Este sábado 17 de octubre, la Catedral de Santa María de Ibiza es el escenario de una celebración de especial importancia para la Iglesia ibicenca: se trata los primeros hijos de aquella tierra que alcanzan la gloria de los altares. La diócesis se engalana y se viste de fiesta por sus primeros hijos reconocidos oficialmente ejemplares en la entrega y como tales son presentados al culto de la Iglesia local. La noticia de la beatificación fue confirmada por el Obispado de Ibiza después de que el papa León XIV autorizara el decreto correspondiente el 18 de junio de 2026.
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Y lo harán de un modo que enlaza directamente con la Iglesia de los primeros siglos y nos habla de la belleza del seguimiento de Cristo, pues serán declarados beatos 20 sacerdotes diocesanos asesinados durante las primeras semanas de la Guerra Civil española, entre el 7 de agosto y el 13 de septiembre de 1936. Murieron ese año pero en el contexto de una persecución que empezó años antes, ya en el 1931, con manifestaciones más o menos violentas en los diferentes lugares de la geografía española.
En esta celebración la Iglesia reconoce oficialmente el martirio de estos 20 hombres, cuya muerte considera vinculada a su fidelidad a Cristo y a su condición de sacerdotes. No se trata solamente de recordar un episodio doloroso del pasado, no es mantener viva una memoria por fines históricos, ideológicos o sociológicos, sino de recuperar unas vidas concretas, con sus nombres, sus lugares de origen, sus años de servicio y las circunstancias dramáticas en las que fueron asesinados, y todo esto con un fin concreto, el celebrar la fidelidad a Cristo de estos hombres que murieron única y exclusivamente por ello.
Una sociedad dividida
Para comprender lo ocurrido en las Pitiusas durante el verano de 1936 es necesario situarse en el contexto de la España de aquellos años. La proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931, abrió una etapa de profundas transformaciones políticas, sociales y culturales. Las reformas relacionadas con el papel público de la Iglesia, la educación religiosa y las relaciones entre el Estado y las instituciones eclesiásticas provocaron tensiones intensas en una sociedad ya dividida por diferencias políticas, sociales y culturales.
En algunos sectores se extendió un anticlericalismo que identificaba a la Iglesia con el orden social que se pretendía transformar. En otros, las reformas fueron percibidas como una amenaza a una tradición religiosa arraigada. Las tensiones no desembocaron en una única experiencia uniforme en todo el país, pero sí contribuyeron a un clima de confrontación en el que determinados edificios religiosos, sacerdotes y miembros de congregaciones quedaron expuestos a amenazas y agresiones.
La situación se agravó de manera extraordinaria tras el levantamiento militar de julio de 1936 y el comienzo de la Guerra Civil. En los territorios que quedaron bajo control de fuerzas republicanas, la desintegración de las autoridades en algunos lugares y la actuación de grupos armados y comités revolucionarios dieron paso, en determinados casos, a asesinatos y persecuciones por motivos religiosos. La violencia no afectó del mismo modo a todas las regiones ni todos los partidarios de la República compartieron los objetivos de los grupos anticlericales más radicales.
Del mismo modo, la historia de la Guerra Civil no puede reducirse a una sola clase de víctimas ni a una única experiencia de sufrimiento. Sin embargo, en el caso de los veinte sacerdotes de Ibiza y Formentera, la investigación promovida por la diócesis de Ibiza ha mostrado claramente que fueron asesinados por odio a la fe y por su identidad sacerdotal. Esta es la razón por la que el recuerdo vivo de estos ministros de Cristo ha llevado una causa de martirio, y no ha quedado simplemente como el recuerdo de personas que murieron durante la guerra.
Agosto del 36
En Ibiza y Formentera, la violencia adquirió una forma especialmente dramática durante el mes de agosto de 1936. Tras el levantamiento militar de julio y el comienzo de la Guerra Civil, una expedición republicana dirigida por el comandante Alberto Bayo llegó a las islas el 7 de agosto. La operación se desarrolló en varios momentos. Las tropas llegaron a Formentera el 7 de agosto de 1936 y pasaron a Ibiza entre los días 8 y 9 de agosto.
