Marzo, el mes de monseñor Romero (II)


Compartir

Continuando con las reflexiones sobre monseñor Romero, podemos analizar qué enseñanzas aplicables al hoy podemos extraer de su recuerdo y de su actitud ante la realidad que le tocó vivir. Quizás, lo más relevante es que Dios fue el centro de toda su vida y adaptó su palabra y su praxis a lo que Él le dictó desde su conciencia.



Por eso, su denuncia más potente fue contra la idolatría, contra el hecho de que otros dioses dictasen las decisiones. Así, denunció la doctrina de la seguridad nacional, que condicionaba la organización de la sociedad e implementaron tanto el Gobierno salvadoreño como el norteamericano, en la Administración Carter.

Contra la ideología como absoluto

De igual manera condenó absolutizar la ideología, como hacían los partidos y organizaciones de izquierda, lo que en ocasiones impedía la defensa efectiva de la causa del pueblo pobre e interfería con sus justas reivindicaciones. Porque convertir una ideología, por mucho que prometiese una sociedad mejor (aun cuando la concreción de aquel mensaje se hubiese revelado entonces y ahora, siempre, falsa), en un nuevo ídolo, suponía para Romero una forma de idolatría.

También denunció el uso desproporcionado de la violencia, que jamás justificó, ni en los momentos de mayor y más cruel represión. No había sido la praxis del Jesús del Evangelio y no fue la de monseñor Romero. El sufrimiento contemplado y padecido no le condujo a la violencia como solución, aun cuando se preguntase si podría estar justificada en ciertas coyunturas (la “guerra justa” de los teólogos).

Médico general

En una guerra abierta, monseñor Romero hubiese recogido cadáveres y consolado vidas y huérfanos, pero no empuñado un arma. Esto debe quedar claro, pues fueron numerosas las organizaciones que justificaron la violencia revolucionaria amparándose en su nombre. No es posible algo más mentiroso y traidor de su legado si se leen e interpretan bien sus palabras y cartas pastorales. La única violencia que aceptaba era la que uno se hacía a sí mismo para comprometerse en la defensa de la fe y la justicia, venciendo las resistencias internas, el natural instinto de supervivencia.

Ansia de poder

Explicó con claridad que el ansia de poder y la perpetuación en el mismo eran la raíz de todos los males, de la violencia estructural que condenaba a grandes sectores de la población a la pobreza, y de la violencia represiva, encaminada a suprimir cualquier reivindicación y petición de cambio.

No es difícil, pues, iluminar desde Romero nuestra realidad nacional actual: mantenerse en el poder a costa de dividir a la sociedad y favorecer en la realidad a unos pocos; el empleo de los cargos públicos para conseguir influencia, dinero, sexo, promoción personal y familiar… son hoy la triste norma. Es decir, el uso espurio del poder.

Lo mismo ocurre al convertir la ideología en el timón de las decisiones sociales y políticas, por encima del bien común e incluso la lógica. Estoy convencido de que monseñor Romero condenaría a los políticos que hacen estas cosas, tal como hizo en El Salvador en sus días.

Al adorar a un ídolo

Es en este contexto en que se debe juzgar –al hilo de la fecha reciente– la manifestación del 8-M de 2020. Se trata del mejor ejemplo de un caso de absolutizar una idea, ya que se mantuvo tal convocatoria sin importar las posibles consecuencias. Este ídolo, como muchos otros, exigió víctimas, y nuestro país se las dio en forma de miles de contagios por Covid-19, con la consiguiente mortalidad. Esta manifestación, junto con otros eventos y ausencia de medidas previas, explica que una crisis sanitaria se convirtiese en una tragedia. Triste caso que ejemplifica el precio que se debe pagar cuando se decide adorar a un ídolo.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, por este país y por este mundo agitado.