Si la pasión y muerte del Señor fueran hoy, probablemente, la espera de su resurrección provocaría la muerte de sus seguidores por angustia, ansiedad y desesperación, porque tres días sin respuesta en los tiempos actuales son prácticamente inviables. Todo lo necesitamos en línea y con la inmediatez de un clic.
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Es tal la aceleración con la que estamos viviendo que los espacios de espera no están permitidos. Si enviamos un WhatsApp, necesitamos la respuesta enseguida; si llamamos a alguien, queremos que nos conteste de inmediato; y, si tenemos un conflicto o preocupación, queremos resolverlos hoy. Sin embargo, la vida, al igual que el vino, jamás ha funcionado así; lo mejor se obtiene después de un proceso de incertidumbre, de oscuridad, de guarda, de decante silencioso y fecundo que permite producir los mejores sabores.
No es pasividad ni inactividad
Es importante, eso sí, aclarar que esperar no es pasividad ni inactividad; es una acción consciente de profunda confianza donde nos entregamos a lo que sea que haya de venir porque creemos en el amor incondicional del Padre Dios, que nos cuida y provee siempre lo mejor para nuestro bien. Como dijo Jesús, somos un solo cuerpo y le pertenecemos como hijos. Y he aquí justamente el problema del mundo de hoy: hemos perdido esa seguridad y la fe en esta unidad que somos, reemplazándola por una percepción de orfandad y separación que nos enferma.
Esperar sin fe es efectivamente una locura y, de ahí, la desesperación por retomar el control, por resolver y dominar. La ansiedad y la paranoia de vernos abandonados a nuestra suerte sin cobijo ni protección hacen que el futuro y su devenir sean un misil para el alma. Esperar sin la existencia de Dios/Amor es un sinsentido; una pérdida de tiempo y una irresponsabilidad para quien cree que todo depende de sí mismo y su capacidad. Por lo mismo, es “mejor apurarse” antes de que alguien nos quite el puesto o nos arrebate la seguridad.
Círculo vicioso
El círculo vicioso se completa con el hecho de que, mientras más acelerados vayamos y menos practiquemos la espera, menos podremos cultivar el vínculo hondo y trascendente con uno mismo, con los demás y con la creación, por lo que la presencia de Dios se nos hará invisible, imposible…
Detenernos es urgente. Aprender a esperar es vital porque, de lo contrario, estaremos abortando procesos que requerimos para nuestra evolución y salud mental. Si no desarrollamos la musculatura capaz de navegar en medio de la incertidumbre de un Sábado Santo, no podremos llegar al Domingo de Resurrección liberados y madurados como el mejor mosto en su barrica.
La inmediatez y el espejismo del control de todo solo producen vinos ligeros y frescos, para consumirse ahora porque se descomponen rápidamente. Eso es lo que cunde en la sociedad actual y es preocupante por su fragilidad. Solo quien resiste en la oscuridad, en la adversidad, en la incertidumbre, seguro de que alguien más vela por su vida, desarrolla cuerpo, resiliencia, carácter y madurez. Sabe que fue hecho para para la eternidad y para dejar una huella en los demás.

