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Los frutos de la obediencia


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En L’Osservatore Romano retomamos a menudo la figura de Francesca Cabrini, la santa de los migrantes y que se ha vuelto extraordinariamente actual en estos días. Es una mujer, una maestra lombarda proveniente de una familia campesina que, respondiendo a la llamada divina, sin reservas, con sinceridad y coraje, se atreve a asumir, como pocos otros, el signo de los tiempos.

Meditando sobre su vida tenemos siempre algo nuevo que aprender, por ejemplo cómo de la obediencia puede nacer la profecía. Francesca, de hecho, tenía sus propios sueños y proyectos, que con tenacidad estaba comenzando a realizar. Partiendo de la educación de las jóvenes lombardas, hasta llegar a su gran sueño, que cultivaba desde la infancia: seguir los pasos de san Francisco Javier, santo de quien había elegido llevar su nombre en la vida religiosa, ir a China para evangelizar a las niñas chinas y salvarlas de una muerte injusta. 

Su congregación, aunque estaba limitada a la Lombardía, tenía perspectiva de misión en su nombre, siendo el primer instituto femenino misionero fundado sin el apoyo de una orden masculina. Ideas claras, perspectiva nueva y valiente, además de la fuerza y tenacidad para realizarlas. Francesca es capaz de renunciar a su sueño cuando la jerarquía, por parte de sus superiores, le propone ir a occidente, a las Américas, para asistir a los migrantes italianos que estaban llegando allí sin protección y que estaban en riesgo de perder la fe religiosa, el corazón de su identidad.

Cerca de los más débiles

Es así como, renunciando a sus proyectos – que habían sido planeados durante años – y aceptando obedecer, Francesca descubre una nueva y apasionante misión, y comprende que no solo existe la evangelización de aquellos que nunca habían oído hablar de Jesús, sino también de aquellas personas que, en medio de las convulsiones de un mundo cambiante, podrían perder su fe.francesca cabrini

Su visión se convierte, de esta manera, en profética: comprende que el futuro de la Iglesia será precisamente este, el de luchar contra la secularización estando cerca de los más débiles, de las víctimas de procesos que no comprenden y no controlan, para ayudarles de manera concreta, pero también a no perderse a si mismos al perder sus raíces religiosas. Francesca comprende que la condición de los migrantes anticipa aquella del hombre moderno, separado de sus raíces por la velocidad del cambio, muchas veces incomprensible y en por el que se ve arrastrado, y propone a todos un modelo que sabe estar, al mismo tiempo, en sintonía con los tiempos y ligado a la tradición religiosa.

Nadie como ella ha sido capaz de admirar el progreso tecnológico, las innovaciones sociales, el final de las barreras entre las clases sociales y grupos religiosos y, en este mundo nuevo, ha sabido moverse con entusiasmo y sagacidad, pero sin renunciar a encender para todos, para los vencedores de las nuevas batallas pero también para los derrotados que languidecían en las cárceles a menudo injustamente, o que sufrían solos en los hospitales, la luz de la fe, el calor del amor de Dios.