Hay encuentros que solo suceden cuando uno se atreve a atravesar una frontera. A Francisco de Asís, a quien recordamos 800 años después, conoció muchas a lo largo de su vida: las que separaban la riqueza de la pobreza, a quienes tenían un lugar en la sociedad de quienes habían quedado fuera, el miedo de la confianza, la seguridad de la aventura. Pero quizá una de las más difíciles fue aquella que separaba a cristianos y musulmanes en medio de la guerra.
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En 1219, mientras la Quinta Cruzada avanzaba en Egipto, Francisco decidió acercarse al sultán al-Malik al-Kamil. No era un tiempo de diálogo, sino de enfrentamiento. A un lado y a otro de aquella frontera había hombres que se miraban como enemigos. Francisco, sin embargo, quiso encontrarse con él. No sabemos cuánto cambió aquel encuentro la historia, pero sí sabemos que aquel gesto dice mucho de su manera de mirar al otro. No podía acabar con la guerra ni resolver las diferencias entre dos mundos enfrentados, pero podía hacer algo más pequeño y, al mismo tiempo, profundamente revolucionario: acercarse.
Quizá ahí comienza siempre la fraternidad. El otro resulta mucho más fácil de rechazar cuando permanece lejos, cuando no conocemos su rostro, su historia, sus heridas o sus esperanzas. Cuando solo sabemos de él aquello que nos han contado, podemos convertirlo en una etiqueta, en una amenaza, en alguien que pertenece a “los otros”. Pero cuando nos acercamos, algo cambia. El enemigo comienza a tener un rostro, y un rostro es mucho más difícil de odiar.
Vivimos tiempos en los que hemos levantado muchas fronteras. Algunas son visibles y atraviesan países; otras son invisibles y pasan por nuestras casas, nuestras conversaciones, nuestras comunidades y nuestras pantallas. Son fronteras políticas, culturales, religiosas y económicas. A veces basta una palabra, una opinión o una publicación en las redes sociales para colocar al otro al otro lado. Ya no es una persona: es “uno de esos”.
Francisco nos invita a otra mirada. No se trata de pensar todos lo mismo ni de negar las diferencias. La fraternidad cristiana no consiste en borrarlas, sino en impedir que nos hagan olvidar la dignidad del otro. Francisco atravesó aquella frontera porque descubrió que ninguna podía ser más grande que la persona que tenía delante.
“Hermano lobo”
Esa manera de mirar aparece también en uno de los relatos más conocidos de la tradición franciscana. Las ‘Florecillas’ cuentan que en Gubbio había un lobo que atemorizaba a todos. La gente lo veía como una amenaza y quería defenderse de él. Francisco, sin embargo, salió a su encuentro y lo llamó “hermano lobo”. Más allá de lo legendario del relato, la imagen posee una fuerza extraordinaria. Allí donde todos veían un peligro, Francisco fue capaz de pronunciar otra palabra. Donde otros decían “lobo”, él dijo “hermano”.
Quizá nosotros también hemos convertido en lobos a demasiadas personas. Hemos aprendido a mirar al otro desde el miedo antes incluso de conocerlo. El diferente se convierte en una amenaza; el que piensa de otra manera, en un adversario; el que llega de lejos, en un problema. Y entonces levantamos la frontera antes de que pueda producirse el encuentro.
Pero Francisco no solo tuvo que aprender a mirar a quienes estaban fuera de su mundo. También tuvo que aprender a vivir con aquellos que estaban dentro de su propia fraternidad. Los primeros hermanos franciscanos no fueron una comunidad formada por personas idénticas. La fraternidad creció, aparecieron tensiones y distintas maneras de comprender cómo debía vivirse la pobreza y el Evangelio. Francisco tuvo que descubrir que vivir juntos no significaba pensar todos igual.
Permanecer juntos
Esta es quizá una de las grandes lecciones que necesitamos recuperar. Una comunidad no es un grupo de personas que coincide siempre. Una Iglesia fraterna no es aquella en la que todos hablan con la misma voz. La fraternidad consiste también en aprender a permanecer juntos cuando aparecen las diferencias, en escuchar sin convertir inmediatamente al otro en enemigo y en buscar caminos comunes sin exigir que nadie deje de ser quien es.
Por eso nuestras comunidades cristianas están llamadas a ser lugares donde nadie tenga que pedir permiso para ser acogido. Parroquias, movimientos, comunidades e instituciones deberían poder convertirse en espacios donde el que llega encuentre una puerta abierta, donde quien piensa diferente pueda ser escuchado y donde quien se ha alejado pueda regresar sin sentir que tiene que justificarse antes de ser recibido. Quizá hemos hablado demasiado de construir comunidades, pero estas tienen que ser lugares donde las personas puedan sentirse verdaderamente en casa.
La mirada de Francisco tampoco se detuvo en los seres humanos. Su fraternidad desbordó nuestras propias fronteras. En el “Cántico de las criaturas” llamó hermano al sol, hermana a la luna, hermano al viento, hermana al agua, hermana a la tierra. No era simplemente una forma hermosa de hablar. Era la expresión de una convicción profunda: la creación no es algo que está frente a nosotros para ser utilizado, sino una realidad de la que formamos parte.
Cuando Francisco llama hermana a la tierra, amplía nuestra manera de comprender la fraternidad. Ya no se trata únicamente de cómo miramos a los demás, sino también de cómo miramos la casa que compartimos. El agua, los árboles, los animales, los campos y el aire dejan de ser solamente recursos y recuperan algo de su misterio. Son criaturas, son don, son parte de una comunidad mucho más grande de la que nosotros no somos dueños, sino miembros.
Tal vez todo esté relacionado. Quien aprende a mirar de otra manera al extranjero puede aprender también a mirar de otra manera al pobre. Quien descubre un hermano en quien piensa diferente puede terminar descubriendo una hermana en la tierra que pisa. Porque la fraternidad, cuando se toma en serio, siempre termina ensanchando la mirada.
Ocho siglos después de la muerte de Francisco de Asís, quizá ese sea uno de sus mensajes más urgentes. En un mundo que vuelve a levantar muros, que alimenta miedos y que convierte con demasiada facilidad al diferente en enemigo, Francisco nos recuerda que la conversión comienza muchas veces cuando dejamos de pasar de largo. Cuando nos acercamos, escuchamos y nos atrevemos a cruzar una frontera.
Recorrer un camino
Tal vez no podamos derribar todas las fronteras del mundo, pero sí podemos preguntarnos cuáles hemos levantado nosotros: entre nosotros y un vecino, entre nosotros y quien piensa diferente, entre nosotros y quien vive en la pobreza, entre nosotros y quien llega de otro país, entre nosotros y alguien que ha cometido errores. Incluso entre nosotros y la creación que hemos recibido como casa.
Porque detrás de cada frontera hay un rostro. Y detrás de cada rostro hay una historia que todavía no conocemos. Francisco nos recuerda que el Evangelio comienza muchas veces cuando nos atrevemos a acercarnos lo suficiente para descubrirla.
Quizá entonces comprendamos que la fraternidad no es una idea que se proclama, sino un camino que se recorre. Un camino hecho de pasos pequeños, de encuentros inesperados, de puertas que se abren y de fronteras que dejan de tener la última palabra. Francisco caminó ese camino. Y todavía hoy parece invitarnos a caminarlo con él, hasta descubrir que aquel que estaba al otro lado nunca estuvo tan lejos como nosotros pensábamos.


