¿Hay lenguas santas?


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Es sabido que, con relativa frecuencia, las lenguas sirven, o son utilizadas, como elemento identitario. En nuestra época ocurrió –junto con la religión– en los Balcanes durante los años noventa del siglo pasado. Y ocurre en nuestros días en Cataluña y otras regiones de España.

La Biblia también se ha visto involucrada en esta cuestión. Así, cuando los rabinos se enfrentaron al problema de cerrar el canon de las Escrituras, a mediados del siglo II, uno de los elementos a los que echaron mano fue justamente el de la lengua. Para ellos, y aparte de otras razones –más de carácter teológico o de diferenciación con los cristianos–, solo los escritos en lengua hebrea iban a ser susceptibles de entrar en la lista de libros sagrados.

Pero no bastaba con valorar los libros de la tradición escritos en hebreo; había que “demostrar” además que esa lengua era santa y, por tanto, la única digna de contener la revelación divina (algo muy semejante ocurre en el mundo musulmán con el árabe y ocurrió a partir del siglo V en la Iglesia con el latín, al menos en Occidente).

unas manos sujetan una Biblia

¿Cómo lo lograron? Apelando a uno de los procedimientos habituales en la antigüedad de lectura de la Biblia para poder sacar de ella todo su fruto. Ese procedimiento se llama gematría, que consiste en jugar con el valor numérico de las letras que componen las palabras del texto sagrado. (En el hebreo, como en otras lenguas –como el latín y el griego–, no había signos para escribir los números, de modo que las letras tenían que jugar ese papel.)

Así, en Gn 11,1 se dice que los hombres hablaban una “misma lengua” antes de la dispersión de Babel. La expresión literal es “labio único”. Pues bien, el valor numérico de esa expresión es el mismo que el de “lengua santa” o “lengua del santuario”, una lengua que no es otra que el hebreo. Por tanto, quedaba “demostrado” que el hebreo era lo que hablaba la humanidad antes de que Dios confundiera las lenguas de aquellos que pretendían construir una torre que llegara hasta el cielo (obviamente, con la intención de ocupar el puesto divino).

En cristiano, no es posible leer el episodio de Babel sin el reverso que supone el de Pentecostés (Hch 2), donde, hablando lenguas distintas, cada cual escucha hablar en la suya propia.