesinado mientras estaba en la iglesia, como Tomás Becket, como tantos otros defensores de la fe.

Claves de interpretación

Monseñor Romero nos recuerda la dificultad y el riesgo del pro-seguimiento de Jesús, que puede llevar a la incomprensión, la persecución y la muerte. También nos da las claves de interpretación, que son evangélicas y eclesiales, para juzgar nuestro mundo y nuestra realidad nacional.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, por este país y por este mundo.