José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

Ganar el relato (a propósito de las migraciones)


Hay lugares que uno visita una vez y ya no abandona nunca. Ceuta es uno de ellos. Recuerdo uno entre otras visitas y contactos migratorios cuando estuve allí en marzo de 2015. Un grupo de responsables de pastoral migratoria de distintas ciudades europeas nos reunimos en aquella ciudad en un viaje de contactos migratorios por el norte marroquí, para tender puentes, para hablar de migraciones, de fronteras y de esas otras fronteras invisibles que no aparecen en los mapas, pero que se levantan dentro de las personas.



Cuando estos días vuelvo a escuchar las noticias de Ceuta, tengo la extraña sensación de que aquella visita ocurrió ayer y, al mismo tiempo, de que hemos tenido demasiado poco tiempo para aprender de ella.

Recuerdo especialmente el camino hacia El Tarajal. Recuerdo el mar, la valla, aquella línea de hierro que parecía querer separar dos mundos. Allí habían muerto quince personas apenas un año antes intentando alcanzar territorio español. Hicimos vigilias, encuentros, escuchamos testimonios, hablamos con periodistas, juristas, teólogos, organizaciones sociales y personas migrantes.

En el viaje de vuelta incluso fui testigo de cómo más de una persona se intentó “colar” en los bajos de nuestro autobús. O como en la espera del ferry en el muelle, dos jóvenes intentaban pasar al mismo agarrado al cable de amarre al puerto etc. Pero de todo aquello, por encima de las palabras, me quedaron algunos rostros. Y entre ellos, uno que todavía hoy regresa a mi memoria: Data.

Migrantes. Ceuta

Vista de la playa de El Trampolín de Ceuta. Foto: EFE

Data había salido de Guinea y había atravesado Níger, Malí, Argelia, el desierto, Marruecos y, finalmente, había llegado hasta aquella valla que para nosotros era una estructura de hierro y para él significaba el final de una larguísima travesía. Estaba herido. Sin embargo, sonreía.

Recuerdo aquella sonrisa porque contenía algo que ningún informe, ninguna estadística y ningún discurso político puede explicar del todo: el deseo de volver a ponerse en contacto con su familia, quizá de regresar algún día con posibilidades de ayudarles. Después de tanto camino, tanta intemperie y tanto miedo, todavía encontraba una pequeña grieta por la que entraba la esperanza.

Desde entonces he pensado muchas veces que hay que ponerse a tiro de la realidad. No basta con hablar de los migrantes desde una tribuna, desde un despacho o desde la pantalla de un teléfono. Hay que acercarse. Hay que escuchar. Hay que dejar que la realidad nos toque. Porque cuando uno se deja tocar de verdad por la vida del otro, algunas certezas empiezan a tambalearse.

Territorio de conquista

Quizá por eso me inquieta tanto una expresión que hoy escuchamos continuamente en política y en los medios: “hay que ganar el relato”. Se ha convertido casi en una consigna. Un partido domina el relato. Un gobierno pierde el relato. Una determinada posición consigue imponer su relato. Y al escucharlo uno tiene la impresión de que la realidad se ha convertido en un territorio de conquista, como si quien consiguiera colocar primero las palabras sobre los hechos pudiera terminar decidiendo también qué significan esos hechos.

Pero aquí aparece una pregunta que me parece cada vez más necesaria: ¿qué ocurre cuando el relato deja de servir para explicar la realidad y comienza a utilizar la realidad para justificarse a sí mismo, en singular o en plural?

Lo pienso especialmente cuando vuelvo a mirar hacia la sufrida Ceuta. Hoy, como entonces, las imágenes de la frontera llegan hasta nosotros cargadas de palabras. Se habla de crisis migratoria, presión migratoria, avalancha, seguridad, control de fronteras.

Pero también de tragedia, derechos humanos, acogida, solidaridad. Palabras distintas para una misma escena. Y las palabras no son inocentes. Pueden abrir nuestros ojos o pueden colocar delante de ellos un cristal que nos permita mirar solamente aquello que confirma lo que ya pensábamos.

El rostro permanece

Una misma fotografía puede convertirse en una amenaza o en una tragedia. Un joven africano puede aparecer como víctima, como invasor, como refugiado, como problema administrativo o como símbolo de una determinada política. El rostro permanece. Cambia el relato.

Y ese cambio puede ser decisivo.

