Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia

Gratitud Interior Bruta


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El horizonte aspiracional de una civilización es aquel fin, meta o estado que cree debe guiar toda la acción personal y social de la humanidad. La aspiración universal de la modernidad es la felicidad individual y social, formulada de distintos modos, pero principalmente como bienestar, calidad de vida y longevidad. El centenario sano y querido sería la plenitud de nuestro horizonte. En las últimas tres décadas se ha extendido una felicidad que sobre todo pone énfasis en el equilibrio interior, la plena conciencia y la inalterabilidad. Junto con ello, quien se muestre infeliz es un paria social.



Sin embargo, la aspiración a la felicidad deja muchas cosas fundamentales fuera. La mayor parte de nuestra vida la pasamos durmiendo y la vida onírica no depende de la voluntad. Otra gran parte del tiempo transcurre en tareas rutinarias, horas transparentes en las que construimos, servimos, estamos. El aburrimiento también forma parte de la vida. Junto con ello, está el dolor. El mandato postmoderno de huir del dolor significa que no empaticemos con quienes sufren ni que nos hagamos cargo de los males del mundo, que nos duelan en el corazón.

La felicidad, además, choca contra la roca de la muerte, de nuestros límites, de la vulnerabilidad y de la herida original de la condición humana. La felicidad no es una categoría que entrañe suficientemente la condición relacional del ser humano, fácilmente se libra de lo colectivo y la vinculación con la naturaleza y el cosmos. La felicidad es una aspiración imprescindible, pero insuficiente para que constituya todo el horizonte de la civilización.

Profundizar en la felicidad

Es necesario debatir sobre la felicidad y hallar qué aspiración ayuda a completarla y profundizarla. La gratitud, por ejemplo, podría ser una categoría más humilde, pero quizás de mayor alcance. Habría que comenzar a pensar en la Gratitud Interior Bruta.

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