VIERNES
Encuentro con los seminaristas de Madrid. Para hablar de Iglesia y comunicación. Preocupados por cómo afrontar la llamada o la presencia de un reportero en su futura parroquia buscando un titular. Mi máxima: la madurez y sensatez con la que acompañas a tu parroquia es la madurez con la que has de plantarte frente a una alcachofa y un foco.
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SÁBADO
Eucaristía en la capilla. Mari Feli y Tito, en el altar. Para renovar su compromiso matrimonial. Para celebrar una familia labrada a pulso. Veinticinco años después. Permanecer. Y no solo eso. Querer celebrar que lo suyo es el amor de Dios. Sin barnices que disimulen el paso del tiempo y los roces. Antonio habla del kintsugi. Es una técnica japonesa que repara las piezas de cerámica o de porcelana usando una laca mezclada o recubierta con polvo de oro.
Así, en lugar de tapar las grietas, como haría cualquier hijo de vecino con un pegamento invisible, las pone de relieve. Redescubrir que cualquier herida, conflicto o ruptura nos conforma es un ejercicio de madurez tal, que no sé si soy capaz de recubrir de oro todas esas llagas que uno lleva consigo.
DOMINGO
“Buscad al Señor mientras se deja encontrar”. Así arranca Isaías. Y ahí me quedo. En dejarse encontrar. Ante las agendas repletas. Frente a las planificaciones con un GPS mental que sabe perfectamente hacia dónde llevarte. Con el algoritmo recargándote de historias que refuerzan lo que piensas e ideologizas. En medio de un devenir organizado, hay que proponerse firmemente dejarse encontrar.
Para descubrir el miedo que hay detrás de alguien que no quiere dar su opinión. Para percatarse de que las uñas comidas de esa mano hablan de algo más que de un nerviosismo incontrolado. Para intuir que en esa mirada hay alguien que necesita ser escuchado. Todo pasa desapercibido sin el arte de dejarse encontrar.
MARTES
Son treinta años de servicio como pastor con mitra. En estos últimos tiempos hay quien ha querido dibujarle como un estratega. Como un hacedor. Poca estrategia tenía aquel hombre que se plantaba en las concentraciones por los pobres. El único frente a otros tantos báculos que gritaban contra el Gobierno porque resultaba más rentable. Aquello no era inversión carrerista alguna. Más bien, lo contrario. Le sepultaba frente a los que buscaban teñirse de púrpura. Pero la Providencia sabe más que cualquiera y se cuela entre bambalinas cuando la única estrategia es servir con fidelidad y eficacia.

