David Jasso
Provicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

Gracias parroquia María Madre de la Iglesia


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No pensé que fuera a ser tan difícil salir de una parroquia en la que estuve solo cinco meses. A veces creemos que el tiempo es lo que determina la profundidad de una experiencia, como si los años fueran garantía de raíces. Pero no siempre es así, hay lugares que se vuelven casa en poco tiempo y hay personas que, sin hacer ruido, se te quedan dentro. Eso me pasó en la parroquia María Madre de la Iglesia de Monterrey, México.



Llegué en un momento concreto, con una historia ya caminada por otros, con procesos en marcha, con personas que llevaban años sosteniendo la vida comunitaria. No llegué a empezar algo desde cero, llegué, más bien, a insertarme en algo vivo. Y eso cambia todo, porque cuando uno llega así, no impone sino que aprende; no dirige desde fuera, escucha desde dentro y no construye solo, sino que se deja llevar por lo que ya está sucediendo.

Me fui encontrando con rostros concretos, con historias de fe silenciosa, con personas que sirven sin reflectores, con coordinadores que cargan responsabilidades pesadas y aun así sonríen, con gente que llega a Misa con el corazón en la mano… a veces cansado, a veces herido, pero siempre abierto. Eso no se aprende en los libros, eso se recibe y cuando se recibe, se transforma.

En estos meses también confirmé algo que he visto muchas veces, pero que nunca deja de sorprenderme: la Iglesia no se sostiene por estrategias, sino por personas reales, con límites, con diferencias, con procesos… pero también con una capacidad enorme de amar, de permanecer, de volver a intentar.

Padre David y su comunidad

Padre David Jasso con su comunidad parroquial. Foto: Parroquia María Madre de la Iglesia de Monterrey

Una comunidad no es perfecta, pero cuando es auténtica, es profundamente evangélica. Por eso irse no es simplemente cambiar de lugar, sino cerrar una etapa donde uno también fue transformado. Me voy agradecido por lo que pude ofrecer, sí… pero sobre todo por lo que recibí. Porque, aunque uno llegue como pastor, también es acompañado. Aunque uno predique, también es evangelizado. Aunque uno guíe, también es sostenido. Y eso, si somos honestos, es de lo más bello que tiene nuestro ministerio.

Hoy no sé exactamente qué sigue, y está bien no saberlo todo, la vida pastoral tiene mucho de confianza, de dejarse conducir, de no tener todos los mapas claros. Lo que si sé es que esta comunidad no se queda atrás, se queda dentro y eso cambia la manera de seguir caminando.

Lo que vi esta semana

Una persona se acercó al final de la Misa, no para decir algo extraordinario, sino algo sencillo: “Gracias por acompañarnos”. Me hizo pensar cuánto necesitamos todos, simplemente, sentirnos acompañados.

La palabra que me sostiene

Permanezcan en mi amor”. (Jn 15, 9).

En voz baja

Señor, enséñame a reconocer tu paso en cada comunidad que me confías… y a no olvidar nunca a quienes ya forman parte de mi camino.