Porque el relato no siempre necesita falsear los hechos. A veces le basta con escoger unos y dejar otros en la penumbra. Mostrar una parte y silenciar otra. Repetir una palabra hasta que termine pareciéndonos una evidencia. Convertir un episodio en categoría, una cifra en amenaza, una persona en argumento.

Eso es lo que más me preocupa: que Data pueda desaparecer detrás de la palabra “migrante”.

Porque cuando decimos “los migrantes” parece que hablamos de una realidad homogénea. Pero yo conocí a Data. Y Data no era “los migrantes”. Era Data. Tenía una historia, una familia, un miedo, una esperanza. Tenía un rostro que sonreía a pesar de estar herido. Y aquella sonrisa tenía más verdad que muchas de las explicaciones que después hemos construido sobre la migración.

Migrantes. Ceuta

Tres jóvenes migrantes esperan para ser alojados en el nuevo campamento temporal en el muelle de Poniente del puerto de Ceuta. Foto: EFE

No pretendo decir que la política no tenga que hablar de fronteras. Claro que tiene que hacerlo. Tampoco que no deban investigarse responsabilidades, protegerse las fronteras o discutir las políticas migratorias. Todo eso importa. La verdad de los hechos importa. Y precisamente por eso importa también no permitir que una determinada interpretación termine sustituyendo a los propios hechos.

Porque ese es el momento en que el relato se vuelve peligroso: cuando ya no pregunta qué ha sucedido, sino qué necesita que haya sucedido para poder tener razón.

Entonces la realidad deja de ser una pregunta y se convierte en una prueba.

Unos necesitan encontrar en la migración una amenaza para justificar más control. Otros necesitan encontrar en ella una tragedia para denunciar el fracaso de determinadas políticas. Unos buscan imágenes que despierten miedo; otros, imágenes que despierten compasión. Y todos pueden terminar utilizando a las mismas personas para demostrar cosas diferentes.

Mientras tanto, las personas siguen allí.

El mar sigue allí. La valla sigue allí. La espera sigue allí.

Y detrás de cada cifra continúa existiendo una vida que no conoce nuestro lenguaje político o mediático.

Quizá ese sea el mayor peligro de la batalla por el relato: que mientras discutimos quién tiene razón, dejemos de mirar a quienes están sufriendo delante de nosotros. Que terminemos hablando tanto sobre la migración que olvidemos a los migrantes.

Migrantes. Ceuta

Personas migrantes se duchan en la playa de El Trampolín de Ceuta. Foto: EFE

Por eso regreso mentalmente a Ceuta y a aquel joven llamado Data. No lo recuerdo como una cifra, ni como un problema fronterizo, ni como un argumento para defender una determinada política. Lo recuerdo herido y sonriente. Lo recuerdo como una persona que había atravesado medio mundo empujada por algo que ninguna ideología puede apropiarse completamente: el deseo de vivir y la esperanza de ofrecer una vida mejor a los suyos.

Quizá necesitemos relatos para comprender el mundo. Pero deberíamos desconfiar de los relatos que necesitan que la realidad sea más sencilla de lo que realmente es. Y, sobre todo, de aquellos que necesitan convertir a las personas en instrumentos de nuestras certezas.

Porque una persona siempre es más grande que la palabra que utilizamos para nombrarla.

Y quizá la verdadera batalla no sea por ganar el relato, sino por impedir que el relato termine ganándole a la realidad.

Campo de batalla político

Hace años, frente a aquella valla de Ceuta, aprendí que había que ponerse a tiro de la realidad. Hoy, cuando vuelvo a escuchar las noticias y veo cómo la migración vuelve a convertirse en campo de batalla político, sigo pensando lo mismo.

Antes de decidir qué significa un migrante, quizá deberíamos atrevernos a conocerlo. (O conocernos)

Antes de construir un relato sobre él, escuchar su historia. (Y la de quienes le acogen)

Antes de utilizar su rostro para defender nuestras certezas, oírlo (Y mirarlo).

Y al hacerlo, preguntarnos, sencillamente, si todavía somos capaces de reconocer en ese rostro, como reconocí entonces en el de Data, no solo lo que queremos que represente, sino la realidad que ninguna palabra, ninguna ideología ni ningún relato consigue finalmente borrar.

O sea, aquello de que Jesús sana a un hombre ciego, pero al principio el hombre dice: “Veo los hombres como árboles, pero los veo que andan”. (Marcos 8:22-26). Entonces Jesús vuelve a poner las manos sobre sus ojos, y finalmente recobra la vista completamente.