El abismo moral en que cayó la humanidad alrededor de la fosa de la II Guerra Mundial –crisis del 29, Gulag, Auschwitz, Hiroshima/Nagasaki– hizo contemplar el horror del mal, pero también proporcionó una aguda lucidez sobre las trampas totalitaristas del poder.
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Las dos décadas siguientes fueron uno de los períodos más creativos de la Historia, tanto en el ámbito jurídico –Derechos Humanos– como económico –contrato socialdemócrata–, político –gobernanza mundial del sistema ONU e inicio de la Unión Europea–, social –nuevos movimientos–, artístico o religioso –Vaticano II–. Lo que mejor resume ese período es la feliz expresión de Pablo VI en la Navidad de 1975: la civilización del amor. Y la clave era el impoder: aquello que la humanidad solo puede lograr con amor, paz, alegría, perdón, entrega, gratitud, confianza, belleza, verdad, equidad, cooperación…
La civilización del odio
Sin embargo, la Guerra Fría continuó el viejo paradigma totalitario y violento del poder y, tras el colapso de la década de 1970, el neoliberalismo impuso una globalización basada en el crudo poder del capital. La guerra mundial del yihadismo recrudeció la historia basada en el choque de poderes y, tras la estafa financiera de 2008, el movimiento de indignados siguió de nuevo la senda de la ambición del poder. La reacción contraria, que ultraderechiza el mundo, exacerba aún más la lógica del poder y ha proclamado la civilización del odio.
Stalin amaba las rosas de su jardín; Kim Jong-il, las begonias; y Pinochet, sus hortensias. La tentación del poder lleva continuamente a adorar los lirios de la revolución: poner la belleza, la interioridad, las relaciones y la religión al servicio del poder. Pero lo que de verdad cambia corazones y mueve transformaciones profundas y de gran escala, es la revolución de los lirios, el impoder.
