A las puertas de vivir una nueva Semana Santa, podemos continuar con nuestra mirada mundana, ocupada, y regalarle (con suerte) unas horas para participar de alguna liturgia o retiro. Sin embargo, Dios se encarnó, sufrió y murió para mostrarnos que la resurrección es una realidad. Para poder asimilar esto y convertirnos de verdad, requerimos cambiar nuestra forma de ver y vivir, siendo conscientes de la unidad: un solo cuerpo con todo y con todos, y reconociendo que estamos rodeados de milagros que dejamos pasar.
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Al igual que Lázaro, es probable que muchos de nosotros llevemos ya un tiempo desterrados en sepulcros oscuros y sin vida. Hay millones de personas malolientes de desesperanza y soledad. Hay demasiados “muertos vivos” dando vueltas por el mundo, amortajados por el miedo, la violencia y la falta de humanidad. A todos, Jesús nos llama con fuerza, diciéndonos: “Ven, levántate”. En palabras actuales, el Señor nos diría: “Sal de ese lugar y vuelve a la luz y al amor, poniendo atención en los infinitos y pequeños milagros diarios”.
Fuera de lo normal
Muchas veces, al escuchar la palabra milagro, la asociamos a algo espectacular, casi pirotécnico, fuera de lo normal. Sin embargo, en el vínculo cercano y amistoso que tenemos con Dios, Él actúa permanentemente para recordarnos que somos un milagro vivo y que también estamos rodeados de signos de su presencia. Que nuestro cuerpo funcione y esté respirando en este preciso instante, dada su asombrosa complejidad, es el primero que damos por obvio y no como un don.
Los encuentros humanos tampoco son casualidad; cada uno es una oportunidad para aprender y ayudar. Sin embargo, los normalizamos y desaprovechamos, pensando más en nosotros mismos que en el mensaje que el otro puede traer. Cada situación puede convertirse en una carga más dentro de la lista de urgencias, o bien en una experiencia que atravesamos con atención, como si fuese un ángel soplándonos al oído.
Salgamos de las tumbas donde nos hemos metido, amordazados por la necesidad de rendir, de tener, de aparentar. Cortemos las vendas que nos tapan los ojos a nuestra verdadera esencia espiritual y amorosa, y dejémonos “resucitar” por Dios en este tiempo en que finaliza la Cuaresma. No importa cuánto tiempo llevemos muertos; se trata de creer, confiar y aprender a leer los signos que nos interpelan. Los niños, las flores, las montañas, el mar, el otoño, los vecinos, la familia… La vida no es evidente ni apareció por generación espontánea; es el Señor quien la sostiene, la habita y la pone en nuestro camino para despertarnos a la realidad.
El mayor milagro
Porque, en el fondo, el mayor milagro no es solo lo que Dios hace, sino que Él mismo haya querido habitar nuestra historia y quedarse en medio de ella.
Y lo más lindo: no se trata solo de recibir, sino también de dar y darse como un milagro al mundo, especialmente a quienes más lo necesitan. Ser una manifestación concreta del amor de Dios para otros es revestirse de una dignidad y un gozo difíciles de explicar. Ser esa sonrisa en el dolor, esa mano en el desvalimiento, ese sostén en la necesidad, esa esperanza en la oscuridad es una forma profunda de participar ya desde ahora en la resurrección.
Que estos días de tránsito desde la Cuaresma hacia la Semana Santa nos encuentren atentos, disponibles y despiertos, siendo testigos y también portadores del milagro de la vida, de su belleza, y de la paz y la alegría que brotan cuando aprendemos a reconocerla.

