La actual “crisis” del hantavirus me permite a examinar los virus reales que infectan y deterioran nuestra realidad nacional. Este microbio concreto, si bien tiene alta letalidad, es muy improbable que se convierta en un problema de salud pública (aunque esto nunca puede afirmarse de forma taxativa).
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Es significativo que la preocupación e incluso la angustia se extiendan por nuestra sociedad ante la presencia de un agente infeccioso para el que no poseemos tratamiento efectivo, fuera del soporte respiratorio y hemodinámico en cuidados intensivos.
Un triste récord
Quizás es porque seguimos en manos de quien no nos defendió de la Covid-19; antes bien, logró el triste récord de que nuestro país fuese el que ocupase los primeros lugares en la lista de enfermos y muertos del mundo. No solo de las sociedades occidentales, sino de todas las sociedades del planeta, en tasas proporcionales a la población.
Quizás porque debe gestionar esta situación una persona que no solo no protege a sus pares, sino que es incapaz de dialogar y alcanzar acuerdos con ellos. Porque este país no se contagiará de hantavirus, pero se ha infectado de sectarismo e intolerancia.
Se han hecho los dueños quienes erigen muros entre nosotros y fomentan barreras y división. Los mismos a quienes se debió que una crisis sanitaria –la Covid-19– llegase a ser una tragedia y supusiese para España una catástrofe sanitaria, social y económica.
Descrédito y falta de ‘auctoritas’
Es tal el descrédito y falta de ‘auctoritas’ de esta Administración que la cercanía de un virus letal resulta inquietante, incluso si la posibilidad de que se propague es remota. No ayuda tampoco que la OMS sufra de la misma falta de credibilidad, lastrada por la burocracia, encerrada sobre sí misma, incapaz de liderar corriente científica alguna, ocupada en redactar documentos que casi nadie lee.
Por todo esto, no resulta raro que nos pongamos a temblar, sanitarios y no sanitarios, ante la presencia de un virus letal. Pero, en realidad, no es al hantavirus a quien hoy debemos temer, sino a quien, mezclando soberbia e incompetencia, condujo al país a la devastación que supuso la pandemia.
¿O han olvidado el encierro en nuestras casas, las ambulancias llevando enfermos a las urgencias, con tantos muertos en soledad que no cabían en las morgues de los hospitales y había que almacenarlos en pistas de hielo? ¿Han olvidado las empresas arruinadas, los trabajos destruidos, las oportunidades vitales perdidas?
Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por este país.
