¿Qué puede llegar a ser una niña a la que sus propios padres consideran indigna de ser amada por haber nacido con una discapacidad? ¿Y qué nos dice su vida sobre el valor de aquellos a quienes el mundo considera débiles, imperfectos o prescindibles? Son preguntas que hoy en día a algunos les cuesta responder. Sin embargo las encontramos respondidas en la vida de santa Margarita de Città di Castello (hacia 1287-1320), también llamada Margarita de Metola, por el lugar de su nacimiento, en la región italiana de Umbría.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Su historia es extraordinaria por la dureza de sus circunstancias, por la manera en que fue tratada por quienes debían protegerla y, sobre todo, por el bien que llegó a hacer a otras personas en una época en la que las mujeres con discapacidad tenían muy pocas posibilidades de decidir sobre su propia vida.
Se trata de una santa medieval pero curiosamente en la actualidad su figura ha vuelto a despertar mucho interés, particularmente entre quienes reflexionan sobre la dignidad de las personas con discapacidad, el valor de toda vida humana y la defensa de los niños antes de nacer. Sin embargo, para contar su historia con rigor, conviene distinguir los datos que transmite la tradición de aquellos que podemos documentar históricamente, sin restarle por ello fuerza a su extraordinario testimonio.
Margarita nació hacia el año 1287 en el castillo de Metola, cerca de Mercatello sul Metauro, en un territorio situado entre las actuales regiones italianas de Umbría y Las Marcas. Sus padres, Parisio y Emilia, pertenecían a la pequeña nobleza local. Parisio era señor del castillo y gozaba de una posición social respetable. En aquella familia, como en tantas otras de la sociedad medieval, el honor, el prestigio y la consideración pública tenían una importancia enorme.
Vergüenza y rechazo
El nacimiento de una hija con graves discapacidades físicas supuso para sus padres una realidad que no supieron aceptar. Margarita había nacido ciega y presentaba diversas malformaciones, entre ellas una deformidad de la columna vertebral y dificultades para caminar. Algunas biografías tradicionales señalan también que tenía una estatura muy reducida y una extremidad más corta que la otra. No contamos con un diagnóstico médico moderno que permita precisar las causas de estas condiciones, por lo que sería imprudente asignarle retrospectivamente una enfermedad concreta.
Lo que sí sabemos es que su cuerpo no respondía a los patrones de normalidad de su tiempo esperaba y que sus padres, en lugar de reconocer en ella a una hija digna de amor y protección, reaccionaron con vergüenza y rechazo. La historia de Margarita comienza, por tanto, con una contradicción terrible: nació en el seno de una familia que disponía de medios económicos y de una posición social suficientes para proporcionarle cuidados, pero fue precisamente esa familia la que la privó de una infancia normal.
Según la tradición hagiográfica, su padre ordenó encerrarla en una pequeña celda construida junto a la iglesia del castillo, de modo que su presencia quedara oculta a los ojos de los demás. La niña vivía apartada del mundo exterior, en un espacio reducido, sin la compañía habitual de otros niños y sin la posibilidad de disfrutar de una vida familiar ordinaria.
La celda junto a la iglesia le permitía, según los relatos, mantener cierto contacto con la vida religiosa, y un sacerdote vinculado a la casa le habría enseñado los rudimentos de la fe. Pero ninguna consideración espiritual puede borrar la injusticia de aquella situación: una niña que necesitaba especialmente afecto, protección y acompañamiento fue convertida en alguien a quien había que esconder.
Una desgracia fuera de la vista
Sus limitaciones físicas no constituían una falta moral ni reducían su valor humano, pero quienes debían cuidarla actuaron como si su existencia representara una desgracia que había que mantener fuera de la vista. En ese sentido, su biografía plantea una cuestión que sigue siendo profundamente actual: ¿qué ocurre cuando una sociedad mide el valor de una persona por su aspecto, sus capacidades, su autonomía o la utilidad que cree que puede aportar? La vida de Margarita ofrece una respuesta.
