Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

La Resurrección que reconcilia generaciones: de la fragmentación al Pueblo sinodal


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¿Puede la Iglesia anunciar la Resurrección mientras vive fragmentada en generaciones que no se comprenden? ¿Puede hablar de comunión cuando sus lenguajes generacionales se excluyen mutuamente? ¿No corremos el riesgo de convertir la fe en ideología —progresista o conservadora— cuando absolutizamos nuestra propia experiencia generacional?



Estas preguntas no son marginales. En ellas se juega la credibilidad del cristianismo hoy. Porque la crisis actual no es solo de práctica religiosa o de vocaciones: es una crisis de transmisión, de integración y de sentido.

Se transforman en sospecha

Las generaciones no solo difieren en edad, sino en modo de creer, de vivir y de relacionarse también con la Iglesia. Y, cuando estas diferencias no se integran, se transforman en sospecha, juicio o enfrentamiento. En siglos anteriores, debían pasar varias generaciones antes que hubiera un cambio de mentalidad de la sociedad. Hoy, cada generación trae bajo el brazo una mentalidad distinta sin la suficiente maduración para poder comunicarse adecuadamente.

Sin embargo, la Resurrección posee una clave capaz de atravesar este conflicto sin negarlo. No como idea consoladora, sino como acontecimiento que reconcilia lo que parecía irreconciliable. La resurrección es el triunfo sobre todas las divisiones y la mayor de ellas que es la muerte. La pregunta decisiva es entonces: ¿permitiremos que la Pascua transforme nuestras tensiones generacionales o seguiremos atrapados en modelos que compiten por imponerse?

I. Generaciones en tensión: una Iglesia fragmentada pero fecunda

La forma de vivir la fe que nunca es estática, ante la “aceleración de la historia” requiere más que nunca, una profunda reconfiguración. Ignacio González Sexma reflexiona, en su artículo ‘Enfrentados’ (Civilitá Cattolica, febrero 13, 2026), sobre la ruptura intergeneracional en la fe católica, que hoy, paradójicamente, se ha invertido: los jóvenes aparecen más conservadores y los mayores más progresistas. Esta inversión revela una transformación profunda en la vivencia de la fe en las últimas décadas:

  • Los Baby Boomers (1946-1964) representan una fe recibida, comunitaria, arraigada en la institución. Crecieron en una Iglesia culturalmente fuerte, con confianza en sus estructuras y un compromiso eclesial sostenido.
  • La Generación X (1965-1980) introduce un giro: la fe se vuelve más personal, más crítica, más vinculada a la experiencia y al compromiso social. Sin embargo, aparece la dificultad de transmitirla. Como señala Danièle Hervieu-Léger, pasa de una religión de herencia a una religión de elección.
  • Los Millennials (1981-2000) viven una ruptura más profunda: creen sin pertenecer, buscan autenticidad, pero desconfían de la institución. Su espiritualidad es fragmentada, muchas veces individualizada.
  • La Generación Z (2000-actualidad), paradójicamente, redescubre lo religioso: busca lo trascendente, la liturgia, la belleza, la identidad creyente. Pero corre el riesgo de una fe desvinculada de la historia y la justicia.

Este mapa revela una tensión estructural:

  • entre institución y experiencia,
  • entre compromiso social y trascendencia,
  • entre pertenencia comunitaria y búsqueda individual,
  • entre tradición y novedad.

El problema no es la diversidad, sino la incapacidad de procesamiento e integración. Cada generación tiende a absolutizar su modo de creer, generando lecturas parciales del Evangelio. Así aparecen los “pendularismos”: una fe horizontal que pierde a Dios o una espiritualidad que olvida al pobre.

Jesus Y La Palabra

La Iglesia, signo de comunión en medio de las fracturas del mundo, no puede quedarse “paralizada” entre prolijos ritos , sin aportar nada creativo. Debe aprovechar las tensiones como oportunidad de Misericordia.

Ninguna generación posee la totalidad de la experiencia cristiana: “Ni el ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2, 9). Cada generación aporta un matiz (fidelidad, experiencia, autenticidad, trascendencia). La cuestión no es elegir entre ellas, sino articularlas desde la misericordia pascual.

