David Jasso
Vicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

La Iglesia aprende de los abuelos


Hay decisiones pastorales cuyos frutos no se ven de inmediato: requieren tiempo, paciencia y la convicción de que el Evangelio también debe responder a los desafíos de cada época.



Hace más de doce años, la Arquidiócesis de Monterrey dio uno de esos pasos silenciosos al crear la Pastoral del Hermano Mayor. Lo que comenzó como una intuición hoy reúne a más de un centenar de parroquias y, hace unos días, se hizo visible cuando cerca de mil ochocientos adultos mayores llenaron la Basílica de Guadalupe para celebrar la V Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores.

Confieso que, mientras contemplaba aquella multitud, pensé que estaba viendo mucho más que una gran concentración de personas, estaba contemplando una inmensa comunidad de memoria.

Vivimos en una cultura que suele medir el valor de las personas por su productividad, su velocidad o su capacidad de generar resultados. Casi sin darnos cuenta, hemos ido identificando la juventud con el futuro y la vejez con el pasado. Pero el Evangelio y la Iglesia rompen esa lógica pues los años no disminuyen la vocación; la transforman. Nadie se jubila de amar, de servir o de anunciar la esperanza.

Eso explica, precisamente, la belleza de una pastoral como esta, pues no nació para entretener a quienes envejecen ni para ofrecerles actividades que llenen el tiempo, sino porque la Iglesia reconoce que la vejez es una etapa con una misión propia. Los hermanos mayores no son destinatarios pasivos de la acción pastoral; son protagonistas de la vida de nuestras comunidades.

Mientras preparaba una reflexión para ellos, una idea no dejaba de acompañarme: los hermanos mayores son custodios de nuestra sabiduría. Custodios no porque la guarden bajo llave, sino porque la han conservado durante décadas para entregarla a quienes vienen detrás.

Abuelos

Abuelos: Foto: EFE

Cada uno de aquellos mil ochocientos peregrinos llevaba consigo una historia irrepetible. Allí había matrimonios que han permanecido fieles durante toda una vida; madres y padres que sacaron adelante a sus hijos con enormes sacrificios; personas que han atravesado enfermedades, pérdidas, crisis económicas y momentos de incertidumbre sin renunciar a la esperanza. Había catequistas, ministros, voluntarios, abuelos que siguen sosteniendo la fe de sus familias con una oración cotidiana que casi nadie ve. Cada rostro era una biblioteca viva.

Hoy quizá el problema no sea que la población envejezca, sino que los jóvenes dejen de preguntar y los mayores dejen de contar. Porque cuando una generación deja de transmitir su experiencia, la siguiente tiene que empezar de nuevo. Y cuando una sociedad pierde la memoria, también empieza a perder el rumbo. Por eso me conmovió aquella Basílica llena.

En tiempos en que la soledad se ha convertido en una de las grandes pobrezas de nuestro mundo, la Pastoral del Hermano Mayor nos recuerda que la respuesta de la Iglesia no puede ser solamente asistencial. Debe ser profundamente comunitaria ya que no basta con cuidar a los mayores, hay que caminar con ellos, escucharlos, darles un lugar y aprender de ellos.

Una Iglesia que escucha a sus hermanos mayores no solo honra su pasado sino que fortalece su futuro. Y una comunidad que conserva viva su memoria siempre encontrará razones para seguir esperando.

Lo que vi esta semana

Una Basílica llena de hermanos mayores rezando, cantando y sonriendo.

La Palabra que me sostiene

En la vejez seguirán dando fruto; se mantendrán frescos y lozanos, para anunciar que el Señor es recto”.  (Salmo 92, 15-16)

En voz baja

Hay personas que sostienen una familia con sus brazos. Otras la sostienen con su memoria. Esta semana, siéntate a escuchar a un adulto mayor. Tal vez descubras que el futuro también se construye recordando.