Esta semana me ha tocado rotar por el hospital comarcal que depende del gran hospital urbano donde trabajo. Ubicado en una zona rural, aquí he tenido una nueva ocasión de encontrar a quienes considero los ‘anawin’ de los enfermos; aquellos que están solos, en ocasiones incapaces de comunicarse.
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Son ancianos, o con enfermedades psiquiátricas, o problemas neurológicos que condicionan un mutismo: o quizás pueden hablar, pero nadie aboga por ellos. No aparecen familiares, nadie les visita y, de este modo, como los “pobres de Yahvé” que conmovían a Jesús, se encuentran sin valedor. Dependen del personal sanitario –o de la amabilidad de los familiares de otros pacientes– para alimentarse, para dar a conocer sus necesidades, sus padecimientos.
Tristeza
En el pase de sala, por lo general, los acompañantes desean información, saber cómo va el paciente, qué puede esperarse, qué resultados nuevos puedo exponer, pero nada de esto ocurre en estos casos. Nadie me pregunta ni se interesa por su suerte, por su situación clínica, por su pronóstico. Resulta triste.
Miro a estas personas y los percibo como “ovejas sin pastor”, tal como se describe en el Evangelio. Dependen de los demás para todo, y no siempre reciben la atención y cuidados que necesitan y merecen.
Esta es una de las reflexiones que me surgen en el pequeño hospital rural donde me hallo, más sencillo de manejo, pero que también pone más de relieve la pobreza de la sociedad en que se ubica, donde hay este tipo de situaciones.
Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por este país.

