Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

La “y”: una pequeña letra para una gran revolución


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Hay letras que pasan desapercibidas. No hacen ruido, no lideran palabras importantes, no parecen sostener grandes ideas. Pero hay una que podría cambiarlo todo: La “y”. En un tiempo marcado por la polarización, la deshumanización, la sospecha y la fragmentación, esta pequeña conjunción aparece como una clave inesperada.



No para resolverlo todo de golpe, sino para reorientar la forma en que nos miramos, nos pensamos y nos vinculamos con nosotros mismos y los demás.

Vivimos en una cultura del “o”

Vivimos en una cultura del “o”: o estás conmigo o estás contra mí; o tienes razón o estoy equivocado; o ganas tú o gano yo; o es tu modo de vivir o el mío. Ese modo de comprender la realidad ha ido instalando una lógica de exclusión que, poco a poco, erosiona los vínculos más esenciales. Nos separa de otros, de la naturaleza e incluso de nosotros mismos.

La intuición que emerge es sencilla y exigente a la vez: la vida no está hecha de “o”, sino de “y”. No se trata de relativizarlo todo ni de diluir las diferencias. Tampoco de evitar los conflictos.

Se trata de sostener tensiones sin romper el vínculo; de aceptar e integrar lo diversos que somos y complementarnos en vez de destruirnos. De aprender a habitar el espacio donde lo distinto es el requisito para la vida y su fecundidad.

No elimina los opuestos

La “y” no elimina los opuestos; los pone en relación. Tú y yo… y nosotros. Razón y emoción. Luz y sombra. Fuerza y ternura. Occidente y Oriente. Norte y Sur. Creyentes y no creyentes

Ahí aparece algo nuevo, algo que no estaba antes: un “tercero” que emerge cuando dos realidades dejan de competir y comienzan a encontrarse. Un espacio que no es la suma de las partes, sino una experiencia distinta, más amplia, más fecunda.

Desde la fe, podríamos decir que ese “tercero” tiene nombre: amor. Y ese amor no es una idea romántica ni una emoción pasajera.

Una forma de estar en el mundo

Es una forma de estar en el mundo. Una manera de vincularse que reconoce que estamos profundamente conectados, que lo que le ocurre al otro me afecta, que no somos islas sino seres intrínsecamente relacionados e interdependientes.

Familiares y amigos asisten a la misa funeral en memoria de los cuatro miembros de la familia

Cuando olvidamos esto, comenzamos a vivir como si todo fuera separado: la tierra como un recurso, el otro como una amenaza, uno mismo como un proyecto individual que debe imponerse. El resultado está a la vista: crisis ecológica, conflictos sociales, soledades profundas, guerras y abusos.

La “y” abre la posibilidad de reconstruir relaciones. No desde la ingenuidad, porque no todo se puede integrar sin límites. Hay situaciones donde será necesario decir “no”, poner distancia, cuidar la vida. Pero, incluso ahí, la lógica no es destruir al otro, sino detener el daño sin perder la conciencia de que compartimos un mismo tejido.

Comienza en lo cotidiano

Quizás lo más desafiante de esta propuesta es que comienza en lo cotidiano. No en grandes declaraciones, sino en gestos simples: escuchar antes de responder, integrar antes de descartar, comprender antes de juzgar.

La “y” se juega en una conversación difícil, en una diferencia política, en una herida no resuelta, en la forma en que educamos, trabajamos y construimos comunidad. Es una revolución silenciosa. Una revolución que no grita, pero que transforma. Una revolución que no impone, pero contagia.

Tal vez no cambie el mundo de un día para otro. Pero cambia algo más cercano y, al mismo tiempo, más decisivo: la manera en que habitamos el mundo y nos habitamos unos a otros. Y desde ahí, todo empieza a moverse.