La expedición no tenía como objetivo principal conquistar las Pitiusas por sí mismas, sino utilizarlas dentro de la operación militar para recuperar Mallorca. En Ibiza, el desembarco se produjo en la zona de Pou des Lleó. La resistencia de las fuerzas que apoyaban el levantamiento fue limitada y los republicanos lograron hacerse con el control de la isla.
Tras el desembarco en Formentera y la posterior ocupación de Ibiza, el poder efectivo en determinados lugares pasó a manos de milicias y comités revolucionarios. La persecución contra sacerdotes y otras personas identificadas con la Iglesia se intensificó en un contexto de gran inseguridad.
Exposición In Memoriam. Ad Honorem, que muestra paneles informativos sobre los sacerdotes mártires. Foto: Obispado de Ibiza
La diócesis, que contaba con un número relativamente reducido de sacerdotes, perdió en poco más de cinco semanas a 20 de sus ministros. El alcance de la pérdida fue enorme: estos sacerdotes representaban casi la mitad del clero local de Ibiza y su desaparición golpeó directamente a parroquias, comunidades y familias que conocían su labor pastoral.
- El primero de los 20 en morir fue Juan Torres Torres, una figura que impresiona por su juventud. Había nacido en Ibiza el 20 de abril de 1912 y fue ordenado sacerdote en la Catedral el 6 de junio de 1936, apenas dos meses antes de su muerte. Su primer nombramiento fue como encargado de la parroquia de Nuestra Señora del Pilar, en Formentera. Apenas había comenzado su ministerio cuando la violencia alcanzó la isla. El Obispado sitúa su muerte en Formentera el 7 de agosto de 1936. Tenía solo veinticuatro años y su vida sacerdotal había durado unas semanas.
- Al día siguiente, el 8 de agosto, fue asesinado Antonio Tur Costa, nacido en Santa Eulària des Riu el 30 de octubre de 1903. Había sido ordenado sacerdote en la diócesis de Barcelona en 1927 y había ejercido distintas responsabilidades pastorales antes de ser nombrado encargado de la parroquia de San Carlos en 1935. Su trayectoria lo había vinculado a diversas comunidades de la isla, donde desempeñó labores de coadjutor y párroco.
- Otro de los primeros sacerdotes asesinados fue Antonio Roig Guasch, nacido en Santa Eulària el 16 de diciembre de 1896 y ordenado sacerdote en 1920. Tras desempeñar distintos destinos pastorales, en 1935 fue nombrado encargado de la parroquia de San Francisco Javier, en Formentera. Su muerte tuvo lugar en Sa Carrossa, en Ibiza, el 10 de agosto de 1936, según el registro biográfico del Obispado.
- La documentación de la causa conserva así el recuerdo de tres sacerdotes asesinados en un intervalo muy breve: Juan Torres Torres, el 7 de agosto; Antonio Tur Costa, el día 8; y Antonio Roig Guasch, el día 10. La sucesión de estas muertes muestra la rapidez con la que se deterioró la seguridad de los sacerdotes durante las primeras semanas de la guerra. Para las comunidades a las que servían, la desaparición de sus pastores suponía también la pérdida de personas que habían acompañado celebraciones, enfermedades, entierros, fiestas y momentos decisivos de la vida cotidiana.
La tragedia alcanzó su punto más dramático el 13 de septiembre de 1936, cuando fueron asesinados otros diecisiete sacerdotes que se encontraban presos en el castillo de Ibiza. Entre ellos había hombres de edades muy distintas y con trayectorias pastorales que abarcaban varias décadas.
- José Tur Bennassar, nacido en Ibiza en 1859, había sido ordenado sacerdote en 1884 y llevaba más de medio siglo de vida sacerdotal.
- Miguel Planells Tur, nacido en 1866, de 70 años, había ejercido como párroco de Santa Eulària y fue nombrado canónigo de la Catedral en 1935.
- José Ramón Escandell, nacido en 1871, había servido en diferentes parroquias antes de ser párroco de San Rafael.
- Joaquín Cirer Sala, nacido en 1875, había trabajado en Formentera y en la zona de la Marina de Ibiza.
- José Riera Bonet, nacido en 1877, había pasado incluso varios años ejerciendo labores pastorales en Argentina antes de regresar a la diócesis.
