La tolerancia cordial y el bien común (II)


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La semana pasada hablábamos de la tolerancia formal. La veíamos como imprescindible para poder construir el bien común. Sin embargo, si queremos colaborar en que este crezca de una manera manifiesta y ser realmente constructores de ese mundo mejor, debemos pasar a lo que Adela Cortina denomina la tolerancia cordial.



Esta tolerancia va más allá que la anterior porque no solo se limita a respetar formalmente las ideas y las acciones de quienes piensan diferente, sino que aprecia y ve con buenos ojos la diferencia y la pluralidad. Quiere aprender de la otra persona y de sus ideas y está dispuesta a dejarse interpelar por ella.

La tolerancia cordial es respetuosa con quien es diferente, no por obligación o mala conciencia, sino porque aprecia al distinto, porque cree que en la diferencia hay una riqueza que puede mejorar la sociedad y a las personas que en ella vivimos, porque quiere escuchar y dialogar con quienes ven las cosas de otra manera.

Dialogar sobre las ideas

Si la tolerancia formal es la condición primera para construir el bien común, este no puede ser alcanzado si no es a través de que una gran parte de la población practique una tolerancia cordial, que discrepe desde el cariño, que dialogue sobre las ideas y no se dedique a minusvalorar o criticar al otro porque piensa diferente, que aprecie a las personas por serlo y no por las ideas que tienen.

No es suficiente, por tanto, con desterrar la intolerancia de nuestras sociedades, con hacer que aquellas cosas que son intolerables sean cada vez menores, con que no existan ideas malditas, con que la corrección política no sea utilizada para censurar las ideas porque existen grupos inquisidores que impiden que determinadas cosas se digan…

No es suficiente con lograr que los debates sean sobre ideas con argumentos y respeto formal al otro, con conseguir que no se menosprecie al mensajero en lugar de discutir sobre el mensaje. No es suficiente con lograr que a nadie se le juzgue por sus ideas, ni que se cometan discriminaciones, asesinatos o encarcelaciones por estos motivos, que no existan delitos de pensamiento ni que se impida a través de la coacción (informal o formal) la exposición de ideas.

No, aunque todo esto es suficiente para pasar de una sociedad intolerante a otra tolerante desde el punto de vista formal, precisamos de ese algo más que solo da la tolerancia cordial, solo así podemos construir de una manera firme el bien común. El amor al prójimo y el respeto cordial que nos lleva a apreciar realmente a quien piensa de manera distinta, es preciso para que el bien común pueda ser una realidad en la sociedad.