No conocemos todos los detalles de su infancia con la precisión con la que podríamos reconstruir la vida de una persona contemporánea. Las principales noticias biográficas proceden de relatos hagiográficos medievales, transmitidos en distintas versiones y escritos con una finalidad religiosa. Estos textos conservan la memoria de una mujer venerada por su santidad, pero mezclan datos biográficos con episodios edificantes y relatos de carácter milagroso. Por eso conviene presentar con cautela las edades exactas, la duración de su encierro y algunos detalles concretos de su vida.
Cuando Margarita era todavía una niña, sus padres decidieron llevarla a Città di Castello, una ciudad de la Italia central, para visitar la tumba de un religioso franciscano llamado fray Giacomo, fallecido en 1292 y venerado por su fama de santidad. Según la tradición, esperaban que se produjera un milagro que devolviera la vista a su hija y, quizá, corrigiera sus deformidades.
Sin hogar
Aquella peregrinación habría podido convertirse en el comienzo de una nueva vida si sus padres hubieran aceptado que regresara a casa tal como era. Pero la curación que esperaban no se produjo y entonces llegó uno de los episodios más dolorosos de su historia: sus padres la abandonaron en Città di Castello.
La niña que había sido ocultada en el castillo familiar quedó ahora sin la protección de su propia familia, en una ciudad que no era su hogar. La tradición cuenta que tuvo que mendigar y buscar ayuda para sobrevivir. No sabemos con exactitud cuánto tiempo pasó en aquella situación, pero el abandono fue suficientemente grave como para marcar el rumbo de su vida. Quienes habían tenido la responsabilidad de garantizar su seguridad la dejaron a su suerte porque no podían aceptar su discapacidad.
Resulta difícil no experimentar indignación ante este episodio. Sin embargo, la historia de Margarita no se detiene en la crueldad de sus padres, sino que nos lleva también al encuentro con personas que actuaron de manera completamente distinta. La tradición relata que unas religiosas la acogieron durante un tiempo en una pequeña comunidad dedicada a santa Margarita. Pero tampoco aquel refugio fue definitivo: las religiosas terminaron expulsándola, según las biografías antiguas, porque su presencia les resultaba difícil de sobrellevar. De nuevo, Margarita se encontró sin hogar y tuvo que depender de la caridad de otros.
Una oportunidad
Y, sin embargo, encontró finalmente a quienes sí supieron acogerla. Un matrimonio de la ciudad, formado por Venturino y Grigia, le abrió las puertas de su casa. Los relatos tradicionales los presentan como personas piadosas que le ofrecieron un hogar estable y una relación familiar afectuosa. Con ellos pudo dejar atrás, al menos en parte, la incertidumbre de la mendicidad y el desamparo. En aquella casa encontró un ambiente en el que su presencia no era motivo de vergüenza, sino una oportunidad para vivir en compañía de otros y desarrollar sus capacidades espirituales y humanas.
La tradición cuenta que se relacionó estrechamente con los hijos del matrimonio y que contribuyó a su educación religiosa. También fue conocida por su dedicación a las personas pobres y enfermas, por su capacidad de consolar a quienes sufrían y por su intervención pacificadora en los conflictos entre familias. Aunque los detalles de cada episodio deben leerse teniendo presente el carácter hagiográfico de las fuentes, la imagen que emerge es la de una mujer que, pese a sus limitaciones físicas y a su historia de abandono, desarrolló una intensa vida de ayuda a los demás.
Aquí encontramos uno de los aspectos más hermosos de su existencia. Margarita había experimentado en primera persona lo que significa ser considerada una carga, una presencia incómoda o alguien cuya vida parece tener menos valor que la de los demás. Podría haber quedado encerrada en el resentimiento, en la amargura o en la convicción de que el mundo no tenía nada bueno que ofrecerle. Pero la tradición la recuerda, por lo contrario: una disposición a cuidar, escuchar y acompañar.
En la espiritualidad de Margarita, el sufrimiento se interpretaba a la luz de la vida de Cristo, especialmente en su Encarnación y en su Pasión, ocupaba un lugar central en su espiritualidad. Las biografías describen su dedicación a la oración, la meditación, la penitencia y la participación frecuente en los sacramentos. También mencionan prácticas ascéticas muy exigentes, como ayunos y vigilias, propias de la época. Lo esencial para comprender su vida es que encontró en la fe una fuente de sentido y una manera de interpretar su existencia que no dependía del reconocimiento social que otros le negaban.
