David Jasso
Provicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

La Pasión de Jesús… y nuestras pasiones


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La palabra ‘pasión’ suele confundirse porque la usamos para hablar de lo que nos gusta, de lo que nos mueve, de lo que nos entusiasma. Decimos: “me apasiona esto”, “tengo pasión por aquello”, y está bien, pero cuando la Iglesia pronuncia esa misma palabra en estos días, el sentido cambia por completo. Ya no se trata de entusiasmo… sino de entrega. No de lo que me enciende… sino de lo que estoy dispuesto a atravesar.



La Pasión de Jesús no es simplemente el relato de su sufrimiento, es el camino que Él acepta recorrer cuando decide amar hasta el extremo. No es un accidente, ni un error, ni una derrota, sino una decisión profunda, sostenida en el tiempo, que lo lleva a mantenerse fiel incluso cuando todo se vuelve oscuro, incierto y doloroso. La cruz no aparece de repente; es la consecuencia de una vida vivida con coherencia.

Y tal vez ahí comienza el primer punto de contacto con nosotros, porque también nosotros vivimos pasiones, aunque no siempre las llamemos así. Hay situaciones que nos duelen, relaciones que nos cuestan, decisiones que nos desgarran por dentro. Hay momentos en los que la vida se vuelve pesada, confusa, incluso injusta. Y en esos momentos solemos pensar que algo está mal, que nos equivocamos o que esto no debería estar pasando.

Pero la Pasión de Jesús nos revela algo distinto: que el dolor no siempre es señal de error, sino a veces consecuencia de haber amado en serio. Jesús no sufre porque falló… sufre porque fue fiel a su manera de mirar, de acoger, de incluir, de perdonar. Fue fiel incluso cuando esa fidelidad lo llevó a quedarse solo, a ser incomprendido, a experimentar el abandono. Y sin embargo, no retrocede, no negocia lo esencial ni se protege a costa de dejar de amar.

cruz y personas

Foto: Pastoral Creativa

Si esto es la pasión, entonces la pregunta cambia. Ya no es: “¿por qué me pasa esto?” sino: “¿qué estoy amando para que esto me duela así?”. Porque nuestras propias pasiones, esas que nos atraviesan, muchas veces tienen que ver con eso: con lo que nos importa de verdad. Nos duele lo que amamos y lo que hemos dejado entrar en el corazón.

Claro que no todo sufrimiento es redentor. Hay dolores que vienen de heridas mal sanadas, de decisiones equivocadas, de relaciones que dañan. Pero hay otros que nacen precisamente de intentar vivir con autenticidad, de sostener lo correcto, de permanecer cuando sería más fácil irse.

La Pasión de Jesús no glorifica el sufrimiento por sí mismo; lo transforma desde dentro. Le da un sentido que no elimina el dolor, pero sí lo atraviesa con amor. Y eso cambia todo, porque entonces ya no se trata solo de ‘aguantar’, sino de descubrir cómo vivir nuestras propias pasiones sin perder el corazón.

La Pasión de Jesús no termina en la cruz. Y eso no es solo una verdad teológica; es también una esperanza profundamente humana. Significa que lo que hoy parece final… puede ser paso. Que lo que hoy duele… puede tener sentido. Que lo que hoy pesa… no es necesariamente lo último. Quizá no podamos evitar nuestras propias pasiones, pero sí podemos elegir cómo vivirlas. Y en ese ‘cómo’… se juega todo.

Lo que vi esta semana

Alguien me dijo: “me duele, pero no quiero volverme indiferente”. Y entendí que hay dolores que, en el fondo, son señal de que el corazón sigue vivo.

La palabra que me sostiene

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo“. (Juan 13,1)

En voz baja

Señor, cuando me toque atravesar momentos que no entiendo, no me dejes huir de lo esencial.