Estos sacerdotes que acabaron sus días en el castillo de Ibiza fueron arrestados en distintos momentos de agosto de 1936, en sus casas, en las rectorías o mientras trataban de permanecer ocultos ante el peligro. Algunos fueron detenidos pese a las advertencias de que podían correr riesgo, hubo quienes –fue el caso de Miguel Planellas Tur, que como hemos visto era de avanzada edad– sufrieron malos tratos durante su arresto.
Ninguno estaba metido en actividades políticas, eran curas de la tierra que trabajaban con la gente en las diferentes poblaciones de la isla. Fueron trasladados al castillo, convertido en prisión, donde permanecieron encarcelados sin un juicio regular. Aunque no conocemos con detalle la rutina diaria de todos ellos, sí sabemos de las duras circunstancias de su cautiverio y de que algunos se prepararon para la muerte mediante la oración, manteniéndose fieles a su fe.
En la noche del 13 de septiembre de 1936, después de los bombardeos que habían afectado a Ibiza, se decidió evacuar la prisión y asesinar a varios detenidos; entre ellos estaban los sacerdotes, que fueron ejecutados. Según testimonios recogidos en la documentación de la causa, algunos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”, otros manifestando abiertamente su perdón a los asesinos. Sus cuerpos fueron enterrados en el antiguo cementerio de Ibiza y, el 29 de octubre de 1940, los restos identificados fueron trasladados a la Catedral; los de Mariano Escandell Roig no pudieron ser identificados.
Historia de una diócesis
La historia de estos veinte sacerdotes también es la historia de una memoria preservada a lo largo de décadas. Después de los asesinatos, sus nombres y sus muertes permanecieron en la memoria de la Iglesia local. La diócesis señala el 13 de septiembre como jornada anual de recuerdo. La causa de beatificación fue abierta oficialmente el 23 de noviembre de 2008 por el entonces obispo de Ibiza, monseñor Vicente Juan Segura.
A partir de ese momento se reunieron testimonios y documentación para estudiar las circunstancias de las muertes y la posible condición martirial de los sacerdotes. La fase diocesana concluyó el 12 de junio de 2015 y el expediente fue enviado a Roma.
De modo indirecto la diócesis de Ibiza había celebrado ya la llegada a los altares de un pastor de aquella Iglesia, aunque no era hijo de la isla. Se trata de Salvi Huix i Miralpeix (1877-1936), administrador apostólico de Ibiza entre 1928 y 1935. Después fue nombrado obispo de Lleida y murió asesinado también en 1936. Fue beatificado por Benedicto XVI el 13 de octubre de 2013, junto con otros mártires de la persecución religiosa en España.
El caso de Ibiza se comprende mejor si se contempla dentro de las dimensiones de la persecución religiosa del siglo XX en España. La Conferencia Episcopal Española actualizó sus cifras el 14 de octubre de 2026, con motivo de las beatificaciones previstas para ese año. Según la Oficina para las Causas de los Santos, hay actualmente 2.404 mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España que ya han sido beatificados y 11 solamente que han sido canonizados. Además, las causas de otros 3.040 mártires siguen en proceso de beatificación, distribuidos en 48 causas.
Recordarlos con rigor exige mantener unidas dos responsabilidades: la memoria de las víctimas y la búsqueda de la verdad histórica. No se trata de utilizar su muerte para alimentar viejos enfrentamientos, sino de reconocer lo que les sucedió, explicar el contexto sin simplificaciones y comprender por qué su recuerdo sigue teniendo significado para tantos creyentes.
Fidelidad y perdón
La beatificación de los mártires de Ibiza y Formentera no cierra la historia: invita a conocerla mejor, a conservar sus nombres y a distinguir –evitando, como muchos querrían, meter a todos en el mismo saco– entre los que fueron víctimas de una guerra fratricida y los que fueron asesinados por el mero hecho de ser cristianos (sacerdotes, obispos, religiosas y religiosos, fieles laicos).
La memoria cristiana del martirio pone el acento en la fidelidad, pero también en el perdón; por eso, la oración diocesana por estos sacerdotes pide que su ejemplo ilumine la vida de los cristianos y recuerda expresamente la fuerza necesaria para confesar la fe perdonando a todos.