Terciaria dominica
Margarita llegó a integrarse en las llamadas Mantellate, mujeres vinculadas a la espiritualidad de la Orden de Predicadores, fundada por santo Domingo de Guzmán a comienzos del siglo XIII. Se la conoce, por ello, como terciaria dominica. Es importante precisar que no fue una monja de clausura en el sentido estricto que solemos dar hoy a esa expresión, sino una mujer laica que vivía en el mundo y participaba de la espiritualidad dominicana. Esta condición le permitía mantener contacto con la gente y desarrollar su actividad religiosa y caritativa fuera de un monasterio. Su vida se desenvolvió así en una relación estrecha con la comunidad cristiana de Città di Castello, especialmente con la iglesia de los dominicos.
Entre las obras de caridad que se le atribuyen destacan la atención a los pobres y enfermos, la ayuda espiritual a quienes atravesaban momentos de dificultad y la preocupación por personas socialmente marginadas. Algunas biografías posteriores subrayan también su atención a los presos, a quienes habría llevado alimentos y consuelo. Esos relatos deben distinguirse de los datos más firmemente establecidos sobre su pertenencia a la comunidad dominicana y su fama de santidad, pero encajan en la imagen que la tradición local transmitió de ella: una mujer que no limitaba su compasión a quienes podían ofrecerle algo a cambio.
También se le atribuye una influencia pacificadora en los conflictos entre familias de la ciudad. La tradición no nos permite reconstruir con precisión cada intervención, pero conserva el recuerdo de una mujer cuya autoridad moral procedía simplemente de la confianza que despertaba entre quienes la conocían.
Culto a Margarita
Su fama de santidad comenzó a extenderse ya durante su vida. Cuando murió, el 13 de abril de 1320, en Città di Castello, tenía aproximadamente treinta y tres años. Había vivido poco más de tres décadas, pero su memoria no desapareció con ella. Los relatos sobre su muerte y el culto que se desarrolló en torno a su tumba reflejan la veneración que llegó a despertar en la población. La tradición local atribuye también milagros a su intercesión, según el concepto medieval de la santidad.
El culto a Margarita recibió reconocimiento oficial en 1609, cuando el papa Pablo V autorizó su veneración como beata. La tradición de su culto se extendió posteriormente dentro de la Orden de Predicadores y en otros lugares. En 1988 fue reconocida como patrona de las personas ciegas y con discapacidad en las diócesis correspondientes de Città di Castello y del territorio de Urbino, Urbania y Sant’Angelo in Vado.
Referente pro-vida
En la segunda mitad del siglo XX, ya en los años 70 su figura adquirió una visibilidad particular en determinados sectores del movimiento pro-vida, especialmente en organizaciones católicas de Estados Unidos. Algunas de ellas la presentan como patrona de los niños no deseados, de los no nacidos y de las personas con discapacidad.
La organización Priests for Life, por ejemplo, ha difundido expresamente su figura como referente pro-vida, mientras que en las décadas posteriores publicaciones católicas han destacado su relevancia para las familias que reciben un diagnóstico prenatal desfavorable, con materiales de oración y actividades pastorales.
Canonización equipolente
El acontecimiento decisivo de su reconocimiento contemporáneo llegó en 2021. El 11 de diciembre de 2019, el papa Francisco había autorizado la preparación del procedimiento para extender su culto a toda la Iglesia. El proceso incluyó valoraciones de consultores históricos, teólogos y cardenales y obispos. Finalmente, el 24 de abril de 2021, Francisco confirmó la decisión de extender su culto a la Iglesia universal e inscribirla en el catálogo de los santos mediante la denominada “canonización equipolente”, sin necesidad de un milagro actual por la extensión de su culto a lo largo de los siglos y en la actualidad.
Veneración antigua y devoción muy actual, un caso verdaderamente impresionante.
