¿Hay Semana Santa sin procesiones?


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El incidente

No ahonda mucho en el tema la exitosa serie de HBO sobre el accidente nuclear de Chernóbil, pero uno de los motivos para no comunicar la gravedad del hecho fue salvar las manifestaciones del 1 de mayo en Kiev y en Minsk. Para la URSS la celebración del Día de la Solidaridad Internacional de los Trabajadores era una prioridad máxima, al ser la fecha más destacada en su santoral civil.



La explosión del reactor 4 de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin durante una prueba de corte eléctrico se había producido el 26 de abril de 1986. Para el 1 de mayo, debido al curso de los vientos, una auténtica nube radiactiva cubría especialmente la capital de Ucrania. Sería llamado años después el “desfile de la muerte”. No sembrar el pánico y no dejar en evidencia las brechas de la URSS fueron las causas que motivaron seguir adelante con los festejos del 1 de mayo –así como los del 9 de mayo, fecha de la rendición de los nazis ante el ejército soviético–.

Pancartas y banderas portadas por miles de camaradas se echaron a la calle como cualquier otro mes de mayo más sin conocer la amenaza de la radiación. Más allá de las manifestaciones, en estos días festivos la gente salía de sus casas para disfrutar de las jornadas con los niños. Mientras los medios públicos hablaban de un incendio controlado en Chernóbil, la radiación campaba a sus anchas. La prensa internacional recogió breves de las celebraciones soviéticas comprando la versión del Kremlin destacando el “especial animación y ambiente de alegría existente hoy en ciudades y pueblos” en aquel fatídico 1 de mayo. “Cerca de un millón de ucranianos se vieron expuestos a niveles de radiación que estaban entre 60 y 150 veces por encima de lo normal. Lo mismo ocurrió en otros puntos de Ucrania y Bileorrusia” señalaba en un reportaje al respecto César Cervera en el diario ABC.

“¡Yo me subí a la tribuna, dos horas estuve bajo aquel sol… sin gorro, sin impermeable. Y el Nueve de Mayo, el Día de la Victoria… Desfilé con los veteranos. Sonaba el acordeón. Bailábamos, bebíamos” relata el dirigente comunista Vladimir Matvéyevich Ivanov en el libro ‘Voces de Chernóbil’ de Svetlana Aleksiévich. También se recoge el testimonio de Valentín Alexéyevich Borsévich, ex director del laboratorio del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Bielorrusia: Un amigo me llama y, como si tal cosa, me dice que durante las fiestas de mayo tiene intención de visitar a los padres de su mujer, que viven en la región de Gómel, ¡una zona que se encuentra a un paso de Chernóbil! Que iría con sus hijos pequeños. ¡Una decisión genial! -grité-. ¡Te has vuelto loco!”.

La pandemia

A lo largo de todo un año se han oído voces contra algunas medidas desproporcionadas en lo que parece el cumplimiento del derecho a la libertad de culto. En estos meses se han sucedido medidas diversas, aforos más o menos limitados e incluso prohibición de celebraciones provinciales. La Semana Santa de 2020 se vivió en España con los fieles confinados en sus casa, una explosión de iniciativas virtuales de transmisión de los oficios y un record de seguimiento de las celebraciones presididas por Francisco –dentro de sus limitaciones y sobriedad–.

Ante esta situación que se prolonga, el pasado Miércoles de Ceniza, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicaba un nota dirigida a los obispos y Conferencias Episcopales en el que reiteraba la validez de los dos decretos emitidos el año pasado para las celebraciones de la Semana Santa con motivo de la pandemia. Simplificación de algunos ritos y una insistencia reiterada en limitar la transmisión de celebraciones a las presididas por el obispo en cada diócesis marcan las indicaciones del dicasterio vaticano.

Por su parte, la Conferencia Episcopal Española a través la Comisión Episcopal para la Liturgia adaptó pocos días después las propuestas a la realidad nacional. Destacando la importancia de la presencialidad frente a la virtualidad –excepto en el caso de sacerdotes contagiados– los obispos piden que se preparen “con sumo cuidado las celebraciones, eligiendo bien las alternativas que propone la Liturgia y acogiendo de buen grado las indicaciones para adaptarlas a este tiempo de pandemia”.

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Los documentos se centran en los ritos recogidos en el misal para los días centrales del año litúrgico. La prohibición de las aglomeraciones reducen algunas de las expresiones de religiosidad popular –especialmente las procesiones– a una realidad imposible. En estos meses se han sucedido las decisiones de diócesis y juntas de hermandades de supresión de las procesiones, besamanos y demás devociones en un paso decidido de responsabilidad que contrasta con otros sectores políticos de esta pandemia.

Un año más la procesión va por dentro. La procesión de quienes viven en riesgo de exponerse a un contagio letal, la de quienes han perdido a seres queridos, la de los que sienten la desolación de un encierro interminable… la de quienes necesitan que la esperanza del Resucitado ilumine su vida, su momento presente, más allá de su participación en los oficios por actitudes de imprudencia. O estamos dispuesto a asumir una ‘lluvia radiactiva’ litúrgica.