Cada Cuaresma sucede algo curioso en muchas parroquias: durante algunos días se detiene un poco el ritmo habitual y se abren espacios llamados ejercicios espirituales. No son una tradición más del calendario, sino son en realidad, una pausa del alma.
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En estas semanas he tenido la oportunidad de vivirlos desde distintos lugares. Primero en la parroquia donde estoy, con personas de la comunidad que simplemente buscaban un momento para escuchar a Dios en medio de su vida cotidiana. Después me tocará acompañar otros ejercicios sobre un tema inesperado: la inteligencia artificial y la vida espiritual. Y más adelante compartiré otra semana con equipos de liturgia, reflexionando sobre cómo vivir la Cuaresma desde el servicio en la Iglesia.
Tres contextos muy distintos y, sin embargo, la misma necesidad en todos: detenerse. Vivimos en una época que no sabe detenerse. Todo corre: las noticias, los mensajes, las decisiones, los pendientes. Incluso la vida espiritual corre el riesgo de volverse algo apresurado, casi automático.
Rezamos rápido, escuchamos rápido, vivimos rápido y los ejercicios espirituales nacieron justamente para romper esa lógica.
Desde hace siglos, la Iglesia propone estos días como un pequeño desierto dentro de la vida ordinaria. No se trata de irse lejos, ni de hacer cosas extraordinarias. Se trata de algo mucho más sencillo, y mucho más difícil: tomarse tiempo para escuchar a Dios dentro de uno mismo.
Por eso los ejercicios no son solo conferencias religiosas, sino toda una experiencia. En esos días las personas empiezan a hacer silencio, a mirar su vida con más verdad, a confrontar algunas decisiones, a reconciliarse con Dios, a volver a lo esencial. Muchas veces no sucede algo espectacular, pero sí algo profundo: la vida vuelve a ordenarse desde dentro.
Recuerdo que alguien me decía al terminar unos ejercicios: “Padre, no cambió mi vida… pero ahora sé hacia dónde quiero caminar” y, tal vez eso sea lo más importante. La Cuaresma es un camino hacia la Pascua, pero nadie llega a la Pascua si no se detiene primero en el desierto. Jesús mismo, antes de iniciar su misión, pasó cuarenta días en silencio.
La Iglesia lo sabe y por eso insiste tanto en este tiempo en la oración, el ayuno, la reconciliación… y también en los ejercicios espirituales. No porque Dios hable más en esos días, sino porque nosotros aprendemos a escucharlo mejor. A veces basta una frase, una oración, un momento de silencio, para que algo se acomode por dentro.
Y entonces descubrimos algo sencillo pero decisivo: que Dios no estaba lejos. Solo estaba esperando que nos detuviéramos.
Lo que vi esta semana
Personas muy distintas sentadas en silencio en la iglesia durante los ejercicios. Algunas con la mirada fija en el piso, otras con lágrimas discretas. En esos momentos uno entiende que la vida interior sigue viva en la gente, aunque casi nunca tenga espacio para expresarse.
La palabra que me sostiene
“Hablaré a su corazón y la llevaré al desierto”. (Oseas 2,14)
En voz baja
Señor, enséñanos a detenernos. Que en medio del ruido del mundo podamos escuchar, otra vez, tu voz.
