La crisis de 2008 provocó la quiebra de parte de las sociedades civiles del mundo, con pérdidas que en Reino Unido o España llegaron a un tercio de todo ese tejido intermedio de organizaciones y participantes.
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Otra transformación que ha ido operándose en las sociedades civiles es su desconexión de las comunidades primarias vecinales o familiares. No está articulada con los ‘nosotros’ de base ni es capaz de dar cuerpo al pueblo, sencillamente porque hemos sufrido una gran desvinculación que ha vaciado parte de la sociabilidad matriz de la sociedad.
Además, la cultura dominante entre organizaciones es tradicional, opera de las mismas formas que en el siglo XX, con un fuerte peso del manifiesto, la manifestación y el voluntario individual. Se busca ocupar la atención mediática en un mundo saturado de mensajes en el que las pancartas y postales ya no calan.
Pero el nudo que más impide el desarrollo de la sociedad civil es el descuido de la interioridad personal y organizacional, y la separación de las comunidades existenciales, aquellas cuyo propósito es integralmente la vida y su sentido.
‘Nosotros’ primarios
La división estanca de la sociedad en subsistemas ha tendido a que la sociedad civil se especialice en ser un tercer sector con competencias específicas. En realidad, la sociedad civil debe ser un sector que tercie en cualquier realidad. Porque la sociedad civil se ha reducido, se ha desconectado de los ‘nosotros’ primarios, no cuida la interioridad y ha caído en la trampa de la especialización, no hemos sido capaces de resistir al estatalismo y hemos caído en el populismo y los extremismos.
Cualquier solución pasa necesariamente por expandir y ahondar la sociedad civil, y en esa tarea la responsabilidad y creatividad de las Iglesias es decisiva, especialmente su extensa red de parroquias, escuelas y universidades. Sin sociedad civil, los políticos absorben toda la política.
