Mateo González Alonso, SDB
Redactor de Vida Nueva Digital y de la revista Vida Nueva

¿Hay que rescatar los cruceros para católicos?


La iniciativa

El pasado mes de mayo, algunos medios católicos se hacían eco de una noticia original, el lanzamiento del ‘Good News Cruise’, un evento catalogado en grandes titulares como “el primer crucero exclusivamente católico de la historia”. Aunque esto, como tanto en la Iglesia, encuentra precedentes.



A bordo del ‘Eurodam’ de Holland America, casi 2.000 pasajeros zarparon desde Fort Lauderdale, en Florida, e hicieron un recorrido de una semana por las Bahamas acompañados de dos obispos, 24 sacerdotes y 41 diáconos. Según sus organizadores, tras dieciocho meses de preparación, lograron diseñar una impresionante “experiencia de 360 grados” con misas diarias (algunas en el rito tradicional), confesiones ininterrumpidas, adoración eucarística en la capilla ‘Stella Maris’, y hasta la presencia del tenor Andrea Bocelli.

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Un momento del crucero de 2026. Foto: Good News Cruise

Los pioneros

La idea de fletar un barco para transformarlo en una experiencia inmersiva, exclusiva y total de fe no es un invento del siglo XXI. El honor de esta primicia recae en la audacia de los padres asuncionistas franceses a finales del siglo XIX. Para encontrar el verdadero “primer crucero católico”, debemos retroceder a 1882. Con la bendición directa del papa León XIII, el sacerdote asuncionista François Picard inició un proyecto titánico: organizar peregrinaciones masivas y de carácter penitencial a Tierra Santa.

En una época donde los viajes eran arduos, los asuncionistas no se conformaron con llevar pequeños grupos aislados. Decidieron fletar barcos enteros desde el puerto de Marsella para garantizar que el viaje mismo fuera una prolongación del espíritu de peregrinación. La reciente congregación había encontrado en las exitosas peregrinaciones nacionales a Lourdes –que se mantienen hoy en día– una auténtica veta carismática junto a la prensa, reflejada en la fundación del periódico ‘La Croix’.

El buque insignia y más famoso de esta epopeya fue el legendario Notre Dame du Salut. “En la teología católica, la Iglesia es representada a veces como una barca, la nave de Pedro”. Esta frase, que hoy se usa para describir al Good News Cruise, fue una realidad literal y palpable para los miles de peregrinos que embarcaron con los Asuncionistas hace más de un siglo.

Durante un periodo de 30 años, comprendido entre 1871 y 1901, los asuncionistas –de nombre completo “Agustinos de la Asunción”– lograron imprimir una profunda huella en el espíritu del catolicismo francés. La congregación fue fundada en la ciudad de Nimes, en el año 1845, por Emmanuel d’Alzon. En aquel momento, d’Alzon ejercía como vicario general de la diócesis del Gard. Proveniente de una familia aristocrática y acaudalada del sur de Francia, aspiraba constantemente a lo “mejor” y a lo “digno”, motivo por el cual a menudo se le comparaba con un caballero católico.

Era un hombre de convicciones ultramontanas y no dudaba en defender los derechos del Papa, actitud que mantuvo firmemente tanto en el concilio Vaticano I como tras los sucesos del 20 de septiembre de 1870. Su compromiso total con Dios, con la Iglesia y con el Papa quedó cristalizado en el lema que eligió para la congregación: “Adveniat regnum tuum”, “venga a nosotros tu reino”.

A pesar de la fuerza de su fundador, los primeros años del instituto religioso se caracterizaron por la dispersión de actividades. En la constitución del instituto de 1855, se recogieron programas de acción sumamente ambiciosos: la enseñanza, la publicación de libros, las obras de caridad, el ministerio de las almas, las misiones extranjeras y la erradicación del cisma y la herejía. Durante sus primeros veinte años, la única obra considerada seria por la congregación fue el colegio de Nimes, dirigido por el propio Emmanuel d’Alzon.

