El deporte sigue siendo uno de los lenguajes humanos más universales que existen. Convoca, emociona, moviliza, une y, a veces, también divide. Atraviesa culturas, religiones, ideologías, edades y fronteras. Cambia hábitos, altera horarios, despierta pasiones profundas y genera un sentido de pertenencia difícil de explicar con palabras. Por eso no deja de sorprender que hoy existan más países afiliados a organismos deportivos internacionales que a la propia ONU.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
¿Qué hay detrás de este fenómeno? ¿Qué explica su fuerza simbólica y su capacidad de convocatoria? ¿Por qué, incluso en medio de la guerra, la pobreza o las catástrofes, el deporte sigue siendo un punto de encuentro?
Quizá porque el deporte, en cualquiera de sus formas, también en las Olimpiadas de invierno, toca algo esencial de lo humano. Es esfuerzo y disciplina, pero también juego y gratuidad. Es espectáculo, pero también escuela de vida. Es negocio, sí, pero antes que eso, es relación.
En este contexto cobra especial fuerza la carta del papa León XIV: ‘La vida en abundancia, sobre el valor del deporte’, publicada con ocasión de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Milán–Cortina 2026. No se trata de un mensaje circunstancial, es una reflexión profunda que sitúa al deporte como lugar antropológico, cultural y pastoral.
El Santo Padre parte del Evangelio: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Y desde ahí afirma algo decisivo: la persona debe permanecer siempre en el centro del deporte, no del resultado, no del rendimiento, no del dinero, no de la fama.
Esta afirmación resulta especialmente necesaria hoy, cuando el deporte corre el riesgo de deshumanizarse: cuando el atleta se vuelve mercancía, cuando la victoria se absolutiza, cuando el fanatismo convierte al adversario en enemigo, cuando el cuerpo deja de ser hogar y se transforma en vitrina. El Papa lo dice con claridad: cuando el deporte pierde su armonía, pierde su alma.
Me parece muy significativo que León XIV recupere la tregua olímpica. No como un gesto romántico del pasado, sino como una profecía vigente. El deporte recuerda que se puede competir sin destruir, que se puede aspirar a la excelencia sin negar al otro, que el adversario no es alguien a eliminar, sino alguien necesario para crecer. En tiempos de polarización, esta pedagogía es urgente.
La tradición cristiana, desde san Pablo hasta santo Tomás de Aquino, ha sabido ver en el deporte y en el juego una dimensión formativa profunda. No somos un alma encerrada en un cuerpo. Somos unidad de cuerpo, mente y espíritu. Por eso el esfuerzo físico, el descanso, el juego, la disciplina y el límite también educan el corazón. El deporte, bien vivido, enseña a ganar sin soberbia y a perder sin desesperación. Enseña que el valor de la persona no se mide por el marcador.
Hay otro punto que no podemos ignorar: el acceso al deporte. Cuando se convierte en un privilegio de unos cuantos, deja de cumplir su función social. El Papa lo recuerda con fuerza: el deporte debe ser para todos, especialmente para los más pobres, los más frágiles, los excluidos. De lo contrario, traiciona su vocación. Aquí resuena también el llamado de Aparecida, que reconoce el deporte como un verdadero campo pastoral y misionero.
Al final, tanto en los Juegos de verano como en los de invierno, lo que está en juego no es solo una medalla. Está en juego una manera de entender la vida. Si reducimos la existencia a rendimiento, nos agotamos. Si la vivimos como competencia sin encuentro, nos aislamos. Pero si aprendemos a ‘jugar la vida’ con otros, respetando reglas, límites y diferencias, entonces la vida se ensancha.
Tal vez por eso el deporte sigue fascinando. Porque nos recuerda, a creyentes y no creyentes, que la verdadera abundancia no nace de ganar a toda costa, sino de caminar juntos, de sudar la camiseta de la vida, de agradecer el pan… y también el partido de cada día.
Lo que vi esta semana
La inauguración de los juegos olímpicos y la primera medalla de oro.
La palabra que me sostiene
“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. (Jn 10,10)
En voz baja
Señor, enséñanos a competir sin destruir, a esforzarnos sin perder el alma y a vivir con alegría la cancha que nos regalas cada día.