II. Falsas soluciones: el clericalismo y la tentación de la retrotopía

Ante esta complejidad, surgen respuestas simplistas. La más peligrosa es el clericalismo, que no es solo un problema de ministros, sino una lógica de poder que atraviesa toda religión.
El clericalismo propone una falsa solución: uniformar la diversidad bajo su modelo hegemónico.

Este modelo suele alimentarse de una visión retrotópica (Zygmunt Bauman): la idealización de un pasado supuestamente perfecto al que habría que regresar. Gran parte de la ultraderechización actual del mundo nace en este contexto simplificador y sin matices, que intenta “echar vino nuevo en odres viejos” (Lucas 5:37)

Se construye así una narrativa tranquilizadora:

  • “Antes la fe era fuerte”, una “muralla de cristiandad para los “creyentes”.
    “Antes había unidad y estaba “muy claro” lo que significa ser “católico”.
    “Antes la Iglesia tenía autoridad para imponerse en la sociedad”.

Pero esta mirada es engañosa. No solo simplifica la historia, sino que evade el presente. En lugar de asumir la complejidad actual, se refugia en esquemas cerrados:

  • Refuerza estructuras de control,
  • privilegia la norma sobre la vida,
  • confunde unidad con uniformidad,
  • desconecta de las personas reales.

El problema es teológico: custodiar la fe desde el poder, cuando el Evangelio la revela desde la fragilidad. El clericalismo, además, silencia el conflicto en lugar de discernirlo, impone respuestas en lugar de escuchar y acompañar procesos, protege la institución antes que a las personas.

El clericalismo retrotópico, en su afán de controlar la diversidad, que solo puede ser discernida, impulsa hoy formas juveniles emotivistas que, bajo melodías melosas y estéticas aparentemente actuales, encubren un regreso acrítico a modelos de fe del pasado, incapaces de dialogar con el presente, de asumir sus conflictos y de encarnarse junto a los descartados, allí donde la fe debería volverse esperanza transformadora y compromiso real.

III. La Resurrección: una reconciliación sinodal y poliédrica

Frente a estas falsas salidas, la Pascua ofrece una lógica distinta que no elimina el conflicto, pero lo atraviesa. No impone uniformidad, pero genera comunión. No niega la historia, pero la transfigura.

El Cristo resucitado reúne a discípulos distintos, con miedos y comprensiones distintas. No los homogeniza. Los envía juntos. La sinodalidad no es una estrategia organizativa, sino una forma pascual de vivir:

  • Escuchar antes que juzgar,
  • discernir antes que imponer,
  • caminar juntos en la diferencia.

En este proceso, cada generación tiene talentos:

  • Los Boomers, custodiar la memoria viva de la fe y su dimensión comunitaria.
  • La Generación X, aportar la sensibilidad social y la centralidad de la experiencia.
  • Los Millennials, exigir autenticidad y coherencia.
  • La Generación Z, reabrir el horizonte de lo trascendente y lo simbólico.

Pero ninguna puede absolutizar su aporte. La Iglesia está llamada a ser, como sugiere el papa Francisco, un poliedro, donde cada cara conserva su identidad y, al mismo tiempo, forma parte de un todo al servicio de la Humanidad.

La Resurrección hace posible una unidad que no anula la diversidad, hace comunidad, genera procesos de discernimiento, envía a las periferias existenciales como hospital de campaña.

Conclusión: una Iglesia pascual para un mundo fragmentado

La Iglesia no necesita elegir entre generaciones ni llorar por un pasado idealizado. Necesita reconocerse como un solo Pueblo en camino. La Resurrección nos libera de la obsesión por tener razón en vez de tener misericordia. Y nos introduce en la alegría de caminar juntos, recordándonos que la verdad se busca en comunión, la fe se testimonia y la unidad se construye, desafiándonos hoy a convivir en la diferencia con humildad, paciencia y valentía, abiertos al Espíritu más allá de nuestros esquemas generacionales.

Pero también abre una esperanza inmensa. Porque, allí donde generaciones distintas se escuchan, dialogan y la diversidad es talento para el bien común, la Resurrección ya está aconteciendo.
Y solo una Iglesia así —reconciliada, sinodal, poliédrica— podrá anunciar creíblemente que la Vida es más fuerte que la muerte y sus otras divisiones. Para que, en medio de la historia herida, Cristo resucitado llegue a ser verdaderamente todo en todos.