Precisamente, la historia de los asuncionistas dio un giro gracias a la visión de d’Alzon sobre las peregrinaciones. Para él, peregrinar era un acto de fe fundamental y un momento culminante en la vida del cristiano, una práctica que debía renovarse sin cesar a lo largo de toda la vida. Él mismo fue un peregrino ferviente, visitando lugares de su propia diócesis, como Notre-Dame de Rochefort y L’Espérou, y acudiendo asiduamente a santuarios marianos como La Salette o Lourdes.

Utilizó esta herramienta de fe para reforzar el amor a Jesucristo, especialmente entre sus alumnos del colegio, centrando la piedad en lo esencial y huyendo de las manifestaciones del populismo religioso que pudieran llevar a una deformación doctrinal. Según su biógrafo, Gaston Bernoville, nadie comprendió mejor que él el valor de purificación y de acto público de fe que tenían estas travesías.

Fue a principios de la década de 1870 cuando la congregación encontró su gran impulso. Dos aspectos se revelaron como fundamentales en su “mediatización”: la prensa y, sobre todo, las peregrinaciones –que se ayudaban mutuamente–. La merecida reputación de los asuncionistas como organizadores de peregrinaciones tiene una fecha y un responsable clave: enero de 1872, con la creación de una asociación específica. Esta iniciativa evolucionó en pocos meses a modo de una mariposa que sale de su crisálida hacia el apoyo de los trabajadores mediante la limosna y la oración, la organización de toda la nación por su salvación y, finalmente, se incorporó un Consejo de Peregrinaciones.

Este proceso desencadenó un formidable auge ese mismo año. En un primer momento, se enfocaron en el santuario de La Salette, organizando caravanas de peregrinos todos los veranos de forma ininterrumpida hasta 1898. Posteriormente, y fruto de este éxito, ampliaron sus horizontes hacia Lourdes, organizando expediciones cada 15 de agosto a partir del año 1873.

La travesía

Volviendo al ‘Notre Dame du Salut’, este no era solo un medio de transporte; era un retiro espiritual en alta mar. Quienes viajaron en él lo apodaron cariñosamente “La nef du Salut” (“La nave de la Salvación”).

Los testimonios históricos (incluyendo el del ilustre padre dominico Alberto Colunga, famoso coautor de la Biblia Nácar-Colunga, o las memorias de artistas como Pedro Subercaseaux) nos dejan ver cómo era el día a día en aquellas travesías que duraban aproximadamente una semana hasta el puerto de Jaffa:

  • Liturgia incesante: El barco contaba con una amplia capilla a bordo donde se celebraban numerosas misas diarias para todos los peregrinos.
  • Formación continua: Durante la navegación, los padres asuncionistas impartían profundas conferencias sobre la historia sagrada, la Biblia y las costas del Mediterráneo que iban divisando. Incluso los oficiales del barco y el médico de a bordo participaban dando charlas de geografía, náutica e higiene.
  • Vida comunitaria: Todo en el barco estaba enfocado a la oración, la convivencia fraternal y la preparación espiritual antes de pisar los Santos Lugares, alejando a los pasajeros de las distracciones mundanas habituales en otros vapores de la época.

El éxito de estos “cruceros” pioneros fue tan abrumador que generó un “bendito problema”: cuando el ‘Notre Dame du Salut’ atracaba, desembarcaba a más de 500 peregrinos de golpe. Al no existir en Jerusalén infraestructuras para alojar a tanta gente junta (y para evitar que el grupo se dispersara perdiendo el clima de oración del barco), los asuncionistas decidieron construir en 1884 un monumental albergue.

Así nació el imponente edificio de Notre Dame de France (hoy conocido como el ‘Notre Dame of Jerusalem Center’, hoy propiedad de la Santa Sede y ecomendado al Regnum Christi), que sigue siendo un faro de acogida para los peregrinos católicos en Tierra Santa, además de contar con una espectacular terraza culinaria.

Puede que sorprenda un extravagante crucero católico hoy en día, pero es de justicia recordar y honrar a aquellos valientes padres asuncionistas y su propuesta de peregrinación. Ellos, con el ‘Notre Dame du Salut’, demostraron hace más de cien años que el mar no solo sirve para surcar distancias, sino que puede ser el escenario perfecto para un encuentro profundo con Dios.

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Imagen actual del Instituto Pontificio Notre Dame de Jerusalén. Foto: Pontifical Institute Notre Dame of Jerusalem Center