Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

La necesidad de irse para volver


Hay momentos en la vida en que el alma grita por autonomía, independencia, libertad para decidir y silencios que den nitidez a la propia identidad. Les sucede a los jóvenes cuando sienten que ha llegado la hora de dejar la casa de sus padres, aunque implique riesgos, gastos, incomodidades y abandonar la seguridad del hogar.



Son verdaderos polluelos que quieren probar su suerte y ver qué tan lejos pueden volar sin ayudas ni subsidios de alguien más.

Como un paracaidista novato

La euforia inicial del viento soplando en sus rostros, como un paracaidista novato, dura poco. Al aterrizar, la existencia les cobra el precio de su libertad. Descubren cuánto cuesta ganarse la vida y los mil trabajos invisibles que sostenían su casa.

Entonces crecen la conciencia y la gratitud por la energía amorosa que constituía su nido inicial. Entre aciertos y errores, sus alas se fortalecen y van definiendo su propio modo de vivir.

Un voluntario del albergue Desayunador Salesiano "Padre Chava" en Tijuana, México, juega

Cuando regresan de visita, agradecen lo recibido y valoran también lo que han construido por sí mismos. Ya son adultos hechos y derechos, con una identidad diferente, única y valiosa que deben desplegar.

También sucede en la vida espiritual

Algo parecido sucede en la vida espiritual. Dios nos regala una libertad tan grande que podemos emprender nuestro propio vuelo, elegir, equivocarnos y descubrir quiénes somos. Incluso la soledad y esos momentos en que sentimos lejos su abrigo amoroso pueden ayudarnos a comprender que somos hijos e hijas libres, amados y siempre esperados.

Es, de alguna manera, el viaje del hijo pródigo. Su padre lo dejó partir y mantuvo abiertos los brazos para recibirlo. ¿En qué parte del camino estamos nosotros? ¿Entusiasmados con la partida, aprendiendo de sus dificultades o deseando regresar?

Quizás lo más hermoso sea descubrir que podemos elegir ese amor libremente, con nuestras propias alas, sin perder lo singular de nuestro vuelo. Y que Dios, como aquel padre, sigue allí, feliz de vernos crecer y dispuesto a abrazarnos cada vez que volvemos.