Hay palabras que uno escribe con cuidado y hay otras que se escriben con temor y temblor. Hablar en nombre de toda una Iglesia local no es un gesto menor pues no se trata solo de encontrar las frases correctas, sino de prestar la voz a una memoria compartida, a una historia común, a una gratitud que no cabe en un aplauso.
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Eso fue, para mí, la experiencia de dirigir unas palabras de felicitación a nuestro arzobispo de Monterrey, monseñor Rogelio Cabrera López, con motivo de sus 75 años de vida.
Al preparar el mensaje de felicitación, me di cuenta de algo que no fue casual: los distintos cargos y responsabilidades que ha desempeñado no aparecen como una lista, sino como un solo servicio vivido en distintos momentos y lugares. Párroco, obispo, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, servidor en el CELAM y en la Iglesia universal… no como títulos acumulados, sino como expresiones diversas de una misma fidelidad. Cambiaron los contextos y las tareas, pero no el fondo: una forma de ejercer el ministerio desde la constancia, la cercanía y el sentido de comunión.
Setenta y cinco años no son solo una cifra. En la tradición bíblica son signo de bendición, de una relación probada con Dios, de una historia atravesada por la confianza. Y en la vida episcopal significan algo todavía más hondo: la madurez de una entrega, donde el pasado no se archiva, sino que se convierte en sabiduría que ilumina el presente.
Al pronunciar esas palabras, sentí con claridad que hablábamos de un pastor que ha sabido perseverar, resistir y crecer. Y no como conceptos abstractos, sino como actitudes concretas encarnadas en un estilo: escuchar antes de decidir, esperar sin paralizarse, discernir sin imponer, acompañar sin asfixiar. Un pastor con olor a oveja y, en nuestro caso, con olor a ciudad porque ha caminado Monterrey, sus periferias y sus heridas.
Hubo un momento del texto que resonó de manera especial: recordar su manera de ejercer la autoridad desde la amabilidad, evocando a san Francisco de Sales a quien celebramos ese 24 de enero. En tiempos donde la firmeza suele confundirse con dureza, constatar que la amabilidad puede ser una forma alta de fortaleza es, en sí mismo, una enseñanza pastoral.
También apareció, casi sin querer, una sonrisa compartida al recordar aquella frase con la que llegó a la Arquidiócesis: “me subo a un tren de alta velocidad”. No solo se subió; aceleró. Y muchos tuvimos que aprender a agarrarnos fuerte y a andar a ese ritmo. Dicho con cariño, eso también es liderazgo: empujar sin romper, exigir sin deshumanizar.
Decir “gracias” en nombre de una Iglesia es reconocer que nadie pastorea solo. Que detrás de cada obispo hay comunidades que caminan, equipos que sostienen, procesos que se construyen en conjunto. Por eso, al final, la felicitación no fue solo hacia él; fue también un espejo para nosotros mismos como Iglesia: recordar quiénes somos, cómo caminamos y qué estilo queremos cuidar.
Terminé esa intervención con una convicción serena: la gratitud también es una forma de comunión. Y quizá, en un mundo que corre y olvida rápido, detenernos a agradecer así, con palabras medidas, con afecto sincero, con memoria creyente, sea uno de los gestos más evangélicos que podemos ofrecer.
Lo que vi esta semana
Un pueblo que sabe agradecer sin halagos vacíos y un pastor que recibe con sencillez el cariño de su Iglesia.
La palabra que me sostiene
“Den gracias en toda ocasión”. (1 Tes 5,18).
En voz baja
Gracias, Señor, por los pastores que han aprendido a caminar con su pueblo y por las Iglesias que saben reconocer el don recibido.
